El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. (Jn 6,54)
En estas palabras tenemos la gran promesa de Jesucristo. Deseamos la vida eterna, deseamos la resurrección y él nos las ofrece en esta forma tan sencilla que es la Eucaristía. Aquí comemos su cuerpo y bebemos su sangre y él nos da la vida eterna y la resurrección.
Ahora bien, recibir a Cristo requiere también unas actitudes. No podemos acercarnos a la Eucaristía de cualquier manera. Por eso es tan importante la confesión, que es nuestra forma de mostrar el arrepentimiento de los pecados y el deseo de conversión, y es la forma sacramental de quedar limpios de pecado y estar en gracia de Dios. No es un alimento cualquiera el que vamos a recibir sino a Cristo mismo.
Recordemos que Dios preparó a María como digna morada del Señor redimiéndola ya en su misma concepción inmaculada. Por eso mismo, también a nosotros nos ofrece la remisión de nuestros pecados para que antes de acercarnos a comulgar también preparemos nuestra persona como digna morada de Jesucristo.
Así, tomándonos en serio el acto de comulgar, nos ponemos en el camino de santidad que deseamos. Así, el alimento santo que recibimos nos fortalece, nos prepara para vivir el evangelio y nos pone en el corazón el amor mismo de Cristo para entregarnos a los demás.
No se trata de dejar a nadie fuera de esta invitación. La llamada es para todos. Porque Jesús ha venido a este mundo para sacarnos a todos de las tinieblas del pecado y llevarnos a la luz de la santidad.
Te adoro, Señor Jesucristo, en este pan consagrado y me asombro de poder contemplarte tan humilde y tan grande a la vez. Bendito seas por siempre. Me acerco a ti y te pido que tú me hagas digno de mirarte y admirarte.






