«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.
Jesucristo se retiró al desierto para preparar su nueva vida, su ministerio público que iba a culminar con la muerte y la Resurrección. Su entrega de amor como un sacrificio puro para el perdón de los pecados.
El desierto es una oportunidad para la oración y para aceptar el mandato del Padre. Había mucho que reflexionar, porque su misión tenía que culminar con la entrega de la vida como anunciaron los profetas.
También es la hora del combate.
El diablo no se resiste a ponerlo a prueba. Le quiere hacer dudar del amor del Padre, le propone el éxito fácil y vacío de sentido y hasta se atreve a pedirle que lo adore a cambio del poder y la riqueza.
Para todas las tentaciones, Jesús tiene una respuesta en la Escritura. La Palabra de Dios es la que nos muestra el camino.
El desierto nos muestra el combate interior que se libra entre hacer la voluntad de Dios, aunque nos cueste la vida o por el contrario seguir el camino del poder y la gloria del mundo.
Es también el combate entre la fé y la confianza en Dios y la duda porque todo parece imposible.
Ya sabemos que estás dudas y estos afanes mundanos son tentaciones del diablo. Respondamos con la oración, la fe y la Palabra de Dios.
Qué grande eres Señor Jesús. Has resistido la tentación y has salido preparado para cumplir el designio de Salvación. Dame la fe y el amor que me protejan y me ayuden a vencer estos engaños del enemigo. Alabado seas mi Señor y mi Dios por siempre.

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