Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». (Mt 5,11-12)
Al hablar de las Bienaventuranzas tengo el temor de no comunicar toda la profundidad de su mensaje. Casi sería preferible leerlas despacio y dejar espacio para meditarlas. No es posible hacer una explicación detallada de todas. Pero es impresionante lo que transmiten.
En las Bienaventuranzas encontramos una meta a la que aspirar si somos de verdad discípulos de Jesucristo. Los mandamientos nos proponen el mínimo para vivir una vida plena con el favor de Dios, pero las Bienaventuranzas nos llaman a una vida de verdadera santidad y perfección. Al meditar su mensaje nos damos cuenta de lo lejos que estamos todavía de vivir así pero, a la vez, sentimos el deseo de hacerlas realidad. Ante esta propuesta de Jesús vemos que estamos siempre en pecado y necesitamos la conversión cada día.
El que medita despacio las Bienaventuranzas se queda inquieto; no se siente satisfecho porque no mata ni roba, o porque no ha cometido pecados graves. El que siente esta llamada descubre que su vida está siempre muy alejada de la santidad y la perfección del Señor, porque la propuesta de las Bienaventuranzas supone reproducir cada día la vida y los sentimientos del mismo Jesucristo: su pobreza y humildad, su entrega total a los demás, su misericordia, su lucha por la paz, su capacidad de soportar el rechazo y la persecución… Y evidentemente estamos siempre muy alejados de este ideal aunque nos esforzamos en avanzar por este camino.
Viendo los testimonios que tenemos en las cartas de Pablo y en los Hechos de los Apóstoles podemos descubrir que las comunidades cristianas eran irrelevantes en aquella sociedad pero también que aquel estilo de vida iba transformando el mundo poco a poco, porque en aquellas comunidades pequeñas y llenas de imperfecciones estaba actuando el Espíritu del Señor.
Por eso, aunque no tenemos poder ni influencia en la sociedad, podemos sentirnos alentados a llevar a nuestra vida este ideal de perfección y confiar en la acción de la gracia con nosotros: vivamos la pobreza, la mansedumbre, la lucha por la paz y la justicia, la misericordia…
Señor Jesucristo, me has enriquecido con tu pobreza, has tenido misericordia conmigo, me has llenado de paz y de justicia. Tú me has hecho bienaventurado con tu venida, estando siempre conmigo. Sé mi luz y mi guía para que yo pueda reproducir en mi ser todo lo que tú eres.






