viernes, 30 de enero de 2026

BIENAVENTURADOS

 Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». (Mt 5,11-12)

Al hablar de las Bienaventuranzas tengo el temor de no comunicar toda la profundidad de su mensaje. Casi sería preferible leerlas despacio y dejar espacio para meditarlas. No es posible hacer una explicación detallada de todas. Pero es impresionante lo que transmiten.

En las Bienaventuranzas encontramos una meta a la que aspirar si somos de verdad discípulos de Jesucristo. Los mandamientos nos proponen el mínimo para vivir una vida plena con el favor de Dios, pero las Bienaventuranzas nos llaman a una vida de verdadera santidad y perfección. Al meditar su mensaje nos damos cuenta de lo lejos que estamos todavía de vivir así pero, a la vez, sentimos el deseo de hacerlas realidad. Ante esta propuesta de Jesús vemos que estamos siempre en pecado y necesitamos la conversión cada día.


El que medita despacio las Bienaventuranzas se queda inquieto; no se siente satisfecho porque no mata ni roba, o porque no ha cometido pecados graves. El que siente esta llamada descubre que su vida está siempre muy alejada de la santidad y la perfección del Señor, porque la propuesta de las Bienaventuranzas supone reproducir cada día la vida y los sentimientos del mismo Jesucristo: su pobreza y humildad, su entrega total a los demás, su misericordia, su lucha por la paz, su capacidad de soportar el rechazo y la persecución… Y evidentemente estamos siempre muy alejados de este ideal aunque nos esforzamos en avanzar por este camino.

Viendo los testimonios que tenemos en las cartas de Pablo y en los Hechos de los Apóstoles podemos descubrir que las comunidades cristianas eran irrelevantes en aquella sociedad pero también que aquel estilo de vida iba transformando el mundo poco a poco, porque en aquellas comunidades pequeñas y llenas de imperfecciones estaba actuando el Espíritu del Señor.

Por eso, aunque no tenemos poder ni influencia en la sociedad, podemos sentirnos alentados a llevar a nuestra vida este ideal de perfección y confiar en la acción de la gracia con nosotros: vivamos la pobreza, la mansedumbre, la lucha por la paz y la justicia, la misericordia… 


Señor Jesucristo, me has enriquecido con tu pobreza, has tenido misericordia conmigo, me has llenado de paz y de justicia. Tú me has hecho bienaventurado con tu venida, estando siempre conmigo. Sé mi luz y mi guía para que yo pueda reproducir en mi ser todo lo que tú eres.


sábado, 24 de enero de 2026

PESCADORES DE HOMBRES

 

Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. (Mt 4,18-20)

Como vemos en este relato, Jesús empieza su ministerio en la periferia. Allí es donde comienza a llamar a la Conversión y a anunciar el Reino de los Cielos. Es llamada Galilea de los gentiles, porque van gentes de todas partes, también de otros países. Por eso, el Señor comienza a proclamar allí la Buena Noticia para que llegue a las gentes de todas partes. Galilea es un lugar donde la gente que vive no es gente relevante: son los pobres, los extranjeros, los trabajadores, los sencillos. Entre ellos empieza a elegir a los que serán sus apóstoles. Los llama para que sean pescadores de hombres.

Es interesante reflexionar sobre el significado de esta expresión: pescadores de hombres. Jesús empieza llamando a pescadores y los invita a cambiar de tarea. En lugar de sacar a los peces del mar ahora los va a preparar para sacar a los hombres del pecado y llevarlos a Dios.

La llamada de Jesús es muy poderosa, ellos no pudieron resistirse, lo dejaron todo para seguirlo.

También nosotros somos llamados por el Señor para seguir con esta tarea de llevar a los hombres  a Dios. Es bueno que veamos el estilo de nuestro Maestro y actuemos como él, saliendo las periferias, al pueblo que está en tinieblas para llevarle la luz. Nuestras periferias pueden ser las cárceles o los hospitales, los pobres que están en nuestras calles y también todos los que tienen que luchar día tras día en medio de muchas dificultades. A todas estas personas que viven en tinieblas hay que llevarles la luz grande del Evangelio.


Esta luz que trae el Señor es también una llamada a la conversión. Para recibir el Reino de los Cielos hay que cambiar la mente, hace falta dejar el pecado y abrirse a la vida nueva del Evangelio y estar decididos a acoger la Palabra de Dios que nos cambia la vida.

La conversión supone dejar atrás las actividades de las tinieblas: la mentira, la violencia, el egoísmo… y buscar las obras de la luz: el amor, la verdad, la paz, la justicia, el perdón…

Así viene a nosotros el Reino de los cielos. 

La llamada de Jesús es para todos, cada uno en su lugar, con su vocación particular: en su familia, en su trabajo, en sus estudios. Unos serán sacerdotes o religiosos y otros formarán una familia pero todos estamos llamados a seguir al Señor para ser pescadores de hombres.

Aquellos primeros discípulos lo dejaron todo y lo siguieron.


He sentido tu llamada y he dicho sí. No me has llevado por un camino fácil pero siempre has estado conmigo. No he sido un discípulo ejemplar pero tú has sido paciente y comprensivo y no has dejado de llamarme a la conversión. Tu Palabra es luz para este mundo y es un regalo poder ser tu mensajero. Gracias por traer esta esperanza a la humanidad.


sábado, 17 de enero de 2026

EL CORDERO DE DIOS

«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. (Jn 1,29-30)

 

San Juan Bautista da testimonio de Jesús. Lo señala como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como el que ha recibido el Espíritu Santo y también bautiza con Espíritu Santo, termina afirmando que es el Hijo de Dios.

La divinidad de Jesucristo y su gloria como Hijo de Dios ha sido constante en nuestras celebraciones de Navidad, también hemos celebrado su bautismo en el que fue ungido con el Espíritu Santo.

El testimonio del Bautista lo señala primero como el Cordero de Dios, la víctima del sacrificio para quitar los pecados del mundo. Los corderos de la antigua alianza tenían sentido porque estaban anunciando al verdadero Cordero, que es Cristo. 

El sacrificio de Cristo comienza con su venida al mundo. Como dice el salmo de hoy, “no quieres sacrificios ni ofrendas por eso digo Aquí estoy para hacer tu voluntad”

Pero también tendrá su momento culminante en el Calvario, cuando Jesús entregue su vida como un sacrificio. En este sentido se entiende también la Eucaristía como un sacrificio, que quita el pecado del mundo. Así lo proclamamos antes de la comunión y cantamos que Jesucristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.


El Cordero también aparece lleno de gloria en el libro del Apocalipsis, como el Cordero que ha sido degollado pero está de pie y tiene el poder y la gloria. Es por tanto Cristo resucitado y glorioso.

También el Bautista nos presenta a Jesús como el que nos va a dar el Espíritu Santo y por eso nos va a hacer santos. Viene a quitar los pecados y a santificarnos con el Espíritu, así se entiende que Pablo considere a los que invocan el nombre de Jesús como santos.

Una vez más siento una gran admiración y un gran agradecimiento por todo lo que el Señor ha hecho por nosotros.


Alabado seas, Señor Jesucristo, Cordero manso y humilde que nos has dado la vida. Ayúdame a seguir tus pasos y a vivir la santidad que me has concedido haciendo de mi vida un sacrificio de verdad, dedicando toda mi existencia a hacer tu voluntad, a vivir el amor y la fraternidad y llevar a los pobres la luz del Evangelio.


sábado, 10 de enero de 2026

HIJO AMADO DE DIOS

 Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.

Y vino una voz de los cielos que decía:

«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». (Mt 3,16-17)


Ante la persona de Jesucristo se abren los cielos y Dios se hace presente en su Trinidad Santa. Está claro que se trata de un momento crucial de la vida del Señor.

El Espíritu Santo viene sobre Él y lo convierte en el Ungido, en Cristo. El enviado del Padre que viene a traer la justicia de forma callada y humilde. Es el siervo amado y predilecto que dará la vida por la salvación del mundo. Con él llega la salud y la liberación, como habían anunciado los profetas.


El bautismo de Jesús es una figura de nuestro propio bautismo.

También nosotros somos declarados hijos amados y predilectos de Dios, también se nos ha ungido y con el Espíritu Santo, también se abrieron los cielos para nosotros aquel día. También somos enviados por Dios para traer la paz, la justicia y la libertad, para sanar y ser luz en medio de las tinieblas.


Aquí estoy, Señor, para hacer tú voluntad. Con la fuerza de tu Espíritu me pongo a tu servicio para llenar el mundo de alegría y esperanza. Bendito y alabado seas por siempre.


sábado, 3 de enero de 2026

EL VERBO SE HIZO CARNE

 Y el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. (Jn 1,14)


Este canto de San Juan nos presenta un resumen de todo el misterio de Cristo. Nos habla de su preexistencia, de su divinidad, de la Encarnación y también nos adelanta ya la cruz y la Resurrección. Todas estas cosas nos han permitido contemplar su Gloria como Hijo único del Padre.

Hay una batalla, según el texto, entre la luz y las tinieblas. Jesucristo, el Verbo de la Vida es la luz que viene a iluminar el mundo. Es Dios que quiere llenarnos de alegría y que se ha empeñado en santificarnos y purificarnos de todo pecado. Sin embargo, la luz se encuentra con las tinieblas y con el rechazo de las tinieblas. Son las fuerzas del mal, el diablo y las fuerzas diabólicas, que se enfrentan a la verdad con la mentira y a la paz con la violencia y que siembran el odio para apagar el amor. Las tinieblas no soportan a Cristo porque él es la luz que las destruye.

Pero frente al rechazo de las fuerzas tenebrosas están también los que han recibido a Cristo, los que han creído en su Nombre. Para estos, el Evangelio habla de grandes dones: gracia sobre gracia, poder para ser Hijos de Dios. 

Los dones que nos otorga son bienes espirituales y celestiales. Aunque en nuestro apego a este mundo esto pueda parecernos algo que no entendemos, en realidad se trata de bienes superiores a las cosas de este mundo. 

Yo considero estos bienes espirituales y celestiales en los sacramentos, que nos hacen santos ya en esta vida, de forma particular la Eucaristía que nos alimenta con el mismo Cristo.


También la oración y la certeza de ser escuchados es un gran bien espiritual y el amor que se encierra en todas estas cosas, porque Dios ha derramado sobre nosotros su amor y nos ha dado el Espíritu Santo. Son bienes espirituales y celestiales que culminarán con la vida gloriosa del Reino eterno.

En estos días de Navidad también hemos contemplado la gloria de Jesucristo el Señor: nacido en un pesebre y perseguido por Herodes pero admirado por los pastores y adorado por los magos, anunciado por los ángeles y por la estrella. En su pequeñez y en su pobreza se ha mostrado la gloria de Dios Todopoderoso y nosotros lo hemos contemplado y nos hemos llenado de alegría por su venida.


Gloria a ti, Señor Jesús, que te muestras poderoso y grande haciéndote pequeño y débil. Gloria por siempre a ti.


sábado, 27 de diciembre de 2025

SAGRADA FAMILIA

 

José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto.» (Mt 2,14-15)

 

En estos días de Navidad estamos contemplando la gloria del Señor, Dios que se ha hecho hombre, el Verbo divino que se ha hecho carne porque Dios es amor y quiere estar entre nosotros y quiere también que nosotros estemos con Él.

Al hacerse hombre ha querido formar parte de una familia humana y ha querido compartir también la dureza de la vida en este mundo. Siendo Dios ha aparecido débil y necesitado de protección. Y el Evangelio nos lo presenta así, pequeñito en brazos de su madre, perseguido por Herodes y protegido por san José que entendió muy bien su misión de cuidar del Salvador del mundo.


Para mí es inevitable ante este relato recordar a los niños que hoy también están huyendo del peligro. Herodes ha quedado en nuestro recuerdo como un rey cruel y despiadado, al que no le importa ni siquiera el sufrimiento de los inocentes, con tal de conservar el poder. Pero, tristemente, hoy sigue habiendo nuevos Herodes, que siembran el horror y el sufrimiento de muchos niños y muchas familias, que se ven obligados a huir de su tierra para salvar la vida.

Nuestro Salvador Jesucristo ha querido ser solidario con todos los que sufren, con todos los perseguidos y con todas las víctimas de la injusticia. Cuando llegue el día del juicio nos recordará que lo que hicimos con todas estas personas indefensas lo hicimos con él mismo.

Hoy día de la Sagrada Familia podemos recordarnos bien los valores que aprendemos de esta familia de Nazaret: el amor y la unión, que hay en ellos; la confianza en Dios y la obediencia a su voluntad; el sacrificio de unos por  otros. Este amor y esta confianza en Dios son una gran fortaleza ante las dificultades.

También siento la llamada a abrir mis ojos ante tantas familias que pasan por graves problemas y que necesitan nuestra solidaridad y nuestra cercanía.

 

Señor Jesucristo, una vez más quiero cantar tu alabanza al descubrir que has elegido estar entre los últimos, que tu lugar no está en los palacios sino en los lugares donde la gente sufre, porque has venido a salvarnos de los pecados que  nos esclavizan.

 

sábado, 20 de diciembre de 2025

SALVARÁ A SU PUEBLO DE LOS PECADOS

 

«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»(Mt 1,20-21)

 

El ángel le revela en sueños a San José el misterio de la persona de Jesucristo. Después a lo largo de los siglos tendremos tiempo de reflexionar y se irán proclamando los distintos dogmas. Pero en este sueño de forma muy elemental se le dice a José quién es el niño que hay en el vientre de la Virgen María.

Le dice que es una criatura que viene del Espíritu Santo. María conserva su virginidad y José no tiene nada que temer, al contrario, tiene la dicha de ser el elegido de Dios para cuidar del Salvador.

Al ser Hijo de Dios está diciendo que es “Dios con nosotros”, tal y como lo había profetizado Isaías, pero al haberse formado en el vientre de la Virgen este niño es también un hombre con todas las consecuencias y viene con toda la historia sobre su persona, por eso tiene unos antepasados y se puede decir que es de la descendencia de David, como también se había anunciado en el Antiguo Testamento.


José le pondrá el nombre, Jesús, que significa Dios Salva, porque Jesús viene a salvar al pueblo de los pecados. Por lo tanto, también revela el ángel la misión del Mesías que va a nacer, no viene a condenar a los malos sino a salvar a su pueblo, que somos todos, de los pecados.

Yo me atrevo a decir que nos salvará de los pecados que hemos cometido en nuestra vida y también a las consecuencias de los pecados que nos hacen sufrir y llenan el mundo de tinieblas, también del pecado original que hizo que la creación entera quedara deformada.

 

Alabado y adorado seas, Señor Jesús, que siendo Dios quisiste hacerte hombre, para librarnos de las tinieblas que nos cubrían. Alabado y bendito seas porque nos traes la alegría de poder vivir la vida nueva. Te esperamos y cantamos para ti.