domingo, 12 de mayo de 2019

EL BUEN PASTOR


Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. (Jn 10,27-28)

En la vida siempre he necesitado alguien en quien confiar y en quien apoyarme. No puedo andar solo, no puedo tomar las decisiones importantes sin pedir al menos consejo, no puedo valerme solo para todo. Siempre necesito a alguien y tengo que buscar ayuda. Me imagino la situación de las ovejas cuando no tienen pastor, cómo están desorientadas, cómo se sienten perdidas… yo me siento muchas veces así. Necesito quien me enseñe a caminar por la vida, quien me muestre el camino; pero también necesito quien me cure de mis dolores y me busque cuando me pierdo, necesito quien me proteja de los peligros. Por eso soy como una oveja que necesita un pastor.
Y aquí se me presenta Jesucristo, el Señor. Él es quien me guía por el camino de la vida, quien me levanta si caigo, quien me sana si estoy herido, quien me limpia y me alimenta, quien me protege de todos los peligros. Si lo tengo a él ya no tengo nada que temer. Y por otra parte: ¡qué triste si me alejo! menos mal que también me busca cuando me pierdo. Con él todo está asegurado.
Él me conoce mejor que yo mismo y no se asusta de mis fragilidades sino que me tiende su mano para que me levante siempre que caigo. Es verdad que también me hace enfrentarme con mis zonas más oscuras, que a veces yo no quiero reconocer, porque también quiere corregirme; pero no para condenarme sino para ayudarme a superarme y caminar con más firmeza.
Nadie me arrebatará de su mano. Mira que yo le he dado motivos para que se canse de mí, pero no. Ha derramado su sangre para rescatarme y ganarme la vida eterna. Ha pagado por mí un precio muy alto y no va a permitir que el mal me aleje de él.  Mis dudas, mis crisis, mis noches oscuras… todo esto culminará en una fe más limpia, en una entrega más sincera y en una esperanza más firme.
El Buen Pastor no se queda sólo en una experiencia espiritual. El Señor ha querido hacerse visible de forma sacramental. Para que yo no me sienta perdido me ha puesto en el camino a muchos sacerdotes, que son verdaderos padres y guías para mí, verdaderos apoyos que me hacen sentir la presencia de Cristo muy activa en el camino de mi vida. El Buen Pastor se deja reconocer también en las comunidades cristianas a las que acompaño, en todos los discípulos que las forman con sus diferentes formas de ser, que también me aportan luz y apoyo en el deseo de hacer real el Evangelio.

Escuchar tu voz es muy grato para mí, Señor Jesús mi Pastor. Yo soy demasiado exigente conmigo pero veo cómo tú eres muy paciente. A mí me cuesta mucho perdonarme y tú, sin embargo, me perdonas fácilmente y confías en mí más que yo mismo. Escuchar tu voz es dulce y agradable porque me permite sentir dentro la fuerza de un amor que está dispuesto a darme y perdonarme todo para sanarme y hacer de mí una persona nueva y fuerte.

sábado, 4 de mayo de 2019

JESÚS Y PEDRO


Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
            Dicho esto, añadió: «Sígueme.» (Jn 21,17-19)          

Jesucristo había confiado en Pedro sabiendo que lo iba a traicionar. Ya se lo anunció en la última cena y también le dijo que había orado por él porque se tendría que recobrar y tendría que animar a los demás discípulos.
No es pues de extrañar que, a pesar de todo, a pesar de sus negaciones, Jesús le vuelva a confiar sus ovejas, su Iglesia. Tal vez podría el Señor tener motivos para desconfiar de Pedro pero él lo sabe todo, sabe lo que hay en el corazón de cada uno y sabe que Pedro, aunque lo haya negado, lo ama de verdad. Y ya sabemos que Jesús no mira tanto el pecado sino el amor de cada uno. Lo único que le interesa del pecado es poder perdonarlo para dar una nueva oportunidad al pecador. Así que, en Pedro, Jesús no mira el pecado sino el amor que tiene y confía en él para darle la misión más importante.
Luego le habla de la muerte con la que dará gloria a Dios. Porque la muerte será dura, será violenta, se parecerá a la muerte de su Maestro. Y dará gloria a Dios, porque, como Jesús, Pedro habrá sabido dar la vida y perdonar y esperar la resurrección sin miedo.
Termina invitándolo de nuevo a seguirlo. Ser discípulo es un camino que dura toda la vida.  Son inevitables los tropiezos, habrá pecados y muchas caídas, pero el Señor siempre preguntará por el amor y estará una vez más dispuesto a perdonar y a renovar su confianza.
Ya desde el primer momento la Iglesia de Cristo no estuvo formada por hombres perfectos sino todo lo contrario; Jesús puso toda su confianza en hombres mediocres y llenos de defectos. Pero esto ha permitido que todos podamos ser llamados a formar parte de esta comunidad santa.
Es verdad que caemos y  a veces nos llevamos a muchos por delante con nuestra caída. Pero Jesús es el que ha triunfado con la fuerza del amor, y no va a dejar que nos hundamos. Jesucristo es el que ha muerto pero está vivo, el cordero que ha sido degollado pero está de pie y recibe el honor y la gloria. Él no ha derramado su sangre en vano sino que ha ofrecido así el sacrificio que nos salva y nos permite levantarnos y volver a nuestro camino para seguir avanzando. Lo único que importa es que lo amemos y estemos dispuestos a volver a dar nuestra vida por él.

Yo no puedo negar que soy también muy débil. Cómo desearía ser un modelo de discípulo de Jesucristo y no soy más que un hombre débil y lleno de defectos. En cambio, tú, Señor, confías en mí y me renuevas tu confianza. A todas mis excusas les das siempre una respuesta, porque tú  sabes todo lo que hay dentro de mí y conoces cuánto te amo, a pesar de mis pecados y mis cobardías.
Además no me dejas solo. Me has enviado al Espíritu Santo y sabes que con esta fuerza puedo levantarme de todas mis caídas.
Y si ha de llegar la cruz la viviré como un momento de gloria y como una oportunidad para dar testimonio.

sábado, 27 de abril de 2019

LAS LLAGAS GLORIOSAS


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. (Jn 20,19-20)

Los discípulos están encerrados y tienen miedo. Su mirada es humana, se queda tan sólo en lo que han podido ver. Pero sin que ellos lo esperen Jesús Resucitado irrumpe de pronto y se presenta ante ellos. Todo cambia, ahora el miedo da paso a la alegría.
Jesús les mostró las manos y el costado. En sus manos están los agujeros de los clavos y en el costado está la herida de la lanzada. Son sus llagas, los signos de su sufrimiento y de su muerte que se han convertido en signos de gloria y de salvación, son sus gloriosas llagas. Son las heridas que nos han curado.
Ante la presencia del Resucitado la mirada de los discípulos va superando su comprensión meramente humana y material para dar paso a una visión creyente. Ante la presencia de Jesucristo, vivo para siempre, comprenden que todo lo que ha sucedido tiene un significado mucho más profundo: los caminos de Dios no son nuestros caminos.
Todo es un proceso, no cambian de la noche a la mañana. A los ocho días siguen encerrados. Tendrá que venir sobre ellos el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que se lancen a predicar el Evangelio. Pero al final se produce en ellos esa transformación que culminará con la entrega de sus vidas y el entusiasmo al hablar de su Señor.
El poder del Señor resucitado se hace realidad en ellos hasta el punto de convertirlos en imagen viva de Jesucristo: en su nombre pueden realizar curaciones y expulsar los demonios. El Espíritu Santo los ha llenado hasta el punto de hacerlos irradiar esa energía poderosa que todo lo sana y lo llena de vida y de luz. Los lugares por donde ellos están presentes se llenan de alegría y la gente da gloria a Dios por lo que pueden llegar a ver.
Pienso cómo yo también intento muchas veces encerrarme lleno de miedo ante los retos del presente, lleno de miedo al verme tan incompetente y tan débil. Pero el Señor Resucitado viene y me enseña sus heridas llenas de gloria. Son las llagas gloriosas que yo mismo he reconocido en los pobres, en los enfermos, en  los extranjeros y en muchas personas con nombres y rostros, que me han llenado de luz con su fe profunda a pesar de sus sufrimientos.

Hoy siento dentro de mí tus palabras que me ofrecen la paz. Porque tú estás vivo, aunque estuviste muerto. Ya no hay nada que pueda detener la fuerza de tu Palabra. Hoy siento que me muestras tus manos y tu costado y que me invitas a tocar tus llagas como a Tomás para que ya nunca más tenga miedo y pase de ser incrédulo a ser creyente. Hoy siento cómo la energía del Espíritu Santo entra dentro de mí porque también me has enviado tu soplo; es la alegría que empieza a abrirse camino echando fuera el miedo, es el poder de curar y de expulsar todos los males. Cuando me encierro y me quedo en lo exterior se me escapa todo lo que realmente está sucediendo, pero cuando entras en mi vida y descubro tu presencia mi corazón y mi mente se abren a la Novedad de la Resurrección: a la irrupción de tu Reino.

sábado, 6 de abril de 2019

LA ADÚLTERA


Como  insistían en preguntarle él se incorporó y dijo:
- «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y se quedó Jesús solo con la mujer que seguía allí delante. (Jn 8,7-9)

En estos años hemos sido testigos de muchos políticos que se ponían muy subidos cuando sus adversarios habían cometido algún delito pero que después, habían caído por aquello mismo que habían juzgado de los demás.
No digamos de la iglesia en el tiempo actual. Los que durante tanto tiempo le habíamos dado lecciones de moral al resto del mundo, ahora más bien debemos guardar silencio, viendo como sacerdotes, obispos y cardenales están siendo juzgados y condenados.
Y es que el pecado es una realidad que se ha metido en nuestras vidas muy de lleno y nos domina a todos. Así que, antes de juzgar a los demás o de ponernos muy serios por las cosas malas que vemos de los otros, mejor es que miremos a nuestro interior para tratar de poner orden cada uno en nuestra propia vida.
Se dice popularmente que: de lo que veas la mitad y de lo que te digan ná. Y es que, cuando nos ponemos a juzgar la vida del prójimo, incluso por lo que hemos podido ver, nos faltan muchos datos para sabe la verdad o los porqués de eso que hemos visto. Mejor, vamos a ver todo lo que podemos transformar en nuestro propio corazón.
Esto no significa que nos dé todo igual. No podemos estar conformes con la injusticia ni con la violencia, claro que no; claro que no podemos tolerar la mentira o la manipulación. Pero recordando siempre que no podemos ser jueces de la vida de los demás porque primero tendremos que ser jueces de nosotros mismos.
Así es como podemos acercarnos a Jesús, sentir en nuestra vida su misericordia, sus palabras de aliento que no nos condenan sino que nos animan a no volver a pecar, pero no porque tengamos que tener miedo de un terrible castigo, sino porque el pecado nos hace mucho daño y también hace mucho daño a los demás. Esto es en realidad imposible de conseguir; el pecado no dejará de estar en nuestra vida y constantemente tendremos que buscar a Jesucristo para recibir su perdón y la fuerza de su Espíritu para seguir caminando. Y esto es lo que podremos también ofrecer a los demás: el conocimiento de Jesucristo que es quien lo llena todo, la experiencia viva de su amor por nosotros. Así pues, en lugar de dar lecciones a nadie como si fuéramos superiores, vamos a acercarnos a Jesucristo y a proponerlo a todo aquel que quiera buscar una razón para la alegría y la confianza.

A veces me lleno de nostalgia viajando a un pasado en el que creía que todo iba mejor, pero tú me has animado a gozar del presente. ¡Cuántas cosas extraordinarias estás realizando ante mis ojos! El pasado no es tan ideal como mi imaginación quiere verlo, también había sufrimientos y contradicciones. Y tú me estás regalando este momento de gracia, me estás permitiendo conocer grandes amistades, vivir muy cerca de ti para dejarme transformar por tu Palabra, y sentir el poder del Espíritu Santo que queda impregnado en los lugares donde alguien vivió de verdad la radicalidad del Evangelio. Esta novedad que estás haciendo en mí es también una fuerza de futuro que me permitirá retomar con alegría y con entusiasmo tu llamada a construir tu Reino en medio de este mundo.


domingo, 31 de marzo de 2019

EL PADRE Y LOS DOS HIJOS


Este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida,
se había perdido y ha sido encontrado.
Y se pusieron todos a festejarlo. (Lc 15,24)

En esta parábola podemos descubrir el amor de Dios por cada uno de nosotros y podemos también asombrarnos y sentirnos sobrecogidos ante tanto amor. Confieso que, cada vez que la leo y medito con ella, descubro algo nuevo que me hace estremecerme.
Esta vez he pensado en el desengaño de aquel joven cuando se encuentra lejos de su padre. Él había creído que sería feliz malgastando sus bienes y viviendo como un libertino. Pero llega el momento en que se encuentra con la cruda realidad. Entonces es cuando piensa en su padre.
Me parece que no es por arrepentimiento. La frase tan bien pensada es una forma de justificar su vuelta a casa. Lo que le hace pensar en regresar es el hambre y la situación lamentable en la que ha llegado a encontrarse.
Por otra parte me imagino al padre conmovido al contemplar a su hijo en esas condiciones. No es el momento de reprocharle nada, no es el momento de escuchar justificaciones. Sólo desea abrazarlo, besarlo y darle todo el amor que le tenía preparado durante mucho tiempo.
Al padre no le interesan las explicaciones. Siente una alegría muy profunda y quiere celebrar una fiesta para que todos compartan ese gozo con él. Ha encontrado a su hijo perdido. Ha vuelto a la vida el que estaba muerto.
Si tú estás muerto por tus pecados. Si has caído en un estado lamentable por haberte apartado de Dios. Estás a tiempo. Regresa. Verás cómo te espera, cómo te abraza, cómo te besa. No te pide explicaciones, tan sólo se alegra enormemente de tenerte a su lado y grita con toda la creación el gozo de haberte recuperado. Sí. La creación entera es el grito festivo de Dios.
Si, como el hermano mayor, has estado siempre con él. No reproches nada. No juzgues a nadie. Goza de saber que todo es tuyo. Disfruta del amor de este Padre bondadoso. Participa tú también de la fiesta del perdón. Entra en ese abrazo de amor y reconciliación y participa de los besos que el Padre está dando a lo hijos que regresan. También es para ti ese derroche de amor.

Tanto amor me sobrepasa, Señor Jesús. Cuando todavía yo no acabo de aceptar mis propios pecados vienes tú a anunciarme que Dios lo olvida todo. Siento tu abrazo en el perdón y tu gran Amor en el pan que se parte cada día en la Eucaristía. Te digo: No soy digno, pero tú interrumpes con tu gozo mis palabras y comienzas la fiesta.


domingo, 17 de marzo de 2019

LA TRANSFIGURACIÓN


En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. (Lc 9,28-31)

Nos cuenta el Evangelio que Jesús invitó a tres discípulos a subir al monte para orar con él. Me imagino que estos discípulos debieron sentirse muy afortunados. Ellos veían que su maestro se retiraba a orar con mucha frecuencia; sabían que algo muy especial sucedía en aquellas oraciones porque el maestro regresaba con nuevas energías. En aquel monte los tres discípulos tuvieron el privilegio de orar junto a Jesús, despejaron sus dudas y descubrieron el gran poder que tiene la oración.
Cuando Jesús oraba su rostro cambió y sus vestidos brillaban de blancos. ¡Qué momento tan impresionante vivieron aquellos discípulos! ¡Qué poder tan increíble tiene la oración que puede llenar a Jesús de gloria! Lo que ha sucedido es verdaderamente extraordinario.
La oración de Jesús lo ha introducido en el cielo, en la morada de Dios, por eso se ha podido mostrar ante los apóstoles con la gloria de su divinidad; además, al estar en el cielo se encuentra con los santos, con Moisés y Elías, y se oye la voz del mismo Dios que los cubre en forma de nube.
Este momento de la transfiguración nos está contando lo que sucede en la oración, así lo creo. Es verdad que nosotros no llegamos a vivir esos hechos tan sobrecogedores, pero la oración realiza el mismo prodigio. Cuando hacemos silencio en nuestro interior para buscar al Señor nos estamos introduciendo en el cielo y nuestra persona se está llenando de gloria, porque Dios nos está iluminando fuertemente y también es verdad que al entrar en el cielo vienen los santos a acompañarnos y de un modo muy particular la Virgen María, que quiere estar con nosotros cuando oramos y buscamos a su Hijo.
También es verdad que Dios nos habla, por eso en la oración hay que hacer silencio para dejar espacio a Dios que se nos quiere comunicar. El Padre nos señala al Hijo para que lo sigamos y lo escuchemos. En la oración que hacemos los cristianos nos estamos uniendo al Hijo amado de Dios. En él hemos puesto todas nuestras energías, nos sentimos atraídos por él y llegamos a dejarlo todo para poder contemplarlo.
Cuando te retiras a orar en cualquier circunstancia está sucediendo todo esto aunque no te des cuenta. Esto hace que la oración tenga siempre un enorme poder. Es necesario poner mucha fe para experimentar toda esta gloria que nos trasciende.
Cuando celebramos la Eucaristía estamos viviendo juntos este momento de la transfiguración. Juntos estamos entrando en el cielo y estamos viendo cómo todo se transforma. Con nuestros cantos y nuestras oraciones y también con nuestro silencio hacemos posible que el cielo venga hasta nosotros y llegamos incluso a contemplar al mismo Cristo en el pan Eucarístico y escuchamos la voz del Padre que nos anima a escucharlo y a seguirlo.
Después nos pasa como a los discípulos, que hay que volver a la vida de cada día. La oración nos ha acercado al Señor y nos ha llenado de paz y de alegría pero hay que volver a las tareas y hay que cargar con la cruz. La gloria de Jesús se consumará en Jerusalén con su muerte en la cruz y de esto hablaba con Moisés y Elías. Y la vida de cada día no deja de presentarnos dificultades y a veces momentos muy duros y noches muy oscuras. Por eso, estos momentos, que nos han permitido estar en el mismo cielo, nos llenan también de energía para sobrepasar las dificultades y nos siguen animando a la fe y a la confianza en el Señor Jesucristo, que no puede faltar a su palabra.

Tú has confiado en mí, a pesar de conocer bien lo poco que soy. Te has empeñado conmigo y no te has desanimado aunque soy duro y me resisto mucho a tus llamadas. Ahora siento que yo no puedo hacer otra cosa que confiar en ti, porque Tú sí que eres digno de confianza. Por ti tendré que dejarlo todo, tendré que llegar a olvidarme de mí mismo y ponerme en camino. El camino será muchas veces incierto, me llegaré a sentir perdido, pero seguiré confiando en que tú sabes bien a dónde me llevas porque cuando te he conocido y he estado contigo y he escuchado tu voz, nada me puede hacer dudar de cuánto me amas.

sábado, 9 de marzo de 2019

JESÚS Y EL DEMONIO


En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. (Lc 4,1-2a)

Esta estancia de Jesús en el desierto me presenta la lucha interior que hay dentro de cada uno y por tanto dentro de mí. Es una lucha entre el espíritu de Dios y el espíritu del mundo, pero es mucho más, es una batalla escatológica entre el demonio y Dios.
Ahora que hemos comenzado el tiempo de Cuaresma, también nosotros somos invitados por la Iglesia para ir al desierto como Jesús y llevar a cabo esta batalla contra las seducciones de este mundo y contra el demonio que nos quiere poner también a prueba de muchas maneras.
La batalla que está dando el diablo en medio del mundo creo que es visible con tantas cosas que están sucediendo, algunas nos hacen ver la capacidad tan grande que tiene el mal llegando a verdaderos horrores. Desgraciadamente hay muchas noticias tristes que no nos llegan porque los informadores las consideran irrelevantes, pero hay muchos cristianos perseguidos y asesinados de forma cruel por su fe. Hace poco conocimos la muerte de un misionero español a manos de un grupo terrorista.
Y también esta batalla se está dando dentro la misma iglesia: Me parece evidente que al demonio no le ha gustado nada nuestro papa Francisco y se ha encargado de crearle enemigos muy fuertes en muchos frentes. Yo creo que detrás está el que divide, el diablo, el maestro de la confusión capaz de mezclar la verdad con la mentira para dejarnos más desconcertados. Así también podemos ver su obra destructora en los delitos abominables o también en la mediocridad en la que nos hemos instalado. Me parece que lo estoy viendo frotándose las manos y divirtiéndose a costa de la  humillación y el descrédito de la Iglesia.
El diablo no deja también de tentarme y debilitarme a mí mismo. Tengo que acogerme mucho a la Palabra de Dios y a la fe para no caer en sus redes. Me quiere hacer creer que no sirve para nada lo que estoy haciendo, que soy indigno de anunciar a Cristo, que cualquier otro es más creíble que yo… un largo etcétera. El demonio también se ceba conmigo, pero sé que no es tan poderoso como pretende porque Jesucristo es el único Señor de este mundo y no él; porque su sangre derramada en la cruz lo ha derrotado y  lo ha humillado por mucho que pretenda ser altanero. No tiene nada que hacer en mi vida porque yo he confiado en mi Señor Jesús y voy de su mano.
Es verdad que estoy lleno de pecados pero el Señor me los ha borrado con su sangre. Es verdad que estoy lleno de debilidades y que soy incompetente, pero Jesucristo me ha llenado del Espíritu Santo para hacer de mí una nueva criatura y me ha otorgado poderes extraordinarios, como hacer visible a Jesucristo en los sacramentos y poder comunicar la gracia de Dios a través de ellos y ser instrumento de su amor con mi vida y mi amor a los demás, me ha dado el poder de expulsar y debilitar al demonio con la fuerza del Evangelio. Es verdad que yo no soy nada pero el Señor me ha elegido por eso, porque no soy nada para que así quede en evidencia que él es todo y lo puede todo.
Es verdad que no puedo convencer a nadie por mi mediocridad y mi vida errada por el pecado; pero la Palabra de Dios que proclamo es convincente porque es de Dios. Esta Palabra es la fuerza de Dios, es Cristo mismo, es el poder del Espíritu Santo y por lo tanto es poderosa por sí misma y la gente sabe acogerla y llevarla a la  práctica.
  
Señor Jesucristo, te contemplo en el desierto tentado por el demonio y quiero salir contigo y enfrentarme a él junto a ti. El Espíritu Santo también está en mí y me conduce ante ti durante este tiempo. Junto a ti dedicaré mi tiempo a la oración y a la penitencia.  Quiero compartir contigo la lucha por el Reino, el anuncio de la Palabra de Dios y vivir la fuerza poderosa del amor que lo limpia y lo transforma todo.