Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. (Jn 20,8)
La muerte y la resurrección del Señor nos muestran una batalla que se ha establecido entre la vida y la muerte. Así lo hemos cantado en la secuencia de Pascua. La muerte de Cristo en la cruz nos muestra al que es la vida muriendo por todos. La apariencia es de una derrota, ha muerto el que es la vida. Pero en esta batalla el triunfo es de Dios, porque no podía ser de otro modo. Dios siempre será el vencedor.
Cristo en la cruz ha destruido el pecado. Nuestro hombre viejo ha sido crucificado con él para que ahora resucitemos con él a una nueva vida.
Hoy nos alegramos con la noticia del sepulcro vacío. Jesucristo no está en el sepulcro, la muerte no ha podido con él. Muerto el que es la vida triunfante se levanta.
La noticia de la resurrección nos devuelve la alegría y la confianza en Dios, en medio de los signos de muerte que reinan en el mundo. Tenemos una razón para luchar y sacrificarnos por el Reino de Dios, porque Cristo ya no está en el sepulcro, está lleno de gloria y tiene todo el poder.
Miremos todos los signos de vida que tenemos a nuestro alrededor para darnos cuenta de que la muerte no tiene la última palabra. Podremos ver que es mucho más fuerte el amor, que la fuerza de la Resurrección de Cristo ha tocado el corazón de muchas personas, que ciertamente es muy grande el poder de la oración, que la fraternidad es una semilla que crece y se extiende. Verdaderamente Cristo ha resucitado y la fuerza de su vida se va impregnando en medio del mundo.
La guerra no va a ser la que imponga el futuro del mundo porque pertenece al reino del mal; el racismo o el rechazo a los demás no pueden marcar el ritmo de nuestros pasos; la pobreza o la enfermedad no van a persistir contra la vida. No puede ser así porque en esta batalla entre la vida y la muerte ha sido Cristo, que es la vida quien se ha levantado triunfante y él es invencible.
Por eso, como nos dice Pablo, busquemos los bienes de arriba para alcanzar la gloria que nos ha preparado.
Gloria a ti, Señor Jesús, resucitado de entre los muertos. Gloria a ti que nos has liberado del pecado y nos has alcanzado la vida eterna. Gloria a ti, Señor por siempre. Aleluya.






