viernes, 20 de febrero de 2026

TENTACIONES

 «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».

Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.


Jesucristo se retiró al desierto para preparar su nueva vida, su ministerio público que iba a culminar con la muerte y la Resurrección. Su entrega de amor como un sacrificio puro para el perdón de los pecados.

El desierto es una oportunidad para la oración y para aceptar el mandato del Padre. Había mucho que reflexionar, porque su misión tenía que culminar con la entrega de la vida como anunciaron los profetas.

También es la hora del combate. 


El diablo no se resiste a ponerlo a prueba. Le quiere hacer dudar del amor del Padre, le propone el éxito fácil y vacío de sentido y hasta se atreve a pedirle que lo adore a cambio del poder y la riqueza.

Para todas las tentaciones, Jesús tiene una respuesta en la Escritura. La Palabra de Dios es la que nos muestra el camino.

El desierto nos muestra el combate interior que se libra entre hacer la voluntad de Dios, aunque nos cueste la vida o por el contrario seguir el camino del poder y la gloria del mundo. 

Es también el combate entre la fé y la confianza en Dios y la duda porque todo parece imposible.

Ya sabemos que estás dudas y estos afanes mundanos son tentaciones del diablo. Respondamos con la oración, la fe y la Palabra de Dios.


Qué grande eres Señor Jesús. Has resistido la tentación y has salido preparado para cumplir el designio de Salvación. Dame la fe y el amor que me protejan y me ayuden a vencer estos engaños del enemigo. Alabado seas mi Señor y mi Dios por siempre.


sábado, 14 de febrero de 2026

LA PLENITUD DE LA LEY

No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas:
no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.

(Mt 5,17-18)

 

Jesucristo tiene verdadera autoridad sobre los mandamientos de Dios, porque él viene del cielo, él es Dios junto con el Padre y el Espíritu Santo y por eso puede explicarnos el verdadero sentido de aquellos mandatos.

Nos dice que ha venido a dar plenitud a la ley, la plenitud es el amor, creo que lo sabemos bien. Ha venido a convertir la ley en un camino de santidad y de perfección que está por encima del mero cumplimento de unas normas básicas. Nos quiere enseñar una sabiduría muy superior a las cosas de este mundo.

Por eso, lo que nos dice puede parecernos imposible de cumplir, porque no quiere que nos conformemos sólo con no hacer el mal sino que quiere que nos empeñemos en un amor perfecto como el suyo, como el amor de Dios. 

Así se explica que vaya llevando cada uno de los mandamientos hacia una radicalidad extraordinaria: nos enseña que no basta con no matar sino que hay que evitar hasta el más pequeño insulto, o que no basta con no cometer adulterio sino que que hay que conservar el corazón puro hasta en el más mínimo pensamiento o deseo, no basta con no jurar en falso sino que hay que vivir en la verdad… 

Cuando hemos descubierto esta sabiduría divina estamos llamados a vivir en un amor radical, que no deja resquicio al más pequeño pecado.


En nuestros días hay ciertos movimientos que quisieran que la Iglesia se adaptara al estilo de vida del mundo, como si fuese un signo de modernidad. Recordemos que la sal no puede volverse sosa, ni la luz puede esconderse bajo el celemín. Nuestra vida no puede querer adaptarse al mundo y mucho menos que queramos adaptar al mundo el mensaje de Jesús, más bien tenemos que procurar todo lo contrario, queremos que nuestra vida se adapte al evangelio, a la perfección que nos propone Jesucristo y, todavía más, queremos que todo el mundo escuche esta llamada a la santidad y que el mundo se vaya acercando también a esta perfección.

 

Ante ti, Señor, siento un amor perfecto, descubro cómo tú me has perdonado, siento que soy importante  para ti y por eso te das cada día para que yo te encuentre y me alegre de tu presencia. Tu santidad y tu amor son una llamada para mi vida a despojarme, a entregar la vida y a darme a los demás como tú has hecho conmigo.

 


sábado, 7 de febrero de 2026

SAL DE LA TIERRA Y LUZ DEL MUNDO

 Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos». (Mt 5,16)

Jesús dice: Sois la sal, sois la luz. Nos está diciendo, que por el hecho de escuchar sus palabras nos hemos convertido en sal y luz. Y nos exhorta a vivir según lo que somos, porque podemos ser una sal sin sabor o una luz que no alumbra. 

La sal de la tierra me hace pensar en el sabor y en la alegría. Jesús nos anima a llenar de alegría la vida de la gente. No se trata de una alegría superficial que se pasa en un momento, sino de una alegría profunda: la alegría del que confía en Dios y sabe que no le va a faltar nada, que no tiene nada que temer. Cuando conocemos a Jesucristo nos inunda su alegría y brota de nuestra boca la alabanza por todo lo que estamos recibiendo. Pero, nuestra sal puede volverse sosa, cuando hacemos de la fe una lista de pecados y la convertimos en una carga. Lo que pasaba con los fariseos. Hay que estar alertas para vivir y comunicar a todos la alegría del Evangelio.


La luz del mundo es la que disipa las tinieblas. Se pone en el candelero. La luz que brilla son las obras de amor hacia los demás, el servicio a los pobres y a todos los que sufren. El profeta Isaías habla con claridad de partir el pan con el hambriento y vestir al que está desnudo. La luz brilla por el compromiso claro de los que dan la vida por los demás, como Jesucristo, que nos amó hasta el extremo y entregó la vida por todos nosotros para la salvación del mundo y el perdón de los pecados.


Señor Jesucristo, tú eres la luz de este mundo que lo iluminas todo con tu presencia, con tu amor y tu Palabra. Tú eres la sal de nuestra vida porque contigo todo tiene sentido. Entra en mí y conviérteme en la sal y en la luz del mundo. Que tu Espíritu me empuje siempre para estar en medio de los pobres proclamando la alegría del Evangelio.


viernes, 30 de enero de 2026

BIENAVENTURADOS

 Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». (Mt 5,11-12)

Al hablar de las Bienaventuranzas tengo el temor de no comunicar toda la profundidad de su mensaje. Casi sería preferible leerlas despacio y dejar espacio para meditarlas. No es posible hacer una explicación detallada de todas. Pero es impresionante lo que transmiten.

En las Bienaventuranzas encontramos una meta a la que aspirar si somos de verdad discípulos de Jesucristo. Los mandamientos nos proponen el mínimo para vivir una vida plena con el favor de Dios, pero las Bienaventuranzas nos llaman a una vida de verdadera santidad y perfección. Al meditar su mensaje nos damos cuenta de lo lejos que estamos todavía de vivir así pero, a la vez, sentimos el deseo de hacerlas realidad. Ante esta propuesta de Jesús vemos que estamos siempre en pecado y necesitamos la conversión cada día.


El que medita despacio las Bienaventuranzas se queda inquieto; no se siente satisfecho porque no mata ni roba, o porque no ha cometido pecados graves. El que siente esta llamada descubre que su vida está siempre muy alejada de la santidad y la perfección del Señor, porque la propuesta de las Bienaventuranzas supone reproducir cada día la vida y los sentimientos del mismo Jesucristo: su pobreza y humildad, su entrega total a los demás, su misericordia, su lucha por la paz, su capacidad de soportar el rechazo y la persecución… Y evidentemente estamos siempre muy alejados de este ideal aunque nos esforzamos en avanzar por este camino.

Viendo los testimonios que tenemos en las cartas de Pablo y en los Hechos de los Apóstoles podemos descubrir que las comunidades cristianas eran irrelevantes en aquella sociedad pero también que aquel estilo de vida iba transformando el mundo poco a poco, porque en aquellas comunidades pequeñas y llenas de imperfecciones estaba actuando el Espíritu del Señor.

Por eso, aunque no tenemos poder ni influencia en la sociedad, podemos sentirnos alentados a llevar a nuestra vida este ideal de perfección y confiar en la acción de la gracia con nosotros: vivamos la pobreza, la mansedumbre, la lucha por la paz y la justicia, la misericordia… 


Señor Jesucristo, me has enriquecido con tu pobreza, has tenido misericordia conmigo, me has llenado de paz y de justicia. Tú me has hecho bienaventurado con tu venida, estando siempre conmigo. Sé mi luz y mi guía para que yo pueda reproducir en mi ser todo lo que tú eres.


sábado, 24 de enero de 2026

PESCADORES DE HOMBRES

 

Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. (Mt 4,18-20)

Como vemos en este relato, Jesús empieza su ministerio en la periferia. Allí es donde comienza a llamar a la Conversión y a anunciar el Reino de los Cielos. Es llamada Galilea de los gentiles, porque van gentes de todas partes, también de otros países. Por eso, el Señor comienza a proclamar allí la Buena Noticia para que llegue a las gentes de todas partes. Galilea es un lugar donde la gente que vive no es gente relevante: son los pobres, los extranjeros, los trabajadores, los sencillos. Entre ellos empieza a elegir a los que serán sus apóstoles. Los llama para que sean pescadores de hombres.

Es interesante reflexionar sobre el significado de esta expresión: pescadores de hombres. Jesús empieza llamando a pescadores y los invita a cambiar de tarea. En lugar de sacar a los peces del mar ahora los va a preparar para sacar a los hombres del pecado y llevarlos a Dios.

La llamada de Jesús es muy poderosa, ellos no pudieron resistirse, lo dejaron todo para seguirlo.

También nosotros somos llamados por el Señor para seguir con esta tarea de llevar a los hombres  a Dios. Es bueno que veamos el estilo de nuestro Maestro y actuemos como él, saliendo las periferias, al pueblo que está en tinieblas para llevarle la luz. Nuestras periferias pueden ser las cárceles o los hospitales, los pobres que están en nuestras calles y también todos los que tienen que luchar día tras día en medio de muchas dificultades. A todas estas personas que viven en tinieblas hay que llevarles la luz grande del Evangelio.


Esta luz que trae el Señor es también una llamada a la conversión. Para recibir el Reino de los Cielos hay que cambiar la mente, hace falta dejar el pecado y abrirse a la vida nueva del Evangelio y estar decididos a acoger la Palabra de Dios que nos cambia la vida.

La conversión supone dejar atrás las actividades de las tinieblas: la mentira, la violencia, el egoísmo… y buscar las obras de la luz: el amor, la verdad, la paz, la justicia, el perdón…

Así viene a nosotros el Reino de los cielos. 

La llamada de Jesús es para todos, cada uno en su lugar, con su vocación particular: en su familia, en su trabajo, en sus estudios. Unos serán sacerdotes o religiosos y otros formarán una familia pero todos estamos llamados a seguir al Señor para ser pescadores de hombres.

Aquellos primeros discípulos lo dejaron todo y lo siguieron.


He sentido tu llamada y he dicho sí. No me has llevado por un camino fácil pero siempre has estado conmigo. No he sido un discípulo ejemplar pero tú has sido paciente y comprensivo y no has dejado de llamarme a la conversión. Tu Palabra es luz para este mundo y es un regalo poder ser tu mensajero. Gracias por traer esta esperanza a la humanidad.


sábado, 17 de enero de 2026

EL CORDERO DE DIOS

«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. (Jn 1,29-30)

 

San Juan Bautista da testimonio de Jesús. Lo señala como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como el que ha recibido el Espíritu Santo y también bautiza con Espíritu Santo, termina afirmando que es el Hijo de Dios.

La divinidad de Jesucristo y su gloria como Hijo de Dios ha sido constante en nuestras celebraciones de Navidad, también hemos celebrado su bautismo en el que fue ungido con el Espíritu Santo.

El testimonio del Bautista lo señala primero como el Cordero de Dios, la víctima del sacrificio para quitar los pecados del mundo. Los corderos de la antigua alianza tenían sentido porque estaban anunciando al verdadero Cordero, que es Cristo. 

El sacrificio de Cristo comienza con su venida al mundo. Como dice el salmo de hoy, “no quieres sacrificios ni ofrendas por eso digo Aquí estoy para hacer tu voluntad”

Pero también tendrá su momento culminante en el Calvario, cuando Jesús entregue su vida como un sacrificio. En este sentido se entiende también la Eucaristía como un sacrificio, que quita el pecado del mundo. Así lo proclamamos antes de la comunión y cantamos que Jesucristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.


El Cordero también aparece lleno de gloria en el libro del Apocalipsis, como el Cordero que ha sido degollado pero está de pie y tiene el poder y la gloria. Es por tanto Cristo resucitado y glorioso.

También el Bautista nos presenta a Jesús como el que nos va a dar el Espíritu Santo y por eso nos va a hacer santos. Viene a quitar los pecados y a santificarnos con el Espíritu, así se entiende que Pablo considere a los que invocan el nombre de Jesús como santos.

Una vez más siento una gran admiración y un gran agradecimiento por todo lo que el Señor ha hecho por nosotros.


Alabado seas, Señor Jesucristo, Cordero manso y humilde que nos has dado la vida. Ayúdame a seguir tus pasos y a vivir la santidad que me has concedido haciendo de mi vida un sacrificio de verdad, dedicando toda mi existencia a hacer tu voluntad, a vivir el amor y la fraternidad y llevar a los pobres la luz del Evangelio.


sábado, 10 de enero de 2026

HIJO AMADO DE DIOS

 Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.

Y vino una voz de los cielos que decía:

«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». (Mt 3,16-17)


Ante la persona de Jesucristo se abren los cielos y Dios se hace presente en su Trinidad Santa. Está claro que se trata de un momento crucial de la vida del Señor.

El Espíritu Santo viene sobre Él y lo convierte en el Ungido, en Cristo. El enviado del Padre que viene a traer la justicia de forma callada y humilde. Es el siervo amado y predilecto que dará la vida por la salvación del mundo. Con él llega la salud y la liberación, como habían anunciado los profetas.


El bautismo de Jesús es una figura de nuestro propio bautismo.

También nosotros somos declarados hijos amados y predilectos de Dios, también se nos ha ungido y con el Espíritu Santo, también se abrieron los cielos para nosotros aquel día. También somos enviados por Dios para traer la paz, la justicia y la libertad, para sanar y ser luz en medio de las tinieblas.


Aquí estoy, Señor, para hacer tú voluntad. Con la fuerza de tu Espíritu me pongo a tu servicio para llenar el mundo de alegría y esperanza. Bendito y alabado seas por siempre.