«Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.» (Mt 21,31-32)
Seguimos con las palabras provocadoras de Jesús. Con una parábola muy sencilla hace ver que lo que importa no son las apariencias sino los hechos. El hijo educado no ha hecho lo que el padre quería mientras que, el que dijo no, sí lo hizo, porque recapacitó, se arrepintió.
Para los que pensaban que eran puros y santos esto es una llamada de atención. No basta con quedar bien y dar buena imagen, cumpliendo ritos y tradiciones, sino que hay que hacer de verdad la voluntad de Dios.
Ya los profetas habían anunciado que el culto verdadero no son los ritos sino el amor al prójimo, la compasión por el pobre, la justicia, la verdad.
Cuando miramos con sinceridad nuestra vida descubrimos que no está todo limpio en nosotros. Seamos sinceros. Todavía nos falta mucha fe, mucho amor a Dios y mucho amor al prójimo. Todavía tenemos muchas ambiciones y mucho materialismo. En esto cada uno puede mirar a su interior y comprobarlo.
Pero, no hay que desanimarse, siempre hay una posibilidad de conversión. Cuando reconocemos que hemos caído tenemos la oportunidad de levantarnos de nuevo.
El hijo que dijo que no iba recapacitó, se arrepintió, y fue. Los publicanos y las prostitutas sintieron fuerte la llamada a la santidad que hacía Juan Bautista. Estaban alejados de Dios y de sus mandamientos pero, por las palabras de Juan, se arrepintieron.
En mi vida he tenido la posibilidad de conocer a personas que han sentido una fuerte llamada a la conversión y esto me ha hecho recapacitar y darle gloria a Dios porque no deja de buscar al pecador para salvarlo.
Yo también tengo la oportunidad de arrepentirme, de ver todo lo que hay malo en mí para sanarlo y pedir perdón y emprender una vez más la vida siguiendo a mi Maestro y Señor Jesucristo. Cada día hay una llamada a la conversión, porque siempre hay algo más que sanar.
La Iglesia nos ofrece la oportunidad de volver a empezar con el sacramento de la penitencia. No desaprovechemos esta oportunidad. Es todo un don de Dios sentir que los pecados han quedado perdonados y que se nos ha devuelto la santidad primera. Y, como todo sacramento, nos concede también la gracia para fortalecernos y seguir luchando contra el pecado.
Bendito seas, Señor, por tu misericordia conmigo. Tú has sanado mi alma de los pecados y me has llenado de tu luz. Siento tu llamada y quiero buscar siempre tu voluntad para que toda mi vida sea una alabanza.






