viernes, 21 de agosto de 2026

ATAR Y DESATAR

  Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo. (Mt 16,18-19)

Tenemos en la actualidad ciertos grupos de personas que se dicen católicos pero que no aceptan la autoridad del Papa. Ha sucedido con el papa Francisco y lamentablemente pudimos oír a cardenales que mostraban su rechazo a las decisiones del papa. Ahora parece que todo está más tranquilo pero sigue habiendo una oposición al papa León, en el fondo de este rechazo está el concilio Vaticano II, que algunos sectores muy conservadores se niegan a aceptar. Ya tuvimos la triste noticia del cisma por parte de la fraternidad de San Pío X.

En otros casos son videntes que aseguran que la Virgen María les ha revelado algo contrario a las decisiones del pontífice.


Yo creo que el Evangelio de hoy es claro. Jesucristo ha entregado el poder a Pedro y a sus sucesores. Por una parte ese poder significa que tiene toda la autoridad para atar y desatar. Este poder se lo ha dado a Pedro y no a otra persona, por muy santa que sea.

No cabe duda de que el papa es un ser humano y por lo tanto es imperfecto y también es un pecador. No vamos a olvidar que Pedro también negó a Jesucristo en el momento de la pasión. No obstante, el Señor siguió confiando en él.

No podemos hacer cada uno nuestra propia iglesia particular, el principio de la unidad de la Iglesia Católica es la figura del papa y la obediencia a su magisterio. 

A pesar de los fallos humanos que pueda tener como persona imperfecta, su magisterio tiene siempre una valiosa enseñanza para nosotros y es importante tenerla en cuenta.


Señor Jesús, hoy te pido por el papa León XIV para que tú lo asistas, según le prometiste a Pedro. Y a nosotros concédenos valorar su ministerio.


sábado, 15 de agosto de 2026

UNA FE MUY GRANDE

 Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»

En aquel momento quedó curada su hija. (Mt 15,28)


Tenemos un episodio desconcertante de Jesucristo. Al principio da la sensación de que es indiferente al drama que está viviendo esta mujer cananea. Pero al final queda todo aclarado.

Jesús ha puesto a prueba la fe de aquella mujer para que sirva de ejemplo a sus discípulos. A ellos les está reprochando constantemente su falta de fe. Sin embargo, a la mujer cananea, después de toda esta prueba le alaba la fe tan grande que ha tenido. Se ha puesto en valor su constancia y su empeño, al decir que al menos le deje las migajas.


El testimonio de la cananea nos hace una llamada a tener también fe y constancia.

Creo que con frecuencia tenemos la sensación de que Dios no se está preocupando de nuestros problemas, aunque le pedimos con insistencia. No obstante, tenemos que seguir suplicando con humildad y constancia. Nuestra fe se pone a prueba y no podemos dejar de confiar porque él mismo nos ha dicho que lo hagamos. Nos dice incluso que seamos importunos.

También creo que tenemos que aprender a agradecer a Dios todo lo que nos concede, incluso más de lo que le pedimos.


Hoy te suplico, Señor, por todas las personas que se encomiendan a mi oración y necesitan ser sanadas y liberadas por ti. Quiero ser paciente y confiar, mientras tanto seguiré insistentemente esperando tu respuesta. Bendito seas, alabado seas porque tú eres mi verdadero Señor y Salvador.


sábado, 8 de agosto de 2026

CAMINAR SOBRE LAS AGUAS

Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.»
Él le dijo: «Ven.»
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame.»
En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. (Mt 14,28-31)


Mientras Jesús está orando en el monte los discípulos se han quedado solos en la barca y las olas y el viento la hacen tambalearse.

Sin duda el evangelista nos está contando lo que vivieron los discípulos pero también es cierto que podemos encontrar en este hecho un signo de nuestros miedos. Posiblemente nos gustaría tener siempre a la vista al Señor para poder decirle directamente lo que sentimos o preguntarle lo que tenemos que hacer. Pero tenemos más bien  la sensación de su ausencia. 

La barca sacudida por las olas es nuestra iglesia, con sus defectos humanos y sus divisiones, o con la mediocridad y la falta de testimonio ante el mundo. También puede ser nuestra vida personal con los problemas que se nos presentan, las dudas, la enfermedad o el sentimiento de fracaso. Sentimos que Jesús está ausente, pero no es así, él nos prometió estar hasta el fin de los tiempos.

Hay unas palabras consoladoras: "Ánimo, soy yo, no temáis".

Otra escena interesante es el milagro de caminar sobre las aguas. Jesucristo domina la naturaleza y puede hacer lo que parece imposible. Pedro le pide hacer lo mismo y el Señor se lo concede, pero hay que tener mucha fe para que funcione.


Es también una imagen de la misión que el Señor quiere que saquemos adelante. Proclamar el Reino de Dios, curar enfermos, amar incluso a los enemigos… Y sin medios materiales, sólo con la confianza en su Palabra, es como pedirnos que caminemos sobre el agua. Ciertamente se puede conseguir cuando se tiene mucha fe.

La imagen de Pedro que se hunde y le pide socorro al Señor es también como una llamada a la confianza en Jesús siempre. Porque nunca nos faltará su mano tendida en medio del peligro.


Señor Jesús eres admirable en todo lo que haces. Yo te admiro al contemplarte cuando estás orando, consciente de tu misión como Salvador del mundo y unido siempre al Padre y al Espíritu Santo. Te admiro por tu poder divino de caminar sobre el agua y de dominar las fuerzas de la naturaleza. Te admiro y te alabo por tu amor y tu cercanía a todos los que te invocamos suplicando tu ayuda. Auméntanos la fe, Señor.


viernes, 31 de julio de 2026

LOS PANES Y LOS PECES

  Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. (Mt 14,19) 


Jesucristo había enseñado a sus discípulos a hacerse pequeños y servidores de todos. Lo hacía con gran autoridad, porque él mismo no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida. El Señor Jesús ha dado su vida por los pobres en cada circunstancia. Así lo vamos viendo en el Evangelio. Él no se centra en sí mismo y en sus problemas sino que está siempre dispuesto cuando alguien lo necesita.

Así nos sorprende cómo se siente impactado por la muerte de Juan Bautista, necesita retirarse ante un hecho tan dramático. La muerte de San Juan es un anuncio también de su propia muerte. Tiene que estar preparado porque él ha venido a dar la vida.


Pero la gente lo busca, lo necesita y por eso renuncia a su retiro y se pone al servicio de aquel gentío y los cura y los libera de sus males.

El culmen de este encuentro es la multiplicación de los panes. 

Los gestos de Jesús nos están llevando a la Eucaristía: toma el pan, pronuncia la bendición y se lo da a los discípulos para que lo repartan.

En la Eucaristía tenemos a Jesucristo entregando su vida por nosotros. A través del sacerdote, Jesús en persona nos da a comer su propio cuerpo y también nos sigue sanando y liberando.

La Eucaristía es por eso una invitación también a darnos, como Jesús, a los pobres. “Dadles vosotros de comer”, les dijo a los discípulos. Esto significa que hay que darse como Jesús. Se nos propone emprender un camino de despojarnos de nosotros, de dejar de lado nuestras preocupaciones para centrarnos en dar lo que somos y tenemos. Jesucristo lo multiplica y hace que todos queden saciados.


Gloria a ti Señor Jesús. Tú nos alimentas con tu vida. Nos ayudas a descubrir el valor de tu Palabra, nos llevas al Padre y nos envías el Espíritu Santo. Y has llegado al extremo de hacerte buen pan para que podamos comerte y tenerte siempre con nosotros.

Hazme buen pan, Señor, con mi oración y mi entrega, con mi dedicación y mi estudio, con mi amor por tu pueblo santo.


sábado, 25 de julio de 2026

LA ALEGRÍA DE ENCONTRAR UN TESORO

 El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. (Mt 13,44) 

El encuentro con Jesucristo es el descubrimiento de un tesoro incomparable. El que lo encuentra lo vende todo lleno de alegría porque ya no quiere otra cosa que ese tesoro.

Me llama la atención la alegría con la que vende todo lo que tiene. La alegría está mirando al tesoro que va a poseer, no se fija ya en lo que tiene que dejar atrás. Todo lo demás, comparado con el tesoro escondido ya carece de valor.

El tesoro escondido es Jesucristo, porque el Reino de Dios es el mismo Jesús. El que lo encuentra y descubre la inmensa riqueza que hay en él ya no valora las demás cosas. Pablo llegó a decir que todo le parecía basura comparado con el conocimiento de Cristo Jesús.

Si no soy capaz todavía de desprenderme de cosas secundarias, si siento tristeza al dejar atrás esas cosas, será porque no he encontrado todavía el tesoro escondido. 


Así que tengo que pararme a pensar cómo descubrir este tesoro por el que merece la pena venderlo todo. Tengo que hacer un esfuerzo en esta búsqueda.

Las seguridades materiales son también caducas, las alegrías temporales empiezan y terminan. Pero Jesucristo me aporta una seguridad para siempre, una alegría eterna. ¿Es esto cierto?

Al detenerme en el Evangelio voy descubriendo un sentido verdadero para mi vida. Pongo la mirada en Dios que es Padre y en Jesucristo que da su vida para llevarnos a su Reino. Siento el gran poder del amor para transformar el mundo y descubro la grandeza de hacerse pequeño y pobre. Es verdad que las grandezas y los placeres de este mundo no pueden llenar mi corazón, pero Jesucristo sí le da un sentido a mi vida.

Además llegará el tiempo final, cuando Dios mismo separará a los buenos de los malos, es decir, a los que han hecho el bien y han amado a los demás frente a los que hicieron el mal y causaron sufrimiento a sus hermanos.


Como Salomón te pido también un corazón dócil para poder guiar a tu Pueblo como tú quieres. Libérame de todo egoísmo y ambición y lléname de la santa alegría de haberte encontrado.


sábado, 18 de julio de 2026

LOS JUSTOS BRILLAN COMO EL SOL

 Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará sus ángeles y arrancarán de su reino a todos los corruptos y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su padre. El que tenga oídos, que oiga.» (Mt 13,40-43)


Es complicado comprender lo que pasa en el mundo. Sabemos que Dios es bueno y sólo quiere para nosotros la alegría y la felicidad, pero vemos como el mal se apodera del mundo. Ante esto mucha gente se pregunta dónde está Dios, por qué permite el mal. Ciertamente, si Él quiere puede acabar con los malos de forma inmediata. Pero esto no es tan simple.

Dios es paciente, como aquel labrador. No quiere arriesgarse a arrancar el trigo con la cizaña. Por eso prefiere esperar.

Dios es amor y misericordia, espera nuestra conversión porque no quiere que nadie se pierda. 

Habrá un momento final donde cada uno responderá ante Dios de sus acciones y entonces hará justicia.

En nuestro mundo vemos cómo crecen el trigo y la cizaña. Ante nuestros ojos están los que buscan a Dios de verdad y quieren hacer su voluntad, los que se entregan sin reservas a los demás y reparten amor y perdón. Yo conozco muchos casos heroicos de esta pasión por vivir el evangelio.

Pero también vemos a los que hacen el mal y causan sufrimientos terribles a los inocentes. 


Es más, vemos el trigo y la cizaña dentro de nosotros mismos. Yo mismo, siento en mí esa batalla entre el bien y el mal. Siento el deseo de vivir el Evangelio y siento pasión por Jesucristo a quien quiero tener por maestro y Señor, pero también se apodera de mí el egoísmo y la soberbia. Hay como un drama interior en mí, entre el deseo sublime de ser un reflejo de Jesucristo y la realidad de mi condición de pecador.

Por eso, qué bueno es nuestro Padre Dios que tiene paciencia y nos da la oportunidad de arrepentirnos y volver a empezar. Qué suerte tener un sacramento que nos permite vernos libres de nuestros pecados y experimentar la misericordia de Dios.

Además nos ha enviado el Espíritu Santo que ora por nosotros con gemidos inefables y transforma nuestra pequeñez en alabanza.

Aprendamos a ser humanos, a ser pacientes y comprensivos con los demás hermanos. 


Gracias, Señor Jesucristo, por tu enseñanza llena de sabiduría. Por mostrarnos la misericordia de nuestro padre Dios. Tú eres el justo, el Santo, que brillas ya como el Sol en el Reino de tu Padre. Yo te alabo por siempre.


viernes, 10 de julio de 2026

LA TIERRA BUENA Y EL GRANO

 El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.» (Mt 13,23)


Jesucristo, la Palabra viva, el Verbo eterno de Dios, ha puesto en el mundo la semilla del Evangelio. La ha sembrado con su vida, la ha abonado con su amor y su entrega a los pobres, la ha cuidado con el anuncio de la Palabra y la ha regado con su propia sangre para que llegue a dar mucho fruto.

Es la semilla la que tiene todo el poder de dar fruto, sólo necesita una tierra buena que la acoja.

La semilla del Evangelio nos permite ver que en medio de la violencia existen muchos constructores de paz, que dan frutos de paz; en medio de tantos mensajes de odio y enfrentamiento existen personas que aman y entregan su vida y dedican su tiempo a los que más lo necesitan; que se puede desarmar el lenguaje, como nos dice el papa, y hablar con ánimo constructivo; que se puede buscar a Dios de corazón y orar con fe a pesar de tanto materialismo y ateísmo; que, a pesar del pecado, siempre hay una nueva oportunidad para volver a Dios y recibir sus bienes.


El paso de Jesucristo por este mundo no ha vuelto vacío al Padre, ha hecho su voluntad y ha dejado un rastro de vida nueva. 

También nuestra Eucaristía de hoy, será una semilla que se siembra en nuestros corazones y Dios hará que produzca frutos abundantes en nosotros.


Bendito y alabado seas, Señor Jesucristo, por haber sembrado tu Evangelio en este mundo y haber hecho que la luz de Dios brille con fuerza en nuestras vidas. Concédenos ser tierra buena que te acoja y produzca frutos preciosos de amor y paz.