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sábado, 10 de octubre de 2020

EL BANQUETE DEL REINO DE LOS CIELOS

 

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. (Mt 22,10)

 

La parábola del evangelio nos recuerda que el Reino de Dios es la invitación a un banquete, a una gran fiesta, comparable a la boda del hijo de un rey.

Ya el profeta Isaías hablaba de ese festín de manjares suculentos. El Reino de Dios es el momento en el que ha desaparecido para siempre el mal, el dolor y la injusticia y sólo queda lugar para una fiesta en la que hay abundancia de manjares y las delicias son desbordantes.

¿Quién puede rechazar una invitación de este tipo?

Sin embargo la parábola del evangelio nos cuenta que los invitados rechazaron la invitación porque pensaban que tenían asuntos más importantes. Incluso hablan de la violencia de los convidados. De nuevo Jesús recuerda el rechazo de los dirigentes judíos a los profetas.

Pero Dios va a celebrar su fiesta y este rechazo le da la oportunidad de invitar a todos los que quieran escuchar su llamada. El rechazo de Israel ha abierto la puerta para invitar a todos los pueblos de la tierra. Todos tienen un lugar, los malos y los buenos.

Pero de nuevo nos sorprende Jesús con su parábola al hablar del comensal que no llevaba traje de fiesta. A pesar de que los invitados podían ser malos o buenos, lo importante era tener traje de fiesta. Sabemos que Jesús no nos está diciendo que vistamos con ropa cara, porque en otros momentos nos ha insistido en la austeridad y la pobreza. El traje de fiesta será más bien la actitud interior, la pureza del corazón, el amor a los hermanos y la alegría de estar con el Señor.

Finalmente nos sorprende con otra afirmación: Muchos son los llamados y pocos los escogidos.  Porque la llamada es universal pero los escogidos son los que responden con todas sus consecuencias.


Yo siento varias llamadas meditando esta parábola:

A no rechazar la invitación del Señor a su banquete; es este banquete de la eucaristía celebrada aquí en la tierra, que es la fiesta del amor del Señor que se entrega por nosotros y la fiesta de la comunidad cristiana. Además habrá que poner también de nuestra parte para que de verdad sea una fiesta y no un acto aburrido y rutinario. Pero la invitación del Señor también es para toda la vida. Nos invita a seguirlo y escuchar su Palabra y a vivir según el modelo que tenemos en él.

También siento la llamada a salir a los caminos para convocar a todos a esta fiesta. Hoy tenemos a muchos que no conocen a Jesús y tienen el derecho de conocerlo y acercarse a él para encontrar la salvación que nos trae.

Otra llamada es el traje de fiesta: tener mi corazón lleno de alegría porque el encuentro con Jesucristo me libera de todas mis preocupaciones y me llena de todo lo que necesito.

Finalmente quiero contarme entre los escogidos. Por eso no me voy a conformar con un cumplimiento mínimo sino que me voy a esforzar por darme al máximo.

 

Tú Señor me has llenado de alegría al estar siempre conmigo. Tú haces que me sienta fuerte ante los retos que me propone la vida y me preparas para afrontar la pobreza o la hartura. Contigo todo lo puedo y tú me confortas. Por eso el encuentro con tu persona es una fiesta desbordante que puedo compartir con los hermanos. Bendito seas, Señor, por haberme invitado a tu banquete.

sábado, 26 de septiembre de 2020

LOS PUBLICANOS Y LAS PROSTITUTAS

 

Vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron

 

Jesús insiste continuamente en la religión auténtica, que no consiste en observar normas y ritos sino en escuchar la Palabra y ponerla en práctica. Por eso llega a hacer estas afirmaciones provocadoras que pueden resultar hasta escandalosas.

Los estafadores y corruptos, como los publicanos, y las prostitutas son un ejemplo claro de gentes que viven en pecado. Según la lógica religiosa estarían rechazados por Dios, no son los más idóneos para entrar en el Reino de los Cielos. El Señor, en cambio, se atreve a proponerlos como ejemplo, no por su vida de pecado sino porque escucharon a Juan Bautista y sintieron la llamada a la conversión.

Yo me temo que estas actitudes de señalar a los que consideramos que están viviendo en pecado no se han terminado y me temo que siguen teniendo muchas veces demasiado peso en nuestra mentalidad. Parece que pensamos que Dios nos llama a ser profetas para señalar y denunciar a los que viven en pecado, tal vez con buena intención, para que se conviertan. Pero con esto presentamos la religión como un camino para perfectos y mostramos a Dios como un juez que está siempre señalando y acusando.

El papa Francisco nos animó a vivir primero el encuentro con el Señor. Esto es lo que nos cambia la vida y nos permite revisar nuestras actitudes y nos llama a la conversión.

Jesús, que tiene la mirada misericordiosa del Padre, al contemplar a estos pecadores no se fija en sus pecados sino en su actitud sencilla ante la predicación de Juan. En cambio, los buenos y religiosos no le hicieron caso porque creyeron que no tenían nada de qué arrepentirse. Tal vez no descubrieron que su desprecio por los que consideraban pecadores era también un pecado muy grave.

Es muy acertada la parábola de los dos hijos. El educado y bueno que llama a su padre señor, no hizo al final lo que el padre le había pedido. El maleducado que dio una mala respuesta se arrepintió y fue; porque lo que cuentan no son las buenas palabras o los buenos modales sino los hechos.



Creo que tenemos que hacer el esfuerzo de superar una mentalidad moralista, que ve pecado en todas partes y necesita denunciar y condenar. Vamos a buscar al Señor que nos muestra su amor y su misericordia y quiere sanarnos de las heridas del pecado. Él nos mira con ternura y nos hace descubrir nuestra dignidad de hijos amados. Con esta mirada positiva, cada uno de nosotros sentirá la fuerza interior del encuentro con Cristo que nos salva y nos sana de nuestras heridas, y nos llama a la conversión. Yo creo que esto nos permite vivir con más confianza en Dios, en los demás y en nosotros mismos. Así es como podemos sentir dentro de nosotros el deseo de una vida más auténtica y alejada del pecado que nos destruye.

Abramos nuestro corazón a nuestros hermanos en lugar de pretender ser jueces de los demás. Como nos pide san Pablo, tengamos los sentimientos de Cristo Jesús, que son el amor, la obediencia y la humildad. Así podremos ofrecer razones para la esperanza en  una nueva humanidad.

 

Cuando entro en tu presencia siento mi indignidad, me veo abrumado por mis pecados y miserias. Pero el temor da paso a la alabanza. Tú me llenas de luz, me tomas de la mano y me levantas para que recupere la fuerza y pueda proclamar con alegría tu Palabra de Vida.

sábado, 22 de agosto de 2020

TÚ ERES PEDRO

 

Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»

 

El Señor ha confiado su propia misión a Pedro. Él sabe bien que deja algo tan santo en manos de un hombre débil y pecador. A continuación de este episodio le tendrá que decir que se ponga detrás y lo llamará Satanás. Pero Jesucristo confía en sus apóstoles y confía en Pedro, aunque sabe que lo negará porque no es perfecto.

El Reino de los Cielos sale adelante porque es Dios quien quiere que se vaya implantando en la tierra y puede sortear todos los obstáculos. La Iglesia de Cristo está edificada sobre la piedra de Pedro y el Señor promete que no podrá contra ella el poder del infierno.

El poder del infierno nos viene de fuera y de dentro. Por fuera podemos encontrar el rechazo y la persecución y habrá que sortear estas pruebas; también la indiferencia en la que hoy nos toca vivir. Pero todo esto no impedirá que la Palabra de Dios se extienda y que Jesucristo haga llegar a todos su salvación.

El poder del infierno nos ataca sobre todo por dentro. El pecado de los creyentes es mucho más dañino que el rechazo y la indiferencia. La mediocridad o la soberbia son armas del diablo para debilitar la fuerza del evangelio. Pero según la promesa del mismo Jesús tampoco estos males  derrotarán a la Iglesia. La Palabra se seguirá anunciando y los sacramentos celebrados con fe, aunque muchas veces sea tibia, seguirán salvando al mundo de los pecados.

Todo esto lo ha puesto el Señor de una forma especial en la persona de Pedro que hoy está representado en el papa Francisco. Aunque se trata de un hombre débil y herido por el pecado igual que los demás, hemos de confiar en el mandato de Jesús y mantenernos leales a su ministerio, es él el que tiene las llaves para abrir y cerrar y el poder de atar y desatar porque así ha querido el Señor que sea.

Yo lamento mucho que en la actualidad existen sectores de la iglesia, en los que se encuentran algunos obispos y cardenales, que se dedican a denigrar la labor apostólica del papa, algunos hasta pretenden hacerlo en nombre de la ortodoxia. Pienso, desde mi poco conocimiento, que faltar a la comunión no puede hacerle ningún bien a la ortodoxia, de la cual el papa es el representante.

Las palabras de Jesús a Pedro son para nosotros una llamada a la lealtad y a la obediencia, no porque consideremos al papa un hombre santo y perfecto sino porque confiamos en que es Jesucristo en persona quien conduce a su Iglesia por medio de estos pobres instrumentos.

 

Hoy también quiero alabarte y bendecirte Señor y Dios mío porque tú te has revelado y he podido entrar en el misterio que se encierra en ti. Nunca habría podido llegar a conocerte si tú no hubieras entrado en mi camino pero has querido que yo descubra tu amor y me has ofrecido alcanzar tu sabiduría divina.

Gracias Padre Santo por haber enviado a tu Hijo amado para revelarnos la belleza de tu Reino y por haber dado a tu Iglesia el poder de anunciar el Evangelio con obras y palabras.

Yo te alabo Señor por la persona del Papa Francisco y te ruego que lo ilumines para que su ministerio haga de la Iglesia una luz que disipe todas las sombras.

domingo, 24 de noviembre de 2019

NUESTRO REY CRUCIFICADO


«A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo:
«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». (Lc 23,35-37)

Hoy contemplamos a Jesucristo como rey. Pero curiosamente su trono no es un gran asiento dorado sino que es el madero de la cruz. Su corona es una corona de espinas y en lugar de aclamaciones está recibiendo insultos y burlas. Pero él es de verdad el rey.
A otros ha salvado: Ha venido para ser salvador y su vida es una entrega. No ha pensado en sí mismo sino que, para salvar a otros, a todos nosotros, ha estado dispuesto a morir.
También ha salvado, en el último instante, al malhechor arrepentido. En el peor momento de su vida este hombre infeliz ha encontrado a Jesús y ha tenido la oportunidad de morir en paz, porque ha recibido la promesa del paraíso.
También hoy, pese a la indiferencia que parece que nos domina, Jesucristo es el Rey del universo. Su Reino no se impone por la fuerza sino que se va construyendo con el testimonio de los pequeños, de todos aquellos que han sabido encontrar en Jesucristo una razón para la alegría y la paz.

Señor hoy me permites contemplar la fe de aquel bandido que estaba condenado junto a ti. Su ejemplo me recuerda el testimonio que he recibido de muchos ancianos y enfermos que saben vivir con amor los momentos difíciles de su vida, porque confían en ti. He tenido la oportunidad de ver muchos gestos de perdón, de fe en medio de las dificultades, de paciencia ante los sufrimientos y hasta de alegría en medio de la enfermedad que he visto claramente que tú reinas entre nosotros.


sábado, 24 de agosto de 2019

LA PUERTA ESTRECHA


Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera. (Lc 13,28)

El Señor nos pone ante una situación terrible. Que después de nuestra muerte nos viéramos privados del Reino de Dios, que veamos cómo todos los santos son allí felices pero nosotros no podemos entrar, que incluso veamos que allí hay lugar para gentes de diferentes lugares y razas, porque Dios es padre de todos y su Reino es para todos. ¡Qué triste situación!
¿Es que el Señor quiere meternos miedo para que obedezcamos sus mandatos? Yo pienso que no, porque su mensaje no ha sido nunca de miedo sino todo lo contrario: él nos ha hablado siempre del amor y de la misericordia de Dios Padre. 
Pero, claro, esto no se puede convertir en una excusa para despreocuparnos de todo y no hacer nada. Descubrir que Dios es Padre y que Dios es misericordioso nos tiene que mover a vivir como hermanos de todos y a ser también misericordiosos. Es decir, que en lugar de dejarnos tranquilos e inactivos, la Buena Noticia nos empuja a salir de nosotros mismos, de nuestras comodidades y de nuestra desidia para ponernos manos a la obra. Jesús habla de esforzarse en entrar por la puerta estrecha.
Si vamos recordando todo lo que hemos escuchado en estos domingos, podríamos explicar en qué consiste la puerta estrecha.
Una enseñanza fue la oración que confía en la bondad de Dios Padre.
Otra la vanidad de las riquezas y la llamada a ser ricos ante Dios.
Nos dijo: Vended los bienes y dad limosnas, para tener bolsas que no se rompen.
Por último, estar dispuestos a afrontar la persecución, a llevar la cruz.
Escuchar a Jesús no puede quedarse en una simple admiración, en pensar que es muy bonito lo que nos dice. Sus palabras nos están llamando a la acción, a llevar una vida diferente que pueda cambiar las cosas. Por eso no basta decir que lo hemos escuchado, porque él dirá que no nos conoce de nada y nos arrojará fuera. Además de escucharlo hay que hacer el esfuerzo de llevar a la práctica sus palabras.
Es verdad que lo que nos pide es muy difícil. Por eso hay que estar caminando toda la vida y corriendo hacia la meta.

¡Cómo deseo estar contigo y sentir fuertemente tu amor y tu compasión! Espero llegar, después de esta vida a tu Reino y tú me dices que entre por la puerta estrecha. Yo quiero seguirte y hacer lo que me pides. Pero soy débil y necesito tu ayuda. El mundo, con sus ofertas me seduce y pierdo el rumbo con frecuencia. Corrígeme, aunque me duela, para que no me aparte de ti.

domingo, 22 de noviembre de 2015

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

Todo el que es de la Verdad escucha mi voz. (Jn 18,34)

        El nuevo testamento nos presenta a Jesús como el príncipe de los reyes de la tierra. Tal vez este título nos pueda parecer una ironía cuando observamos la realidad en la que nos movemos. Está claro que en este mundo material es el poder y el dinero quien impone su ley. ¿Cómo creer que Jesucristo, que murió condenado en una cruz, es el soberano de todo?
El Evangelio de Juan nos muestra una conversación del Señor con Pilato. Podemos ver cómo Pilato trata a Jesús con desprecio y se burla de Él. Tiene ante sus ojos a un pobre infeliz al que va a enviar a la cruz y éste pretende ser rey. Pero Pilato también tenía mucho que aprender y puede que las palabras que escuchó en aquel momento se le quedaran grabadas para siempre, ¿quién sabe?.
Jesús le dijo que su Reino no es de este mundo, porque su Reino pertenece a otra esfera o a otra dimensión. Es el Reino de Dios que está por encima de las cosas reales y materiales. Es el Reino que dura para siempre. Pilato no podía comprender esto en su ambición por el poder.
Es un Reino que no es de este mundo porque sus armas no son la violencia y el poder sino el amor y la paz, porque no se impone por la fuerza sino por el atractivo de su proyecto. Pilato no era capaz de comprender esto, acostumbrado a ver cómo todos se someten a su autoridad mundana.
Pero el Reino de Jesús ha permanecido mientras que Pilato cayó y el imperio que él representaba también se vino abajo. Todo el que es de la Verdad se deja guiar por Jesús y lo invoca como Rey. Todo el que busca la paz y la justicia escucha sus palabras y las pone en práctica.
Nuestro mundo nos da muestras del poder del dinero o de la violencia, pero si miramos con más profundidad descubriremos cómo Jesús también está reinando con su amor y su gracia a través de todos los que son de la Verdad. Tal vez miramos con dolor a lo hijos del pecado que siembran el terror o explotan a los indefensos pero son muchos más los que arriesgan su vida por salvar la vida de otros, los que lo dejan todo para servir a los pobres, los que sacrifican su tiempo por acompañar a los enfermos… los que son de la Verdad y escuchan la voz de Jesús son muchos más y están haciendo que su Reino se extienda en este mundo.

Tus Palabras de Vida me han encontrado y ha hecho que quiera entregar todo mi tiempo al anuncio de tu Reino. Todo el que busca el bien y quiere un mundo mejor encuentra en ellas el aliento que necesita para mantenerse firme en la lucha. Tus Palabras alegran y animan a todas las personas de buena voluntad y entusiasman al que quiere gastar su vida por los demás.



sábado, 1 de marzo de 2014

El Reino de Dios y su Justicia

Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. (Mt 6,33)

Al conocer al Señor y escuchar su mensaje sólo hay un objetivo en mi vida: su Reino. Y no me refiero a la vida eterna, que llegará después de la muerte, sino a su persona y su proyecto de vida para este mundo presente.
En primer lugar deseo buscarlo a Él, que es quien me sostiene en todo este esfuerzo. Estar con él y sentir que me siento respaldado en una tarea difícil, en muchos casos imposible. Yo sé que no puedo hacer nada, no sé perdonar de verdad, no me veo capaz de amar a mis enemigos, no tengo posibilidad de cambiar este mundo. Apenas puedo cambiar mi propia vida, ¡cuánto más difícil será cambiar la vida de los demás! Por eso busco a Jesús, mi maestro y mi Señor para sentir que no voy solo por el camino. Es su Reino lo que quiero construir en este mundo.
En segundo lugar tengo que hacer que llegue su justicia. Justicia quiere decir santidad, quiere decir amor. La justicia del Reino de Dios es la alegría de un mundo donde todos somos hermanos de verdad, donde nadie pasa necesidad, donde nadie se encuentra solo con su pobreza o su enfermedad. La justicia del Reino lleva consigo la lucha contra la injusticia, la denuncia de los que acumulan a costa de la pobreza de otros, de los que abusan de su poder para gozar de la vida y no se conmueven del sufrimiento de los pobres.
El papa nos propone una acción como iglesia que tiene que ser una luz para el mundo. Nos anima a “Primerear” a tomar la iniciativa, ser los primeros. Hay que dar antes de que te pidan, perdonar antes de que se arrepientan, ponerse a servir antes de que te busquen, porque así es la justicia de Dios que nos ha amado primero. “Involucrarse” y ponerse a lavar los pies de los pobres. No podemos esperar que otros hagan las cosas. “Acompañar”  porque no se trata de dar una ayuda puntual sino de estar al lado de la gente.  “Fructificar” dando la vida por el Evangelio y “Festejar” porque no podemos olvidar que el Reino de Dios es alegría.
En estas cosas es en las que quiero poner todas mis energías. Sé que también necesito comer y vestirme y todas esas cosillas materiales que a todos nos hacen falta, incluso algunas que son secundarias y las hemos hecho necesarias. Pero todo esto me dice el Señor que se me va a dar por añadidura. Porque es verdad, mi Padre Dios que alimenta a los pájaros y viste a las flores del campo no me va a dejar a mí abandonado porque para Él soy mucho más importante, soy su hijo querido.


La vida me va enseñando a confiar en ti y a superar día tras día las tinieblas. Tú me acompañas en silencio y, a veces, tengo dudas porque desearía ver las cosas con más claridad. Pero siempre llega el momento en el que descubro que nunca has dejado de acompañarme. Creeré sin ver y aceptaré tu voluntad para que seas tú quien sigas guiando mi vida hacia la plenitud de tu Reino.

viernes, 14 de febrero de 2014

Mejores que los letrados y fariseos

Si no sois mejores que los letrados y los fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos. (Mt 5,20)

Jesús nos quiere proponer un estilo de vida que no se puede quedar en el mero cumplimiento de unas normas morales o de unas tradiciones religiosas. Por eso quiere que lleguemos a la plenitud de los mandamientos. Ya deja claro que no se trata de abolir ninguna norma sino de llevarlas hasta las últimas consecuencias.
El sentido de la ley que Moisés dio al pueblo de Israel era expresar la voluntad de Dios y dejar unos mandamientos básicos que permitieran al pueblo convivir en paz y ser felices en la tierra prometida. Pero cuando la ley se queda en el cumplimiento y no vive el espíritu que la sostiene termina convirtiéndose en esclavitud. Así, en lugar de mostrar la belleza y la bondad de Dios, termina por empañar su imagen.
Jesús nos lleva a la plenitud de la ley con su propia vida. Todo lo que nos dice en el sermón del monte lo veremos cumplido en él mismo. La plenitud de la ley, es decir, la voluntad de Dios no se queda en los mínimos de los diez mandamientos, sino que desea llegar al máximo de las bienaventuranzas. No se conformará con no matar sino que estará dispuesto a dar la vida, no se conforma con no robar sino que es capaz de desprenderse de todos sus bienes.
Jesús nos anima a vivir este espíritu superior a la práctica de los letrados y fariseos para poder entrar en el Reino de los Cielos. ¿Podremos cumplirlo?
Cuando vemos lo exigente que es su propuesta podemos asustarnos. Lo primero que descubrimos es que nadie cumple esta perfección, sólo Jesús y la Virgen María. Pero mirar a esta meta no debe desanimarnos sino, al revés, motivarnos para levantarnos de nuestras caídas y seguir superándonos cada día hasta llegar a la plenitud. Esta plenitud de la ley tiene un nombre: Amor. Se trata de vivir el amor con todas sus consecuencias. Para hacerlo realidad el Señor no nos deja solos sino que nos acompaña, nos ofrece la fuerza del Espíritu Santo y nos ayuda con los sacramentos.


Tú me has amado primero y has entregado tu vida por mí. Eres tú quien me ha buscado y eres tú quien se ha empeñado en hacerme vivir de tu amistad. Siento tu llamada no como un mandato sino como una necesidad de mi vida: necesito estar contigo, escucharte, sentirte y también presentarte a los demás. 

sábado, 16 de junio de 2012

La semilla que crece sola


"El reino de Dios es como un hombre
que echa una semilla en la tierra.
 Lo mismo si está dormido como si está despierto,
si es de noche como si es de día,
la semilla, sin que él sepa cómo,
germina y crece.( Mc 4,26-27)

Jesús nos cuenta con ejemplos muy sencillos la grandeza del Reino de Dios, así es posible que comprendamos algo que sobrepasa nuestra inteligencia.
El Reino de Dios es Él mismo, que ha venido al mundo como una semilla dispuesto a sembrarse, entregándose a los demás. Por eso todos lo encontraban siempre disponible para enseñar con paciencia, para transmitir el perdón de Dios o para curar a los enfermos. Esta semilla se ha sembrado y va creciendo y dando fruto por sí misma.
La semilla contiene ya el poder de convertirse en árbol no hay más que sembrarla. Del mismo modo, la Palabra de Dios tiene el poder de transformar al ser humano y de llenar el corazón del Amor de Dios.
Por eso me siento atraído hacia la persona de Jesús. Me presento ante él débil y pobre, pero su Palabra me transforma. Él me hace sentirme importante para Dios que es mi Padre y me ama, hace que me libere de todo lo que me esclaviza porque veo que ahí no encuentro la paz ni la felicidad, me ayuda a comprender el poder del Amor y hasta pone, en medio de mis dudas, la luz de la fe.
Es verdad, su Palabra, su presencia, es la semilla que una vez que se siembra empieza a germinar y a crecer y llega a dar fruto sin que yo sepa cómo.

Cuando me has abierto los ojos he podido comprobar cómo estás trabajando cada día en la vida de los pobres. Tú haces que cada persona me esté mostrando tu grandeza y que cada acontecimiento me revele tus designios.

viernes, 18 de noviembre de 2011

El juicio final

Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre,
y todos los ángeles con él,
se sentará en el trono de su gloria,
y serán reunidas ante él todas las naciones. 
(Mt, 25,31-32)

La parábola del juicio final empieza mostrándonos la majestad y la gloria de Jesús como Hijo de Dios y por tanto rey y juez de todo el universo.
Jesús es aquel esposo que tardó en volver pero que al final llegó, es también el amo que repartió los talentos y después de mucho tiempo regresó y empezó a ajustar cuentas. El Señor va a volver de nuevo, al final de los tiempos. Así lo decimos en el Credo: de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos.
Mientras llega esa segunda venida gloriosa nosotros estamos en este mundo tratando de ser fieles a sus palabras. Queremos esperarlo teniendo el aceite preparado, queremos que nuestros talentos produzcan abundantes beneficios.
El Señor vendrá de nuevo y mostrará toda su gloria. Aparecerá acompañado de todos los ángeles, porque él es Dios y es el Rey del cielo y tiene a todo el ejército celestial a sus servicio.
Se sentará sobre el trono de su gloria, porque también es ya el único rey de todo el universo. Ya no habrá otro poder más que el suyo. Todos se someterán a él.
Reunirá a todas las naciones y comenzará el juicio. Un juicio que tendrá como único criterio el Amor. La gloria y la felicidad del Reino preparado serán para los que han practicado la Caridad con el prójimo: los que se han olvidado de sí mismos y se han puesto siempre al servicio de los pobres porque ellos han aliviado el sufrimiento de los pequeños y han contribuido a mundo más justo.
Por el contrario la condenación será para los que se han ocupado sólo de sus propios intereses y han pasado de largo ante los problemas de los demás.
Es que este rey lleno de gloria, al que se le someten los ángeles del cielo y todos los habitantes del mundo, ha estado viniendo a nosotros cada día en la persona de nuestros semejantes. Él es el pobre que pide ayuda, el enfermo que necesita quién lo acompañe y lo cuide o el preso que quiere verse consolado.

Quiero ser invitado a tu Reino, porque estoy seguro de que me tienes reservado un banquete excelente. Quiero gozar de esos manjares suculentos que estarán llenos de tu amor y tu gloria. Por eso voy a dejar que tu Palabra me transforme, que mi corazón se queme con tu Caridad y que todo mi ser se disponga a servir a los pobres y a los pequeños de este mundo.

viernes, 2 de septiembre de 2011

La corrección fraterna


Si tu hermano ha pecado contra ti,
ve y repréndelo a solas;
si te escucha, habrás ganado a tu hermano. (Mt 18,15)

La Iglesia no es una comunidad de perfectos, nunca lo ha sido. Por eso no debes sorprenderte ni escandalizarte cuando tengas noticias de pecados cometidos por los creyentes. Todos somos pecadores. Lo importante es que sepamos reconocerlo para que rectifiquemos y empecemos de nuevo. Así nuestra vida se desarrolla a base de caer y levantarnos. Somos pecadores pero siempre hay lugar para el arrepentimiento.
Del mismo modo el pecado está presente en el mundo. No tienes más que echar una mirada para ver el egoísmo, la violencia, la mentira, la injusticia… y todo esto hace que seamos infelices. Si sueñas con una nueva humanidad escucha a Dios y conviértete en su pregonero.
Denunciar el pecado no es fácil, porque el mal arremete con fuerza contra los que quieren erradicarlo. Pero piensa bien que si ayudas a tomar conciencia de todo lo que hay que cambiar en este mundo estás contribuyendo a la llegada del Reino de Dios.
¿Cómo no gritar que la violencia o la mentira nos llevan a la ruina? ¿Cómo no advertir que la droga o la promiscuidad sexual conducen a la frustración? El Evangelio nos muestra el camino que de verdad nos puede hacer felices: el amor. Y el amor supone muchas cosas: respeto, compromiso, sacrificio por el otro, gratuidad, rechazo del pecado y también búsqueda de Dios que es el Amor con mayúscula.
Ahora bien corregir a los demás es muy arriesgado porque sería algo así como hacernos jueces. Por eso la mejor manera de proponer una vida intachable es con el testimonio personal. El mismo Jesús nos enseña a quitar primero la viga de nuestro propio ojo. Así que el primer paso es estar alerta a los propios pecados. Así, viviendo una conversión personal podrás proponer una vida limpia.
Y no olvides que Dios condena el pecado porque es la causa de nuestra infelicidad. Pero enseguida está ofreciendo su perdón para que puedas comenzar de nuevo a vivir tu entrega total.

Me prometes que si dos estamos de acuerdo para pedir algo nuestro Padre del Cielo nos lo concederá. Por eso quiero pedirte hoy por todas las cosas necesarias para el mundo y la Iglesia: por la paz, por el fin de la pobreza y del hambre, por el aumento de las vocaciones religiosas y por todas esas intenciones personales que la gente me encomienda. Confío en ti y sé que no quedaré defraudado.

sábado, 27 de agosto de 2011

Acoger o rechazar a Jesús

El hijo del hombre vendrá
en la gloria de su Padre con sus ángeles,
y entonces dará a cada uno según sus obras. (Mt 16,27)

¿Te has preguntado alguna vez porque existe un rechazo en ocasiones hasta violento hacia lo cristiano? Tal vez reflexionar sobre la pasión y la cruz de Cristo te puede ayudar a comprenderlo y a superarlo.
Muchas veces me pregunto por qué puede resultar tan molesto un mensaje de amor y de paz como es el Evangelio. Los que tratamos de seguir a Jesús hemos conocido con Él la plenitud del amor de Dios, la entrega por nosotros, el perdón de nuestros pecados y la promesa de un futuro de felicidad.
Nos ha ilusionado la propuesta de construir su Reino, de estar cerca de los pobres y luchar por transformar este mundo, por hacer que su Amor se haga realidad en la vida de los hombres.
Estas cosas pensamos que serían capaces de ilusionar a todo el mundo y, de pronto, encontramos una oposición, a veces feroz contra este mensaje. ¿Por qué?
Enseguida nos señalan nuestros pecados, que es verdad que los tenemos y nuestras contradicciones, que, sin duda, son muchas. Pero aun así, el mensaje del Evangelio debería despertar respeto e ilusión.
El profeta Jeremías se lamentaba de haberse convertido en oprobio y desprecio todo el día. Porque, al anunciar el camino del amor, los pecados del pueblo quedaban en evidencia.
La propuesta del Reino nos pide una vida intachable y para eso hay que tener la valentía de reconocer los pecados y tratar de superarse cada día. Por eso en ciertos ambientes gusta más el relativismo, que no nos quite nuestra libertad, entendida como hacer lo que quiera. Defender que existe la verdad se considera intolerancia y fanatismo, señalar el camino recto o denunciar el pecado es comprendido como imposición o dogmatismo.
Porque el mensaje es de amor y de paz, pero vivir estos grandes valores de la mano de Jesús supone también renovar la mente y no ajustarse a este mundo con sus contradicciones. No nos extrañe que el mundo siga odiando y persiguiendo un mensaje así. Pero recordemos la promesa de Jesús, “el que pierda su vida por mí, la encontrará”. A fin de cuentas este mundo es pasajero y ha de llegar el día en que el Señor manifieste su gloria. Que nos encuentre entregados a su causa.

En estos días he visto con dolor mucho odio hacia la Iglesia, muchas manipulaciones, muchas mentiras y burlas y me he llenado de tristeza. Pero tú con tus palabras me has dado luz para que comprenda el sentido de todo esto y lo pueda vivir con paz. Mirarte a ti, muerto y resucitado y escuchar tu promesa de gloria me llena de esperanza y me anima a seguir trabajando por difundir tu Evangelio.

viernes, 22 de julio de 2011

El tesoro escondido

"El reino de Dios es semejante
a un tesoro escondido en el campo.
 El que lo encuentra lo esconde
y, lleno de alegría va, vende todo lo que tiene
y compra aquel campo". (Mt 13,44)

En la vida hay que tomar muchas decisiones importantes y esto significa que hay que hacer elecciones. Cuando se elige una cosa normalmente hay que renunciar a otras. Por eso las decisiones importantes siempre conllevan algún sacrificio.
El que tiene la posibilidad de conseguir un puesto de trabajo tiene que renunciar por ello a otras actividades y debe dedicar tiempo a estudiar o a prepararse bien para alcanzar la meta.
El que está enamorado hará toda clase de renuncias y sacrificios por la persona a la que ama.
Si lo que se va a conseguir es algo de mucho valor, un tesoro inmenso, no cabe duda que el sacrificio que se llegará a hacer será también inmenso.
Este tesoro de gran valor está escondido y hay que descubrirlo pero cada vez son más los que dan con él. Y todo el que lo descubre está dispuesto a renunciar a todo: a sus bienes, a sus comodidades y hasta a su vida. Imagínate cuánto vale este tesoro del Reino de los Cielos.
El Reino tiene también un nombre, es una persona: Jesús. Conocerlo a él es encontrar la respuesta a todas las inquietudes y darle un sentido a la vida. Por eso se convierte en el tesoro más valioso que se pueda encontrar.
Reflexiona un poco y verás cuánto recibes al conocer a Jesucristo. Comprenderás la inmensa riqueza que supone tenerlo a él:
Te ha traído el Amor y nada hay más grande en el mundo que el Amor que es lo que nos hace felices de verdad. Te ha amado hasta el extremo de dar su vida por ti. Sólo espera que lo entiendas y correspondas también con tu amor por Él.
Te ha perdonado tus pecados y con su entrega ha ganado méritos para ti. Así que puedes alcanzar la misericordia de Dios, la Resurrección y la vida eterna.
Se hace cercano a ti en los sacramentos para que nunca te falte su Gracia. Es verdad que te propone una vida intachable, sin pecado, colmada de amor y de entrega, pero también se compromete a estar siempre a tu lado para hacerlo realidad.
¿No crees que este tesoro escondido es lo mejor que puedes tener? Por él hay que hacer todo lo que haga falta para alcanzarlo. El que lo encuentra está dispuesto a renunciar a todo.

Conocerte a ti es lo único importante para mí y lo demás no vale nada. Por eso necesito meditar cada día tu evangelio, hablar contigo y poner en tus manos todas mis inquietudes y sentir tu presencia en las cosas cotidianas de mi vida.