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sábado, 18 de enero de 2020

EL CORDERO DE DIOS


“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. (Jn 1,33)

Dos ideas importantes me brotan de este texto: Jesús es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Para vencer el pecado que llena el mundo de tinieblas no se puede usar el poder o la fuerza, porque esto sería entrar en su terreno. No se puede quitar el pecado con más pecado, no es posible usar la manipulación o la violencia. Al mal sólo se le puede vencer con el bien. Al pecado sólo se le puede vencer con el amor.
Así entiendo yo que Juan presente a Jesús como a un cordero, que es manso y humilde, el verdadero cordero pascual que nos anuncia la liberación de la esclavitud y el cumplimiento de las promesas de Dios. Él ha vencido al pecado muriendo en la cruz y derramando su sangre por todos. Por eso en el Apocalipsis aparece como el cordero triunfante que está de pie aunque ha sido degollado. Él es el verdadero vencedor.
La segunda idea que encuentro en este anuncio de Juan es que Jesús nos bautizará con Espíritu Santo. No sólo nos limpia el pecado sino que nos ofrece el gran don del Espíritu Santo que nos hace santos, que nos permite vivir esa vida nueva y ser discípulos del Cordero.
Veo aquí los dos sacramentos que son el fundamento de nuestra vida: el bautismo y la Eucaristía.
Nuestra vida en medio del mundo está marcada también por el pecado. El pecado que destruye nuestra convivencia y nos hace infelices y el pecado que está en cada uno de nosotros porque no somos perfectos y también nos apartamos de Dios movidos por nuestro egoísmo. Pero Jesús nos ofrece la liberación como un cordero. No entra en nuestra vida de forma violenta sino que se nos ofrece con ternura y humildad.
También nos anima a seguir sus pasos y nos llena del Espíritu Santo, el mismo Espíritu que lo ungió a él para llevar el Evangelio a los pobres. Llenos de este Espíritu podemos nosotros llegar a ser santos y luchar contra el poder de las tinieblas siendo pequeños y humildes como un cordero.

¡Qué asombroso misterio me descubres en la Eucaristía, Señor Jesús! Vienes a mí con gran sencillez y te haces el alimento de mi vida. Tú me liberas del pecado y me llenas de tu luz para que la Salvación, que ha llegado contigo siga extendiéndose hasta el fin de la tierra.

viernes, 17 de mayo de 2019

EL MANDAMIENTO NUEVO


En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros. (Jn 13,35)

Es bueno detenerse a considerar cómo hemos pecado y cómo nos hemos alejado de Dios, porque este ejercicio no nos humilla sino que nos pone delante el don que hemos recibido del perdón y la gracia. Todo ha venido de la mano de Jesús, el Señor, el Hijo amado de Dios que ha entregado su vida y ha derramado su sangre para nuestra salvación. ¿Cómo no alabarlo y darle gracias constantemente? Nos ha reconciliado con el Padre y nos permite también reconciliarnos con nosotros mismos y levantar la cabeza alta porque hemos merecido el precio de su sangre para nuestro rescate, tan valiosos éramos para él.
Es curioso que habiendo dado tanto para nuestra salvación no nos reclame el amor a sí mismo sino que nos pide que nos amemos unos a otros. Claro que quiere ser amado, el que ama desea ser correspondido y Jesús, que es amor, desea que lo amemos también. Pero su mandamiento no insiste en que lo amemos a él sino en que nos amemos unos a otros, como el signo que nos identifica como discípulos suyos. Es como si nos dijera que el camino para mostrar nuestro amor hacia él y nuestro agradecimiento porque nos ha salvado la vida no es otro que el amor entre nosotros. Porque un amor que sólo sean palabras no nos lleva a ninguna parte. Amamos a Dios, amamos a Jesucristo, cuando amamos de corazón al hermano y damos la vida.
Podemos, tal vez, llegar a la conclusión de que no se nota que somos sus discípulos, porque no nos amamos de verdad unos a otros, porque todavía quedan entre nosotros muchas envidias, muchas críticas, muchas zancadillas… que ponen en evidencia lo débil que es nuestro amor.
Pero Jesús ha entregado su vida por nosotros para rescatarnos del poder del pecado. Porque es Satanás el que nos tienta para que se siembre en nosotros todo lo negativo que nos separa de los demás. Pero el diablo está ya derrotado por la sangre de Jesús. Si nos acogemos a la salvación que se nos ha ofrecido podemos vencer el mal y sembrar en nosotros el amor, que es el que nos identifica como cristianos, discípulos de Jesucristo. El amor es el arma más poderosa para vencer todo el mal.
Al obedecer al Padre hasta las últimas consecuencias, Jesucristo le está ofreciendo el verdadero culto de alabanza. Su sangre derramada es la mayor alabanza porque es el sacrificio más puro y más verdadero que se le puede ofrecer. Dios ha sido glorificado recibiendo la entrega y el amor de su Hijo amado que no se ha reservado nada para cumplir su voluntad de salvar al mundo. Glorifiquemos nosotros al Padre, obedeciendo al Hijo, viviendo el amor mutuo entre nosotros, como la señal de que somos discípulos suyos.

Te glorificamos, Cristo Jesús, te damos gracias y te alabamos por haber llegado tan lejos para rescatarnos del pecado y ofrecernos de nuevo la vida.
Te glorificamos, te alabamos y te damos gracias, Dios Padre de misericordia  por la Resurrección y el triunfo de tu Hijo amado que muestra ante nuestros ojos que nunca abandonas a tus elegidos y que transformas todo lo que sucede, incluso el mayor pecado, en fuerza de salvación y de liberación.
Te glorificamos, te alabamos y te damos gracias, Espíritu Santo defensor, porque pones en nosotros la fuerza del amor que vence todo el pecado.




domingo, 12 de mayo de 2019

EL BUEN PASTOR


Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. (Jn 10,27-28)

En la vida siempre he necesitado alguien en quien confiar y en quien apoyarme. No puedo andar solo, no puedo tomar las decisiones importantes sin pedir al menos consejo, no puedo valerme solo para todo. Siempre necesito a alguien y tengo que buscar ayuda. Me imagino la situación de las ovejas cuando no tienen pastor, cómo están desorientadas, cómo se sienten perdidas… yo me siento muchas veces así. Necesito quien me enseñe a caminar por la vida, quien me muestre el camino; pero también necesito quien me cure de mis dolores y me busque cuando me pierdo, necesito quien me proteja de los peligros. Por eso soy como una oveja que necesita un pastor.
Y aquí se me presenta Jesucristo, el Señor. Él es quien me guía por el camino de la vida, quien me levanta si caigo, quien me sana si estoy herido, quien me limpia y me alimenta, quien me protege de todos los peligros. Si lo tengo a él ya no tengo nada que temer. Y por otra parte: ¡qué triste si me alejo! menos mal que también me busca cuando me pierdo. Con él todo está asegurado.
Él me conoce mejor que yo mismo y no se asusta de mis fragilidades sino que me tiende su mano para que me levante siempre que caigo. Es verdad que también me hace enfrentarme con mis zonas más oscuras, que a veces yo no quiero reconocer, porque también quiere corregirme; pero no para condenarme sino para ayudarme a superarme y caminar con más firmeza.
Nadie me arrebatará de su mano. Mira que yo le he dado motivos para que se canse de mí, pero no. Ha derramado su sangre para rescatarme y ganarme la vida eterna. Ha pagado por mí un precio muy alto y no va a permitir que el mal me aleje de él.  Mis dudas, mis crisis, mis noches oscuras… todo esto culminará en una fe más limpia, en una entrega más sincera y en una esperanza más firme.
El Buen Pastor no se queda sólo en una experiencia espiritual. El Señor ha querido hacerse visible de forma sacramental. Para que yo no me sienta perdido me ha puesto en el camino a muchos sacerdotes, que son verdaderos padres y guías para mí, verdaderos apoyos que me hacen sentir la presencia de Cristo muy activa en el camino de mi vida. El Buen Pastor se deja reconocer también en las comunidades cristianas a las que acompaño, en todos los discípulos que las forman con sus diferentes formas de ser, que también me aportan luz y apoyo en el deseo de hacer real el Evangelio.

Escuchar tu voz es muy grato para mí, Señor Jesús mi Pastor. Yo soy demasiado exigente conmigo pero veo cómo tú eres muy paciente. A mí me cuesta mucho perdonarme y tú, sin embargo, me perdonas fácilmente y confías en mí más que yo mismo. Escuchar tu voz es dulce y agradable porque me permite sentir dentro la fuerza de un amor que está dispuesto a darme y perdonarme todo para sanarme y hacer de mí una persona nueva y fuerte.

sábado, 9 de marzo de 2019

JESÚS Y EL DEMONIO


En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. (Lc 4,1-2a)

Esta estancia de Jesús en el desierto me presenta la lucha interior que hay dentro de cada uno y por tanto dentro de mí. Es una lucha entre el espíritu de Dios y el espíritu del mundo, pero es mucho más, es una batalla escatológica entre el demonio y Dios.
Ahora que hemos comenzado el tiempo de Cuaresma, también nosotros somos invitados por la Iglesia para ir al desierto como Jesús y llevar a cabo esta batalla contra las seducciones de este mundo y contra el demonio que nos quiere poner también a prueba de muchas maneras.
La batalla que está dando el diablo en medio del mundo creo que es visible con tantas cosas que están sucediendo, algunas nos hacen ver la capacidad tan grande que tiene el mal llegando a verdaderos horrores. Desgraciadamente hay muchas noticias tristes que no nos llegan porque los informadores las consideran irrelevantes, pero hay muchos cristianos perseguidos y asesinados de forma cruel por su fe. Hace poco conocimos la muerte de un misionero español a manos de un grupo terrorista.
Y también esta batalla se está dando dentro la misma iglesia: Me parece evidente que al demonio no le ha gustado nada nuestro papa Francisco y se ha encargado de crearle enemigos muy fuertes en muchos frentes. Yo creo que detrás está el que divide, el diablo, el maestro de la confusión capaz de mezclar la verdad con la mentira para dejarnos más desconcertados. Así también podemos ver su obra destructora en los delitos abominables o también en la mediocridad en la que nos hemos instalado. Me parece que lo estoy viendo frotándose las manos y divirtiéndose a costa de la  humillación y el descrédito de la Iglesia.
El diablo no deja también de tentarme y debilitarme a mí mismo. Tengo que acogerme mucho a la Palabra de Dios y a la fe para no caer en sus redes. Me quiere hacer creer que no sirve para nada lo que estoy haciendo, que soy indigno de anunciar a Cristo, que cualquier otro es más creíble que yo… un largo etcétera. El demonio también se ceba conmigo, pero sé que no es tan poderoso como pretende porque Jesucristo es el único Señor de este mundo y no él; porque su sangre derramada en la cruz lo ha derrotado y  lo ha humillado por mucho que pretenda ser altanero. No tiene nada que hacer en mi vida porque yo he confiado en mi Señor Jesús y voy de su mano.
Es verdad que estoy lleno de pecados pero el Señor me los ha borrado con su sangre. Es verdad que estoy lleno de debilidades y que soy incompetente, pero Jesucristo me ha llenado del Espíritu Santo para hacer de mí una nueva criatura y me ha otorgado poderes extraordinarios, como hacer visible a Jesucristo en los sacramentos y poder comunicar la gracia de Dios a través de ellos y ser instrumento de su amor con mi vida y mi amor a los demás, me ha dado el poder de expulsar y debilitar al demonio con la fuerza del Evangelio. Es verdad que yo no soy nada pero el Señor me ha elegido por eso, porque no soy nada para que así quede en evidencia que él es todo y lo puede todo.
Es verdad que no puedo convencer a nadie por mi mediocridad y mi vida errada por el pecado; pero la Palabra de Dios que proclamo es convincente porque es de Dios. Esta Palabra es la fuerza de Dios, es Cristo mismo, es el poder del Espíritu Santo y por lo tanto es poderosa por sí misma y la gente sabe acogerla y llevarla a la  práctica.
  
Señor Jesucristo, te contemplo en el desierto tentado por el demonio y quiero salir contigo y enfrentarme a él junto a ti. El Espíritu Santo también está en mí y me conduce ante ti durante este tiempo. Junto a ti dedicaré mi tiempo a la oración y a la penitencia.  Quiero compartir contigo la lucha por el Reino, el anuncio de la Palabra de Dios y vivir la fuerza poderosa del amor que lo limpia y lo transforma todo.

viernes, 12 de abril de 2013

El Resucitado se aparece a los discípulos


Aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: Es el Señor. (Jn 21,7)

Los discípulos habían decidido volver a su vida cotidiana y de nuevo vuelven a su tarea de siempre, a pescar. Pero cuando Jesús no está con ellos todo es triste: es de noche y no han pescado nada. De pronto Jesús aparece ante ellos. Con el Señor todo cambia. Ahora es de día, están llenos de alegría y de optimismo y la pesca ha sido abundante. Han comprendido que Jesús ha resucitado verdaderamente y que vive para siempre. Han comprendido que no están solos y que tienen una importante misión que llevar a cabo, porque tienen que proclamar a todo el mundo esta Buena Noticia.
Podemos apreciar en el libro de los Hechos de los apóstoles la transformación que llegaron a vivir en su espíritu. Con la certeza de la Resurrección y con la fuerza del Espíritu Santo, ya no tenían miedo a nada. Sabían que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres y se llegaban a sentir contentos por los ultrajes recibidos en nombre de Jesús.
Abramos nuestros ojos para contemplar la obra de Dios porque tenemos que animarnos y anunciar a todo el mundo el triunfo de la vida sobre la muerte. Si dejamos que la voz de Jesús cambie nuestras vidas, es posible todavía la alegría y la esperanza para todos. No nos dejemos impresionar por los que quieren que nuestra fe se esconda en lo privado; tenemos una buena noticia que proclamar al mundo y hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Aunque esto nos llegara a costar incomprensiones o persecuciones tendremos que seguir transmitiendo la alegría de conocer a Jesucristo. Que no nos desanime la indiferencia ni el relativismo, porque si reconocemos al Señor en nuestra vida y le abrimos nuestra puerta, él podrá llenar también nuestra red de peces grandes: hará que reine la fraternidad, que seamos más solidarios, que entre nosotros haya más respeto, que brille la solidaridad… vencerá la luz a las tinieblas.
Cuando Jesús no está todo es triste, no hay pesca, es de noche: se pierde la esperanza, reina el egoísmo y todos salimos perdiendo. Pero Él está con nosotros. Nos sigue hablando a través de la Iglesia, nos sigue sanando de nuestras heridas, nos sigue acompañando en nuestros sufrimientos, nos sigue alimentando con  su propio cuerpo. Con él llega la luz y la alegría para todos.
A pesar de mis dudas y de mis quejas, a pesar de mi cobardía y de mis debilidades, a pesar de mis pecados, de mi egoísmo, de mi pereza y de mi soberbia… a pesar de todo esto yo sigo aquí, tratando de hacerme digno de la vocación a la que me has llamado. No soy digno de proclamar tu nombre, pero te amo y tú eres mi única fuerza. En ti encuentro la alegría y la esperanza de mi vida, tú eres un compañero  fiel; eres el perdón de mis culpas y el amor que aun no tengo. Tú pones la humildad que me falta y los méritos que necesito ante el Padre. Tú eres mi Señor y mi Salvador y mi vida te pertenece sólo a ti.

sábado, 15 de septiembre de 2012

¿Quién decís que soy yo?


"Y vosotros, ¿quién decís que soy?".  (Mc 8,29)

            Esta pregunta de Jesús me la haga constantemente y hoy me ha tocado volver sobre ella. Estaba pensando que puedo decir muchas cosas sobre Él, conozco bastante bien los dogmas sobre su persona y creo que también he ido adquiriendo con el tiempo un conocimiento profundo sobre mi Señor y mi Salvador. Su Palabra ha sido y sigue siendo para mí una forma concreta de entrar en contacto personal  con Él y de tener un diálogo de amigos.
No es para mí un mero personaje del pasado, es una persona viva con la que me relaciono continuamente, no es un hombre extraordinario, es mi Dios y mi Señor a quien le he entregado mi vida. Pero ¿Qué digo yo de Jesucristo?
De pronto la pregunta me hace pensar que podría ser que con mi vida, con mi actitud no esté comunicando la verdad de su misterio.
Si de verdad creo que Jesús es mi Salvador tengo que transmitir alegría y optimismo, tengo que saber valorarme y aceptar mis defectos con la paciencia y el amor que Él tiene conmigo. Si soy escrupuloso, si vivo agobiado por mis culpas es que todavía no he comprendido que Él ha venido por amor, para salvarme.
Si sé que ha resucitado y está vivo no puedo andar preocupado por las cosas materiales, no tengo que tener miedo a la cruz, al contrario, tengo que estar dispuesto a cargar con ella para seguirlo.
Creo que si llego a vivir así mi relación con el Señor, este optimismo me hará mirar a los demás como Él los mira, me animará a desprenderme de todo para dedicarme en plenitud a construir su Reino, me libraré de mis rencores y sabré perdonar de corazón.
Así que, después de reflexionar sobre todas estas cosas tengo que llegar a la conclusión de que todavía me queda un largo camino que recorrer para poder decir de verdad como Pedro: Tú eres el Mesías.

Al conocerte y seguirte has ido transformando mi vida. Yo no soy más que un pobre pecador y tú me has purificado con tu perdón y has querido hacer de mí un mensajero de tu Palabra. Yo no soy más que un pobre hombre apegado al mundo y tú has puesto en mi corazón un amor tan grande capaz de negarse a sí mismo para dar la vida por los demás. Yo no soy más que un pobre cobarde, lleno de dudas y tú me has dado la fuerza necesaria para llevar la cruz detrás de ti y no aferrarme a esta vida. Así has puesto de manifiesto que este tesoro, en vasija de barro, es obra tuya y no cosa de hombres.

sábado, 28 de abril de 2012

El Buen Pastor


Yo soy el Buen Pastor que conozco a mis ovejas
Y las mías me conocen. (Jn 10, 14)

El Señor es mi Pastor, es el Buen pastor que no me deja solo en el peligro sino que ha llegado hasta el punto de dar su vida por mí.
El Señor me conoce porque me ama. Conocer para Jesús es sinónimo de amar. Él sabe todo lo que hay dentro de mí, me conoce mejor que yo mismo. A Él no le puedo esconder nada. Sabe muy bien cuáles son mis debilidades y mis dudas pero me conoce por el amor y sabe también cuál es mi esfuerzo y cuáles son mis luchas por superarme. Por eso está siempre dispuesto a perdonarme y a ofrecerme su ayuda para que me supere.
Como me conoce mejor que yo mismo sabe también cuáles son mis posibilidades yo sé bien que Él me valora y confía en mí para trabajar por su Reino. Cuando estoy en su presencia me hace descubrir todo lo que puedo hacer y cada día me sorprende sacando de mí todo lo bueno que Dios ha puesto.
Para ser parte de su rebaño también tengo que conocer yo a mi Pastor y no dejarme engañar por los falsos pastores. Distinguir su voz de otras voces que pueden ser amables pero engañosas.
Conocer a Jesús es ir aprendiendo cada día de la riqueza de su persona y cada día estar con él supone para mí una novedad. A veces me he formado una imagen equivocada y tengo que corregirla.
Él ha dado su vida para rescatarme del pecado y ofrecerme la salvación, no puedo confundirlo con un Dios terrible que pretenda castigarme duramente por mis culpas. Es la imagen viva del Dios Amor que me perdona y me sostiene.
Él me ha prometido estar atento a todo lo que necesito y se alegra de mi oración confiada, pero no puedo pensar que cada vez que tenga un problema se resolverá con una oración. Aunque no vea milagros llamativos, aunque me tenga que enfrentar a la cruz de cada día, yo lo seguiré amando y seguiré confiando en Él porque ha entregado su vida por mí. Nadie me da lo que Jesucristo me ha dado, nadie me ha amado como Él.
Finalmente el Buen Pastor quiere que este amor y esta Gracia alcance a toda la humanidad. Todos los seres humanos son sus ovejas. Algunas son de este redil y otras no, pero todas son suyas y a las que está lejos hay que traerlas aquí para que haya un solo rebaño y un solo pastor. Que el mundo entero alcance el gozo de la unidad, que lleguemos a formar una sola familia, que el Amor reine para siempre en el mundo.

Buen Pastor: Tú me has buscado cuando estaba perdido, me has curado las heridas del pecado, me has alimentado con tu propio cuerpo y me has dado vida con tu Palabra. Tú estás siempre atento a lo que necesito y no me abandonas en el peligro. Contigo estoy seguro y sé que me llevarás a disfrutar de los mejores pastos.



viernes, 9 de marzo de 2012

El templo

Jesús hablaba del templo de su cuerpo. (Jn 2,21)

Jesucristo es Dios en persona. Los discípulos llegaron a comprenderlo cuando resucitó de entre los muertos. Por eso su cuerpo era un templo, podemos decir que era el único y verdadero templo, ya que en él estaba Dios de una forma única.
Su cuerpo sería destruido y reconstruido en tres días. Jesús estaba anunciando su pasión y su muerte como el signo de su autoridad divina. Para el mundo que busca un signo claro de la existencia de Dios y de su poder se sigue presentando a Cristo que muere en la cruz y al tercer día resucita de entre los muertos. Es un signo que sigue estando escondido, hay que verlo desde la fe. Pero para quien abre los ojos sigue siendo un signo eficaz.
Es, como él mismo había dicho, el signo de Jonás. No podemos presentar ante el mundo hechos grandiosos, ni siquiera una comunidad santa y comprometida. Más bien tenemos el convencimiento de que Dios está en medio de nosotros que seguimos siendo mediocres y pecadores. Hay que abrir los ojos de la fe para descubrir esta presencia y sentir cómo nos sigue mostrando su gloria y su salvación.
Lo mismo que el cuerpo de Jesús es un templo sagrado, cada persona es también templo o sagrario de Cristo. Él ha querido estar identificado con los seres humanos, sobre todo con los pobres y los que sufren.
Es la hora de vivir de verdad el amor auténtico descubriendo a los demás como templos de Dios y estando dispuestos a rendir el culto verdadero que no consiste en rituales complicados sino en entregar la vida por los demás.
Es la hora de purificar el templo que somos nosotros mismos. Como Jesús expulsó de allí a los mercaderes ya los cambistas porque el templo es casa de oración, así también hemos de expulsar nosotros todo materialismo y toda falsedad. Nuestro cuerpo, nuestra persona es también casa de oración, es lugar de encuentro con Dios y para ello queremos en estos días presentarlo digno y limpio.

Señor Jesús, me has ayudado a comprender que tú eres la verdadera sabiduría. Conocerte y amarte es penetrar los secretos del universo, estar contigo es alcanzar los niveles más altos del conocimiento y dar la vida por ti es llegar a la plenitud. 

sábado, 4 de febrero de 2012

La actividad de Jesús

Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios. (Mc 1,34)

Jesús sabe que ha sido enviado por el Padre, tiene una misión que cumplir para bien de todos.
Esa misión consiste en predicar. Por eso se dedica a ir por las aldeas predicando, cuando descubre que la gente anda como ovejas sin pastor se pone a enseñarles con calma. La predicación es algo esencial para ayudar a toda aquella gente a convertirse en los protagonistas de su propia historia. Necesitan conocer a Dios de verdad, acercarse a Él y experimentar su amor, todo lo que valen ante sus ojos; necesitan saber que Dios es un Padre que no quiere que nadie se pierda y que cuida personalmente de cada uno, que escucha todas sus oraciones y que se compadece con entrañas de misericordia. Se trata de una predicación liberadora. También la predicación es una llamada a llevar una vida entregada a los demás, a hacer realidad la fraternidad. Enseñar que Dios es Padre lleva consigo descubrir a los demás como hermanos, recibir el amor de Dios compromete a vivir el amor al prójimo con todas sus consecuencias, experimentar el perdón de los pecados nos obliga a perdonar también de corazón las ofensas y aspirar al Reino de Dios supone trabajar en este mundo por la justicia y la paz para que el Reino llegue a nosotros.
Como Jesús sabe que ha sido enviado necesita también sentirse sostenido por el amor del Padre. Por eso se retira al descampado para orar. Todo su ministerio está marcado también por la oración. Está claro que ahí encuentra la fuerza y la luz para predicar y hacer el bien a los demás.
Pero todo quedaría vacío si no fuera acompañado por las obras. Por eso a sus palabras se unen también los hechos. La oración y la predicación tienen como objetivo la liberación de todos los males.
El Evangelio nos dice que Jesús curó de muchos males a los enfermos y los liberó de los demonios. Está claro que los males no son sólo las enfermedades. Jesús nos libera de nuestras dudas y de nuestra tristeza, de todo lo que nos hace mal. Y expulsa de nosotros nuestros demonios, nuestro egoísmo o nuestro afán de comodidad.
A cambio de los males nos ofreces sus bienes.

Quiero darte gracias porque me has concedido el gran honor de poder servirte. Porque me has dado el don de ser portavoz de tu Palabra, porque has querido contar conmigo para transmitir a todos tu amor infinito. Yo no soy nada pero tú has llenado mi vida al llamarme y colmarme con tu Gracia. Ay de mí si no anuncio el Evangelio.

sábado, 28 de enero de 2012

La autoridad de Jesús

"¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva con tanta autoridad!
¡Manda a los espíritus inmundos y le obedecen!". (Mc 1,27)

Jesús enseñaba con mucha autoridad y por eso la gente sentía una gran admiración por él y por su doctrina.
No hablaba como un docto maestro que sabe muchas cosas sino más bien como un hermano que siente un gran amor por sus oyentes y desea instruirlos para que encuentren la libertad, la paz y la felicidad.
No se quedaba sólo en palabras bonitas sino que todo lo que enseñaba estaba corroborado por su estilo de vida: por su amor a la gente, por su cercanía a los pequeños, por su aceptación de todos aunque fuesen tachados de pecadores.
Por otra parte, la gente contemplaba sus milagros que demostraban que él era alguien con un poder especial, pero de una manera más sorprendente descubrieron que hasta los espíritus inmundos le obedecían y temblaban de miedo en su presencia. Los demonios habían descubierto que Jesús había venido para acabar con ellos, lo que significaba que terminaba ya su dominio sobre los hombres. Él es el Santo de Dios mientras que ellos son inmundos.
¿Te has preguntado alguna vez por qué sigue adelante la fe cristiana a pesar de tantos obstáculos que ha tenido a lo largo de la historia: persecuciones, corrupción, falta de testimonio, manipulación de los poderosos?
Yo creo que la respuesta es bien sencilla: porque el Evangelio viene de Dios y nunca podrá ser derrotado por el poder del mal.
El poder de Satanás no es algo espectacular y monstruoso, es algo más bien cotidiano: es el afán de dinero o poder, es la búsqueda desenfrenada del placer y del bienestar, es el egoísmo o la envidia. Estas cosas no nos hacen más felices, no hay más que verlo, son más bien causas de la violencia y de las divisiones que no traen más que dolor y angustia.
Ante Jesucristo tiemblan los demonios porque la fuerza del amor es más grande, porque la Verdad apaga el poder de la mentira y el perdón es capaz de destruir el pecado para siempre.
Como puedes ver no se trata de la autoridad de la iglesia sino de la autoridad de Cristo y de sus palabras. Como creyente puedes hacer que se siga divulgando esta Buena Nueva para que el mal deje de atormentar a las personas de este mundo.

Quiero tenerte conmigo para que seas tú quien me poseas y domines mi vida. Aparta de mí todo espíritu inmundo: toda maldad, todo egoísmo, toda vanidad. Hazme tuyo solamente para que contigo expulse del mundo todos lo males que lo atormentan y haga resplandecer toda tu hermosura.


jueves, 15 de diciembre de 2011

El Hijo de Dios

 El Espíritu Santo vendrá sobre ti,
y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra;
por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. (Lc 1,35)


El profeta Natán le había anunciado al rey David que uno de sus descendientes reinaría para siempre. En aquella profecía ya le decía Dios que sería para Él un Hijo y que a su vez Él sería un Padre.
Así que, al llegar el tiempo en que estas promesas se tenían que cumplir todo sucedió como estaba predicho. La Virgen María concibió a su Hijo de forma milagrosa, porque el niño que tenía que nacer no era hijo de un padre humano sino Hijo de Dios. Ése es el misterio de Cristo: que siendo un hombre es también Dios.
Al hacerse uno de nosotros nos ha permitido a todos entrar en el conocimiento de ese misterio que es Dios. No hace falta formar parte de una organización secreta y extraña para adquirir este conocimiento poderoso que nos puede cambiar la vida. Tan sólo hay que acercarse a este niño que viene a nosotros pobre y humilde.
Cuando contemplamos a Jesús como Hijo de Dios podemos comprender la transcendencia de todo lo que esto significa: Él es el que existía desde siempre, por toda la eternidad, es una persona divina y forma con el Padre una sola cosa.
Pero ser Hijo no es sólo un asunto de teología o de dogma. Supone, sobre todo, una relación de amor entre el Padre y Él, y esta relación es lo que más nos importa. Jesús es el Hijo amado y predilecto en quien el Padre ha puesto toda su complacencia. Y podemos comprender también la grandeza del sacrificio que ha hecho el Padre por nosotros al enviarnos a su Hijo querido. Así es el Amor de Dios que se nos ha mostrado en Cristo.
Al ser Hijo de Dios, Jesús habla de Él como su Padre. También es su Padre amado al que está dispuesto a obedecer hasta las últimas consecuencias. No tiene otro alimento que hacer la voluntad de su Padre y a ello dedica toda su vida.
Creo que este amor entre el Padre y el Hijo es lo que más nos interesa a todos para descubrir también el Amor que se ha derramado sobre nosotros y que podremos contemplar en el recién Nacido de Belén.
Este misterio del Hijo es también el misterio de la Madre, que siendo una madre humana se ha convertido por la gracia en Madre de Dios. También en el misterio de Navidad es impresionante contemplar a María y descubrir hasta que altura ha llegado la condición humana que ha sido posible que una mujer dé a luz al mismo creador.
Dios estará en un pesebre, pobre pero feliz por el amor que un padre y una madre humanos le están ofreciendo y porque cuenta con el amor y la fuerza del Dios eterno.

Tú has venido como Hijo de Dios y me has unido a ti en ese Amor. También yo puedo mirar a Dios como Padre querido y acercarme a Él con toda la confianza de un Hijo. Has venido como Hijo y me has enseñado a ser Hijo de este Padre que es todo Amor, de este modo has alejado de mí el miedo y has puesto en mi corazón un deseo auténtico de servirte y ser tu discípulo fiel.