El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. (Mt 13,44)
El encuentro con Jesucristo es el descubrimiento de un tesoro incomparable. El que lo encuentra lo vende todo lleno de alegría porque ya no quiere otra cosa que ese tesoro.
Me llama la atención la alegría con la que vende todo lo que tiene. La alegría está mirando al tesoro que va a poseer, no se fija ya en lo que tiene que dejar atrás. Todo lo demás, comparado con el tesoro escondido ya carece de valor.
El tesoro escondido es Jesucristo, porque el Reino de Dios es el mismo Jesús. El que lo encuentra y descubre la inmensa riqueza que hay en él ya no valora las demás cosas. Pablo llegó a decir que todo le parecía basura comparado con el conocimiento de Cristo Jesús.
Si no soy capaz todavía de desprenderme de cosas secundarias, si siento tristeza al dejar atrás esas cosas, será porque no he encontrado todavía el tesoro escondido.
Así que tengo que pararme a pensar cómo descubrir este tesoro por el que merece la pena venderlo todo. Tengo que hacer un esfuerzo en esta búsqueda.
Las seguridades materiales son también caducas, las alegrías temporales empiezan y terminan. Pero Jesucristo me aporta una seguridad para siempre, una alegría eterna. ¿Es esto cierto?
Al detenerme en el Evangelio voy descubriendo un sentido verdadero para mi vida. Pongo la mirada en Dios que es Padre y en Jesucristo que da su vida para llevarnos a su Reino. Siento el gran poder del amor para transformar el mundo y descubro la grandeza de hacerse pequeño y pobre. Es verdad que las grandezas y los placeres de este mundo no pueden llenar mi corazón, pero Jesucristo sí le da un sentido a mi vida.
Además llegará el tiempo final, cuando Dios mismo separará a los buenos de los malos, es decir, a los que han hecho el bien y han amado a los demás frente a los que hicieron el mal y causaron sufrimiento a sus hermanos.
Como Salomón te pido también un corazón dócil para poder guiar a tu Pueblo como tú quieres. Libérame de todo egoísmo y ambición y lléname de la santa alegría de haberte encontrado.






