Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. (Jn 3,17)
Con mucha facilidad nos dedicamos a veces a juzgar al mundo. Nos quejamos porque el mundo no escucha la voz de Dios, porque por eso no hay paz y el pecado se extiende por todas partes.
Tal vez juzgamos y condenamos, muchas veces sin saber los dramas que se esconden detrás de muchos pecados. Como leemos en el Evangelio, eso no es lo que hace Dios.
Dios envió a su Hijo pero no para juzgar. Dios conoce el drama que supone el pecado y no puede ser simplemente un juez, porque es sobre todo un padre que ama a sus hijos y como Padre lo que busca es el bien de sus hijos. El mundo ha sido creado por él y por eso no quiere la perdición del mundo sino la salvación. Para eso ha enviado a Cristo, para salvar al mundo. La historia humana se ha convertido en historia de Salvación: Hemos experimentado el pecado y el dolor que supone estar lejos de Dios, hemos conocido a Jesucristo, el Salvador y sabemos que ha pagado el precio de su sangre para salvar al mundo del mal. Finalmente hemos recibido el Espíritu Santo para continuar esta historia de la Salvación hasta que el Señor vuelva.
A lo largo de la historia Dios se ha revelado como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por una parte nos revela su misterio y por otro lado nos hace entender que todo es mucho más de lo que podemos alcanzar a comprender.
Bendito y alabado seas mi Señor y Dios Padre que me has dado el don de la vida y me has concedido estar a tu servicio para conocerte y amarte.
Bendito y alabado seas mi señor y Dios Jesucristo, Hijo único de Dios, que has venido a este mundo y te has acercado a mí para librarme del pecado y acercarme a tu santidad.
Bendito y alabado seas mi Señor y Dios Espíritu Santo que me llenas de la sabiduría y del amor divino para que yo sea testigo, en medio de la gente, de este inmenso don.






