sábado, 13 de junio de 2026

ANUNCIO DEL EVANGELIO

 Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis.» (Mt 10,7-8)

Jesús nos anima a la oración. El trabajo que Dios nos pide es superior a nuestras fuerzas. Transformar el mundo no está a nuestro alcance, lo sabemos, hay muchos elementos implicados que no dependen sólo de nuestra buena voluntad.

Por eso constatamos que la mies es mucha y los obreros pocos. Pero esta mies tiene un dueño que escucha lo que le pedimos. Primero no nos dice que nos pongamos manos a la obra sino que miremos al cielo y pidamos al dueño de la mies que envíe obreros. 

Al pedir que envíe obreros tenemos que estar dispuestos también a decir que sí, que estamos dispuestos.

Después envía a los doce y lo primero que hace es comunicarles sus propios poderes: echar demonios y curar enfermos. El anuncio del Reino de Dios no se queda sólo en palabras sino que va acompañado de signos prodigiosos que ratifican el anuncio. Los discípulos no son nada, sólo son pobres hombres sin mucha cultura y sin ningún poder. Pero Jesús les da el poder de sanar y liberar del mal.


Así es como son enviados con el poder de Jesucristo para proclamar que el Reino de los Cielos está cerca, es decir que es Dios quien realmente gobierna este mundo.

Finalmente habla de la gratuidad. Lo que han recibido ha sido gratis, no sólo en el sentido económico, sino que ha sido inmerecido. Del mismo modo hay que llevar esta Buena Noticia con todos sus signos de forma gratuita, sin esperar nada. El premio es sencillamente el hecho mismo de haber sido elegidos y llevar el Evangelio por todas partes. El premio es haber conocido a Jesucristo y poder estar a su servicio.


Alabado seas mi Señor y mi Dios, porque no te quedas indiferente ante los problemas de los pobres sino que respondes a su oración y nos llamas a ponernos a su servicio.

Alabado seas, Señor Jesucristo, que nos has anunciado el Evangelio y nos envías a llevarlo por todo el mundo.

Alabado seas, Espíritu Santo, que actúas a través de cada uno de nosotros para que el Reino de Dios se haga presente en el mundo.


sábado, 6 de junio de 2026

EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. (Jn 6,54)

En estas palabras tenemos la gran promesa de Jesucristo. Deseamos la vida eterna, deseamos la resurrección y él nos las ofrece en esta forma tan sencilla que es la Eucaristía. Aquí comemos su cuerpo y bebemos su sangre y él nos da la vida eterna y la resurrección.

Ahora bien, recibir a Cristo requiere también unas actitudes. No podemos acercarnos a la Eucaristía de cualquier manera. Por eso es tan importante la confesión, que es nuestra forma de mostrar el arrepentimiento de los pecados y el deseo de conversión, y es la forma sacramental de quedar limpios de pecado y estar en gracia de Dios. No es un alimento cualquiera el que vamos a recibir sino a Cristo mismo.


Recordemos que Dios preparó a María como digna morada del Señor redimiéndola ya en su misma concepción inmaculada. Por eso mismo, también a nosotros nos ofrece la remisión de nuestros pecados para que antes de acercarnos a comulgar también preparemos nuestra persona como digna morada de Jesucristo.

Así, tomándonos en serio el acto de comulgar, nos ponemos en el camino de santidad que deseamos. Así, el alimento santo que recibimos nos fortalece, nos prepara para vivir el evangelio y nos pone en el corazón el amor mismo de Cristo para entregarnos a los demás.

No se trata de dejar a nadie fuera de esta invitación. La llamada es para todos. Porque Jesús ha venido a este mundo para sacarnos a todos de las tinieblas del pecado y llevarnos a la luz de la santidad. 


Te adoro, Señor Jesucristo, en este pan consagrado y me asombro de poder contemplarte tan humilde y tan grande a la vez. Bendito seas por siempre. Me acerco a ti y te pido que tú me hagas digno de mirarte y admirarte.


viernes, 29 de mayo de 2026

DIOS AMÓ AL MUNDO

 Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. (Jn 3,17) 

Con mucha facilidad nos dedicamos a veces a juzgar al mundo. Nos quejamos porque el mundo no escucha la voz de Dios, porque por eso no hay paz y el pecado se extiende por todas partes.

Tal vez juzgamos y condenamos, muchas veces sin saber los dramas que se esconden detrás de muchos pecados. Como leemos en el Evangelio, eso no es lo que hace Dios. 


Dios envió a su Hijo pero no para juzgar. Dios conoce el drama que supone el pecado y no puede ser simplemente un juez, porque es sobre todo un padre que ama a sus hijos y como Padre lo que busca es el bien de sus hijos. El mundo ha sido creado por él y por eso no quiere la perdición del mundo sino la salvación. Para eso ha enviado a Cristo, para salvar al mundo. La historia humana se ha convertido en historia de Salvación: Hemos experimentado el pecado y el dolor que supone estar lejos de Dios, hemos conocido a Jesucristo, el Salvador y sabemos que ha pagado el precio de su sangre para salvar al mundo del mal. Finalmente hemos recibido el Espíritu Santo para continuar esta historia de la Salvación hasta que el Señor vuelva.

A lo largo de la historia Dios se ha revelado como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por una parte nos revela su misterio y por otro lado nos hace entender que todo es mucho más de lo que podemos alcanzar a comprender.


Bendito y alabado seas mi Señor y Dios Padre que me has dado el don de la vida y me has concedido estar a tu servicio para conocerte y amarte.

Bendito y alabado seas mi señor y Dios Jesucristo, Hijo único de Dios, que has venido a este mundo y te has acercado a mí para librarme del pecado y acercarme a tu santidad.

Bendito y alabado seas mi Señor y Dios Espíritu Santo que me llenas de la sabiduría y del amor divino para que yo sea testigo, en medio de la gente, de este inmenso don.


viernes, 15 de mayo de 2026

CRISTO GLORIFICADO

Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos. (Mt 28,18-20)

 

La ascensión del Señor no significa que se haya ido y haya desaparecido de nuestra vida, es otra cosa. Significa que se ha consumado su obra con la glorificación por parte de Dios Padre. El cielo se entiende como la morada de Dios y Jesús, como Dios que es, ha subido hasta esa morada.

Jesús les revela a los apóstoles la gloria y el poder que se le ha concedido y les encomienda la misión. Ahora comienza el tiempo de la Iglesia hasta que llegue el final de los tiempos. Por eso no podemos quedarnos mirando al cielo embobados, tenemos algo muy importante que hacer. Mientras aguardamos la segunda venida del Señor tenemos una tarea que cumplir: todo lo que los apóstoles vivieron tiene que ser conocido por toda la humanidad, hay que convertirse en discípulos de Cristo y aprender todo lo que nos ha enseñado, con el convencimiento de que en la enseñanza de Jesucristo y en sus mandamientos está la clave de la vida feliz en este mundo. El evangelio es el camino para la paz tan deseada, pero también nos lleva a la libertad y a la justicia, y sobre todo el amor que es lo que llena de sentido la vida humana.

Aprender no es sólo estudiar el evangelio como si fuera un libro más, es ponernos en contacto con la persona viva de Jesús. Él mismo nos ha dicho que estará con nosotros siempre, todos los días, en cada momento. Esto nos está invitando a sentir su cercanía y dejarnos transformar por él. A través de la oración podemos hablar con él y en el silencio escuchar también lo que nos dice. Porque somos discípulos y él es nuestro maestro, por eso, estamos decididos a aprender todo lo que nos tiene que enseñar.

Con la meditación de su Palabra podemos aprender directamente de él todo lo que espera de nosotros y con los sacramentos nos abrimos a su gracia y recibimos la fuerza sobrenatural que hace posible que vivamos en santidad.

No nos quedemos mirando al cielo, miremos a nuestro mundo y descubramos a tanta gente sedienta de Dios, aunque muchos no sean conscientes de ello. 

 

He sentido tu llamada, Señor, para ponerme en camino y llevar tu mensaje al mundo. Quiero sentir que vienes conmigo todos los días, por eso me postro y te adoro reconociendo que tú eres Dios y yo no soy nada. Proclamo tu alabanza porque no puedo dejar de dar gracias por todo lo que me das y por todo lo que me haces sentir. 

 

 


sábado, 9 de mayo de 2026

AMOR DIVINO

El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

 

La relación de Jesucristo con nosotros está basada en el amor. En esto consiste nuestra religión. Jesucristo nos ha amado y ha dado su vida por nosotros. El Padre nos ha amado y nos ha enviado al Hijo para salvarnos, De ellos nos viene también el Espíritu Santo que es el amor. Todo se resume en el amor. Nos pide que guardemos sus mandamientos, que también son mandamientos de amor: amor a Dios y al prójimo y amor mutuo como Cristo nos ha amado.

Cuando el amor reina entre nosotros, el Espíritu Santo actúa y realiza grandes signos.

Pongamos nuestra mirada en Dios y también en los hermanos, para sentir y vivir el amor divino.

 

Padre, has enviado a tu hijo amado para librarnos del mal, Señor Jesucristo, nos has amado hasta el extremo y nos has llamado amigos, revelándonos
todo el misterio.

Espíritu Santo, nos has llenado del amor de Dios y nos abres la mente para comprender el Evangelio. Yo te adoro y me postro ante ti.

 


sábado, 2 de mayo de 2026

CAMINO, VERDAD Y VIDA

 En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre. (Jn 14,12)

Hay muchas cosas que turban nuestro corazón, no lo voy a negar. Yo también estoy preocupado por todo lo que está pasando no sólo en el mundo sino en mí mismo. 

Jesús siempre nos llama a no tener miedo, él está con nosotros y sabe muy bien lo que nos tiene preparado. 

Nuestro Señor está vivo y nos precede para que alcancemos su propia gloria.

Él es el camino, la verdad y la vida. Vamos a acercarnos de nuevo a su persona para seguir sus pasos. Sin miedo ni turbación. Si él fue rechazado también nos tocará vivir el rechazo, si se burlaron de él también tendremos que saber aceptar la burla o la humillación. Pero no podemos elegir otro camino porque él es el camino.


El camino de santidad que nos propone es muy exigente. No basta con ser buenas personas, no basta con no hacer daño a los demás. Esto está bien, pero Jesucristo nos propone entrar en el camino que es él. Éste es un camino de obediencia a Dios Padre, de estar en comunión, es decir de estar unidos fuertemente a él. Por eso necesitamos la oración y los sacramentos, además de ser buenos y luchar con el pecado.

Es un camino de compromiso verdadero por el amor, la paz y la verdad, que nos puede costar muchos problemas. Por esto mismo no nos conformamos con no hacer daño sino que nos sentimos llamados a cambiar el mundo y a enfrentarnos a las fuerzas del mal.

Frente a la mentira y la cultura de la muerte tenemos un compromiso con la verdad y la vida. Estamos llamados a construir un mundo de hermanos.

Frente al materialismo y al olvido de Dios tenemos un compromiso de vida espiritual y de oración auténtica que nos mueve a la alabanza y a la adoración, porque sin él no podemos hacer nada. Pero si creemos en él haremos también obras grandes: las obras que él hace.

Que no se turbe nuestro corazón porque Jesús está con nosotros y nos espera la Resurrección y la gloria junto a él.


Te alabo mi Señor porque tú eres grande y has mostrado tu poder y tu grandeza haciéndote pequeño y obediente. Te adoro, Señor Jesucristo, porque sólo tú eres Santo y fuente de toda santidad y perfección. Tú eres el camino y necesito seguirte, tú eres la verdad y necesito conocerte y tú eres la vida y te necesito para vivir en plenitud. Bendito seas, mi Señor.


viernes, 24 de abril de 2026

LA PUERTA DEL REDIL

 En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. (Jn 10,7-9)


Jesucristo es la puerta, y nos dice que es necesario entrar por él para salvarse y encontrar pastos.

Si lo que yo busco en la vida es dinero, bienestar o reconocimiento no estoy entrando por la puerta. No seré el pastor del rebaño sino más bien salteador y bandido.

Por eso, yo entiendo que entrar por la puerta es tener a Jesús como el maestro de quien tengo que aprender qué hacer en la vida. Por eso haré del estudio de mi Señor el principal trabajo al que tengo que dedicar mi tiempo.

El Señor ha elegido la pobreza y la humildad para darse a conocer al mundo. Ha venido enviado por Dios y ha obedecido al Padre en todo momento, aunque esta obediencia le ha llevado al sufrimiento y a la entrega total de la vida. Ha querido sanarnos con sus heridas.

Cada día voy descubriendo más profundamente el amor de Jesucristo, muchas veces me sorprendo de haber descubierto algo nuevo, una nueva llamada o un nuevo consuelo de su parte.


Esta es la puerta por la que tengo que entrar para cumplir mi tarea. Yo también quiero buscar al pastor y guardián de nuestras almas.

Si mi trabajo es conocer a Jesucristo, también será mi tarea ir despojándome de todo lo que me estorba para estar cerca de él, abrazar con él la cruz de cada día y no tener miedo al sufrimiento o a la humillación, y dar mi vida por todos aquellos a los que Dios me ha enviado, por los pobres y por todos los que sufren. Así seré una imagen del Pastor de las ovejas. Así responderé de verdad a mi vocación.


Buen Pastor que has dado la vida por mí y has querido que yo sea una imagen tuya, eres Pastor y guardián que no has querido dejarme perdido; siento que tengo que seguir tus pasos, imitar tu bondad y tu entrega. 


viernes, 17 de abril de 2026

CAMINANDO CON EL RESUCITADO

 Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. (Lc 24,30-31)

La experiencia de estos dos discípulos que van de camino es una catequesis sobre la Eucaristía.

Yo veo tres frases que pueden ayudarnos a hacer también nosotros este camino de los discípulos y vivir su misma experiencia durante la celebración de la misa.

Nosotros esperábamos que él sería el liberador de Israel. Los discípulos habían puesto unas expectativas humanas, lo que esperaban estaba ya equivocado de raíz. Ciertamente que Jesús es el salvador pero no de la forma que ellos creían. 

¿No era necesario que el Mesías padeciera para entrar en su gloria? El segundo paso es caminar con Jesús y escuchar cómo explica el sentido de las escrituras. La Palabra de Dios no se puede leer con una mirada interesada, porque le hacemos decir lo que nos gusta más y no lo que realmente está diciendo.


Esto es lo que hace Jesús por el camino. Les explica el verdadero sentido de la Palabra, y es mucho más duro de lo que creían según sus expectativas. El Mesías tenía que padecer y lo habían anunciado los profetas. Pero la explicación de las Escrituras les hace arder el corazón.  Porque la cruz será el camino para la Resurrección y la Vida.

El momento culminante será cuando lo reconozcan al partir el pan.

Era verdad, ha resucitado el Señor. Los dos discípulos se pueden unir a este canto de la comunidad. Ahora han transformado sus expectativas en verdadera esperanza.

La Eucaristía nos permite hacer este mismo camino. Venimos con nuestras expectativas frustradas porque no podemos entender el sufrimiento de la vida, la sequedad en la oración, el vacío que sentimos. Vemos que la guerra no termina, que sigue el mal por todas partes, que los enfermos no sanan, que no se encuentra un buen trabajo... No se han cumplido nuestras esperanzas en el Dios del amor y la paz. 

Jesucristo camina con nosotros. Hemos proclamado la Palabra y la voz de Dios ha resonado en nuestra Iglesia, el mismo Cristo nos ha hablado y sus palabras nos van dando luz. Nuestro corazón arde en verdadera esperanza.

Finalmente ha partido el pan para nosotros. Hemos abierto los ojos y lo hemos contemplado a él mismo en el pan Eucarístico. Con este alimento sentimos ánimo para seguir afrontando la vida con sus contrariedades. Nos da verdadera esperanza en el futuro y cantamos con fe unidos a toda la Iglesia que Cristo ha resucitado y está vivo.


Sé que tú estás vivo y me has enseñado a dar la vida generosamente. Me pongo en tus manos. Sigue enseñándome el sentido de tu Palabra y quédate conmigo para siempre.


viernes, 3 de abril de 2026

¡ALELUYA!

 Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. (Jn 20,8)


La muerte y la resurrección del Señor nos muestran una batalla que se ha establecido entre la vida y la muerte. Así lo hemos cantado en la secuencia de Pascua. La muerte de Cristo en la cruz nos muestra al que es la vida muriendo por todos. La apariencia es de una derrota, ha muerto el que es la vida. Pero en esta batalla el triunfo es de Dios, porque no podía ser de otro modo. Dios siempre será el vencedor. 

Cristo en la cruz ha destruido el pecado. Nuestro hombre viejo ha sido crucificado con él para que ahora resucitemos con él a una nueva vida.

Hoy nos alegramos con la noticia del sepulcro vacío. Jesucristo no está en el sepulcro, la muerte no ha podido con él. Muerto el que es la vida triunfante se levanta.


La noticia de la resurrección nos devuelve la alegría y la confianza en Dios, en medio de los signos de muerte que reinan en el mundo. Tenemos una razón para luchar y sacrificarnos por el Reino de Dios, porque Cristo ya no está en el sepulcro, está lleno de gloria y tiene todo el poder.

Miremos todos los signos de vida que tenemos a nuestro alrededor para darnos cuenta de que la muerte no tiene la última palabra. Podremos ver que es mucho más fuerte el amor, que la fuerza de la Resurrección de Cristo ha tocado el corazón de muchas personas, que ciertamente es muy grande el poder de la oración, que la fraternidad es una semilla que crece y se extiende. Verdaderamente Cristo ha resucitado y la fuerza de su vida se va impregnando en medio del mundo.

La guerra no va a ser la que imponga el futuro del mundo porque pertenece al reino del mal; el racismo o el rechazo a los demás no pueden marcar el ritmo de nuestros pasos; la pobreza o  la enfermedad no van a persistir contra la vida. No puede ser así porque en esta batalla entre la vida y la muerte ha sido Cristo, que es la vida quien se ha levantado triunfante y él es invencible.

Por eso, como nos dice Pablo, busquemos los bienes de arriba para alcanzar la gloria que nos ha preparado.


Gloria a ti, Señor Jesús, resucitado de entre los muertos. Gloria a ti que nos has liberado del pecado y nos has alcanzado la vida eterna. Gloria a ti, Señor por siempre. Aleluya.


martes, 24 de marzo de 2026

LA PASIÓN GLORIOSA

 Desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo. (Mt 26,64)


El relato de la pasión del Señor es muy sorprendente. Aunque, en apariencia, estamos ante una historia de dolor, desprecio y hasta de fracaso, en realidad, se está mostrando la gloria de Jesucristo.

Vemos que todos estos acontecimientos están dando cumplimiento a las profecías y a los salmos. Por eso, sabemos que con estos hechos se está llevando a cabo la salvación de toda la humanidad. Es el amor que vence al odio, la vida que vence a la muerte, la santidad que destruye el pecado.

Jesucristo aparece aceptando la voluntad del Padre, que es la salvación del mundo. Pero también anuncia a sus discípulos la Resurrección y la llegada del Reino de Dios junto con su gloria: sentado a la derecha del Todopoderoso.

La contemplación de la Pasión de Jesús nos tiene que mover al agradecimiento y a la alabanza. Es el anuncio de un amor tan grande que está dispuesto a dar la vida por nosotros. No es un reproche a nuestros pecados sino una vivencia profunda de la misericordia que nos tiene que motivar a no volver a pecar.


Tú, Jesús eres Señor para gloria de Dios Padre. Ante ti doblo la rodilla, ante ti me humillo y proclamo tu alabanza. 

Te adoramos Cristo y te bendecimos porque con tu cruz has redimido al mundo.


sábado, 21 de marzo de 2026

LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA


 Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.» (Jn 11,27)


A menudo nuestra fe se pone a prueba, y yo reconozco que me resulta muy difícil mantener esta llama encendida. Veo mucho dolor a mi alrededor, veo muchas injusticias, me desconcierta el sufrimiento de los inocentes. Tengo la experiencia de orar con fe por muchas personas y por muchas situaciones y no parece que haya una respuesta de Dios. Por eso mismo me cuesta mucho esperar que todo vaya a cambiar y que los problemas vayan a encontrar una solución. Me siento como los israelitas que se sentían como muertos con los huesos secos.

Pero, de nuevo, la Palabra de Dios viene a tocar mi corazón. Viene a insistir en el poder tan grande del Señor: Él lo dice y lo hace.

Cuando todo está perdido, porque Lázaro lleva ya cuatro días enterrado, Jesús pide un acto de fe. El que cree verá la gloria de Dios.

Marta proclama que cree en Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo. El Señor le hará ver su gloria resucitando a Lázaro. Porque Él es la Resurrección y la vida.


Yo estoy también muerto en mi interior por no saber confiar en el poder del Señor. Pero el Espíritu Santo ha venido a dar vida a este cuerpo mortal. El poder del Espíritu también ha resucitado y ha sacado del sepulcro a este Lázaro que había dentro de mí como unos huesos secos y le ha devuelto el ser. Me vuelve a llenar de vida y me ha hecho orar con fe, sanar mi corazón, proclamar la gloria de Dios y comprometer mi vida para cambiar este mundo con la fuerza del Evangelio.


Yo estaba muerto por el pecado pero el Espíritu Santo me ha devuelto la vida, por eso no puedo dejar de alabarte y adorarte. Porque cuando todo parecía perdido, tú me hiciste volver a confiar en ti y me llamaste a trabajar por tu Reino. Bendito seas mi Señor y mi Dios, que das la vida a los muertos.



viernes, 13 de marzo de 2026

LA LUZ VENCEDORA

 Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él. (Jn 9,35-38)

Cristo es la luz del mundo y nos ha llenado de esa luz para que vivamos la vida como hijos de la luz. San Pablo anima a los fieles a vivir con las armas de la luz: la justicia, la verdad, el amor… así es como se destruyen las tinieblas de la mentira o de la injusticia, del odio o la violencia. Es el bien que vence al mal.

Veamos cómo el evangelio nos presenta a Cristo como la luz del mundo.

El ciego de nacimiento nunca ha visto la luz, está en las tinieblas desde siempre. Los mismos discípulos del Señor consideran que esto es fruto del pecado, pero Jesús va a demostrar que él es la luz del mundo y mostrará la obra de Dios. Esto es lo que anuncia cuando le devuelve la vista al ciego. Pero en este momento empieza la batalla.

Están los que rechazan a Jesús, son los hijos de las tinieblas: la luz brilla en las tinieblas pero las tinieblas no la recibieron, decía el prólogo del evangelio de Juan. Como vemos los fariseos no están dispuestos a aceptar a Jesús aunque hayan visto un milagro.

Pero el ciego de nacimiento va siendo iluminado de forma gradual: primero ve a Jesús como un hombre que le ha devuelto la vista, después cree que es un profeta, que viene de Dios y finalmente ante la pregunta de Jesús se postra ante él y le dice que cree en él.

Frente a los verdaderos ciegos, que se creen que ven y persisten en su pecado, el ciego de nacimiento ha recibido la luz plenamente porque ha reconocido a Jesucristo como el Salvador: el Hijo del Hombre.


Pienso en todas las dudas, en la oscuridad que cada uno podríamos estar viviendo ante los problemas del mundo, de la iglesia o de cada uno personalmente. Ciertamente hay mucho mal, muchas injusticias, mucha mentira y violencia, mucho desamor… 

San Pablo dice: despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz. 

Yo pienso que estas palabras son una llamada a la acción. Estar dormido es estar esperando pasivamente que todos los problemas se solucionen y terminen por su cuenta y hay que despertarse. Incluso dice: levántate de entre los muertos; porque cuando estamos en esta pasividad estamos como los muertos, que ya no hacen nada ni cambian nada. 

Ante esta llamada lo que vemos es que no podemos cambiar las cosas. La guerra sigue adelante y yo no puedo convencer a unos y otros para que la paren, las divisiones de la Iglesia no dependen de mí y no soy nadie para frenarlas, mis propios pecados, mis propios problemas me superan también y me ponen ante mi fracaso personal. Estoy en las tinieblas.

Pero Pablo dice: Cristo será tu luz. No soy yo, es Cristo quien me llena de luz, es Cristo quien ilumina el mundo. Nos pide que creamos en él: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?

Es la pregunta de hoy para cada uno de nosotros. En medio de tantas tinieblas, en medio de tu propia incapacidad y de tus fracasos… ¿Crees en Jesucristo? 

Miremos al ciego sanado del evangelio. Sus padres no lo defendieron, los judíos lo expulsaron de la sinagoga y tiene delante a Jesucristo preguntándole si cree en él. Y frente a todo lo negativo que estaba viviendo encontró la luz y se postró y dijo: Creo Señor.

La luz será también uno de los signos llamativos en la noche de Pascua. Cantaremos ante el cirio que ilumina el templo a oscuras. Reconoceremos a Cristo resucitado como la luz que vence a las tinieblas.

Tal vez los hechos nos lo ponen muy difícil, pero ahí está la fuerza de la fe. 


Tú eres mi luz y así también mi esperanza, Señor. Cuando estoy cerca de ti y tu Palabra me instruye no tengo miedo ya. Nada me inquieta porque sé que he confiado en ti y tú no me fallas nunca. Por eso mi boca canta tu alabanza por siempre.


viernes, 6 de marzo de 2026

AGUA VIVA

 El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. (Jn 4,13-14)

La sed representa todas las cosas que necesitamos, sobre todo las grandes causas. Necesitamos la paz en este mundo convulso, lleno de violencia y de injusticias. En estos días todos estamos con la respiración contenida ante la guerra que nos va a traer consecuencias terribles, y que está causando mucho sufrimiento a los inocentes. La paz es la sed que tenemos.

Tenemos sed de vida: la muerte, la enfermedad, son también situaciones que nos hacen sufrir. Tenemos sed de vida. Queremos vivir y no sufrir. La vida y la salud son también la sed que tenemos.

Tenemos sed de santidad: el pecado del mundo y nuestros propios pecados nos enfrentan a nuestra miseria personal, vemos lo poco que somos y lo fácilmente que caemos en el mal y lo difícil que nos resulta comprometernos con el bien. La santidad es también la sed profunda que tenemos.

Podemos pensar también en otras inquietudes profundas: la verdad, el amor, la alegría y la felicidad. Nuestra sed es muy profunda y el agua normal no puede saciarla. Pero Jesús nos ofrece el agua viva, el agua que brota dentro de nosotros mismos y nos lleva a la vida eterna. Esta agua nos sacia definitivamente y ya no volvemos a tener sed.



Conocer a Jesucristo es alcanzar el agua viva. Su persona y su mensaje nos van llenando el corazón de vida y de fe.

Jesús le ofrece a la Samaritana el agua viva. Cuando ella ha conocido a Jesús como el Mesías se deja el cántaro, porque ya no lo necesita. El agua viva es él mismo. Es el evangelio. 

¿Es esto verdad? Tal vez podemos sentirnos defraudados de Dios, porque nuestra fe no va a parar la guerra ni va a terminar con el hambre del mundo. ¿Está o no está el Señor con nosotros? Ésta era la pregunta que se hacían los israelitas en el desierto y creo que sigue en nuestro interior. Las palabras del Evangelio nos dan ánimo pero la realidad se impone y no vemos un cambio como nos gustaría.

Pablo predicó también el Evangelio y animó a los creyentes en tiempos muy difíciles, cuando se enfrentaban a la cárcel y al martirio. Pero, en medio de todas estas pruebas, creyeron y su fe fue para ellos agua viva que brotó desde dentro y los llevó a la vida eterna. Fue la esperanza que no defrauda. Su fe los comprometió a vivir desde Jesucristo, a poner en el mundo la semilla del amor fraterno y llevar la luz en medio de las tinieblas.

Sí, Jesucristo es el agua viva y quien la bebe no vuelve a tener sed.


Tú calmas mi sed, Señor. Me haces comprometerme en la transformación del mundo viviendo el amor, me das la esperanza en la vida eterna y me limpias los pecados para devolverme la santidad original. Bendito seas por siempre.


viernes, 27 de febrero de 2026

TRANSFIGURACIÓN

 Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. (Mt 17,2)


Jesucristo oraba con frecuencia, se retiraba y pasaba largas horas orando. Él es el envíado del Padre y tiene que estar en un contacto permanente con él, para contrastar su ministerio. No ha venido por su cuenta sino que tiene que llevar a cabo un encargo, que es la salvación de la humanidad herida por el pecado. La salvación vendrá por su entrega total por amor.

La oración de Jesús es un modelo de lo que es también la oración cristiana. Cuando Jesús ora, el cielo viene a estar en la tierra, el Padre está presente escuchando y hasta los santos están ante él.

En aquel monte los tres discípulos elegidos tuvieron el privilegio de contemplar la grandeza de la oración. Jesús se mostró ante ellos con toda su divinidad, con toda su santidad. Ellos vieron con sus ojos a Moisés y Elías y oyeron la voz del Padre. Esto será algo que guardarán para siempre en su memoria, no podrán olvidarlo; así cuando oran saben todo lo que está sucediendo.

Después vendrá de nuevo la realidad, tendrán que afrontar la pasión y la muerte y quedarán confundidos. Pero Jesús resucitará de entre los muertos y dará comienzo el Evangelio que se extendió por todo el mundo.


Contemplemos hoy a Jesucristo transfigurado. Lo podemos ver en la Eucaristía, hecho pan para nosotros. Lo podemos admirar. El cielo se ha hecho realidad ante nuestros ojos, los santos están acompañando nuestro camino, el Padre nos habla y nos llama a escuchar a Cristo. Nuestra oración personal y comunitaria, nuestra alabanza constante es cada día una experiencia de transfiguración.


Señor Jesucristo, Hijo amado del Padre, tú eres Dios y eres digno de alabanza y honor. He escuchado tu llamada y lo que me pides me supera, pero confío en ti. Por tu gracia caminaré cada día para llegar a ser santo como tú y purificarme por el amor.