Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. (Lc 24,30-31)
La experiencia de estos dos discípulos que van de camino es una catequesis sobre la Eucaristía.
Yo veo tres frases que pueden ayudarnos a hacer también nosotros este camino de los discípulos y vivir su misma experiencia durante la celebración de la misa.
Nosotros esperábamos que él sería el liberador de Israel. Los discípulos habían puesto unas expectativas humanas, lo que esperaban estaba ya equivocado de raíz. Ciertamente que Jesús es el salvador pero no de la forma que ellos creían.
¿No era necesario que el Mesías padeciera para entrar en su gloria? El segundo paso es caminar con Jesús y escuchar cómo explica el sentido de las escrituras. La Palabra de Dios no se puede leer con una mirada interesada, porque le hacemos decir lo que nos gusta más y no lo que realmente está diciendo.
Esto es lo que hace Jesús por el camino. Les explica el verdadero sentido de la Palabra, y es mucho más duro de lo que creían según sus expectativas. El Mesías tenía que padecer y lo habían anunciado los profetas. Pero la explicación de las Escrituras les hace arder el corazón. Porque la cruz será el camino para la Resurrección y la Vida.
El momento culminante será cuando lo reconozcan al partir el pan.
Era verdad, ha resucitado el Señor. Los dos discípulos se pueden unir a este canto de la comunidad. Ahora han transformado sus expectativas en verdadera esperanza.
La Eucaristía nos permite hacer este mismo camino. Venimos con nuestras expectativas frustradas porque no podemos entender el sufrimiento de la vida, la sequedad en la oración, el vacío que sentimos. Vemos que la guerra no termina, que sigue el mal por todas partes, que los enfermos no sanan, que no se encuentra un buen trabajo... No se han cumplido nuestras esperanzas en el Dios del amor y la paz.
Jesucristo camina con nosotros. Hemos proclamado la Palabra y la voz de Dios ha resonado en nuestra Iglesia, el mismo Cristo nos ha hablado y sus palabras nos van dando luz. Nuestro corazón arde en verdadera esperanza.
Finalmente ha partido el pan para nosotros. Hemos abierto los ojos y lo hemos contemplado a él mismo en el pan Eucarístico. Con este alimento sentimos ánimo para seguir afrontando la vida con sus contrariedades. Nos da verdadera esperanza en el futuro y cantamos con fe unidos a toda la Iglesia que Cristo ha resucitado y está vivo.
Sé que tú estás vivo y me has enseñado a dar la vida generosamente. Me pongo en tus manos. Sigue enseñándome el sentido de tu Palabra y quédate conmigo para siempre.

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