viernes, 10 de julio de 2026

LA TIERRA BUENA Y EL GRANO

 El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.» (Mt 13,23)


Jesucristo, la Palabra viva, el Verbo eterno de Dios, ha puesto en el mundo la semilla del Evangelio. La ha sembrado con su vida, la ha abonado con su amor y su entrega a los pobres, la ha cuidado con el anuncio de la Palabra y la ha regado con su propia sangre para que llegue a dar mucho fruto.

Es la semilla la que tiene todo el poder de dar fruto, sólo necesita una tierra buena que la acoja.

La semilla del Evangelio nos permite ver que en medio de la violencia existen muchos constructores de paz, que dan frutos de paz; en medio de tantos mensajes de odio y enfrentamiento existen personas que aman y entregan su vida y dedican su tiempo a los que más lo necesitan; que se puede desarmar el lenguaje, como nos dice el papa, y hablar con ánimo constructivo; que se puede buscar a Dios de corazón y orar con fe a pesar de tanto materialismo y ateísmo; que, a pesar del pecado, siempre hay una nueva oportunidad para volver a Dios y recibir sus bienes.


El paso de Jesucristo por este mundo no ha vuelto vacío al Padre, ha hecho su voluntad y ha dejado un rastro de vida nueva. 

También nuestra Eucaristía de hoy, será una semilla que se siembra en nuestros corazones y Dios hará que produzca frutos abundantes en nosotros.


Bendito y alabado seas, Señor Jesucristo, por haber sembrado tu Evangelio en este mundo y haber hecho que la luz de Dios brille con fuerza en nuestras vidas. Concédenos ser tierra buena que te acoja y produzca frutos preciosos de amor y paz.


viernes, 3 de julio de 2026

CANSADOS Y ALIVIADOS

 Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. (Mt 11,28)

Hemos vivido recientemente un cisma en la Iglesia. Es algo muy doloroso, porque pone en evidencia que no hay unidad entre nosotros, que andamos divididos. Detrás de esta actitud está la soberbia de algunos que se consideran en posesión de la verdad y acusan al resto de estar en el error. Este grupo ha decidido ordenar obispos sin la autorización de Roma porque sienten que tienen que hacerlo para salvar a las almas. Al decir esto están diciendo que los demás las estamos llevando a la perdición.

El Evangelio no se puede acoger desde la soberbia, desde la certeza de estar en posesión de la verdad. Hace falta otra actitud.

Para comprender el Evangelio hemos de cambiar nuestra mente altanera por un corazón sencillo. Como el niño que es consciente de su ignorancia y se dispone a aprender del maestro. Por eso fueron los pequeños los que entendieron bien al Señor.

Para conocer a Dios tenemos que dejar que él mismo nos lo revele. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiere revelar. Por lo tanto, tenemos que tener la mente abierta a esta revelación de Jesucristo.


También nos invita Jesús a acudir a él si estamos cansados y agobiados. Creo que todos tenemos algún agobio, alguna preocupación que nos inquieta. La vida no es perfecta. Tenemos que salir adelante con muchos problemas y, con frecuencia, nos vemos desbordados. El Señor nos anima a acudir a Él.

Al contemplar su vida, su forma de afrontar los conflictos, su cruz y su Resurrección, sabemos que también él tuvo muchas dificultades. Pero podemos aprender de Él y de su corazón manso y humilde: de su confianza en el Padre y su oración, de su capacidad de perdonar y de su paciencia con los discípulos, de su amor incondicional a todas las personas y de su entrega total a la voluntad del Padre.

En Jesús encontramos nuestro descanso porque nos propone un yugo llevadero. Es un yugo y por lo tanto es pesado y duro, pero es llevadero porque el amor y la fe lo llenan de sentido.


Vaciame, Señor, de todas mis seguridades y deja mi corazón dispuesto para recibir tu Espíritu. Enséñame a esforzarme por hacerme cada vez más pequeño y más pobre para poder comprender así la fuerza de tus Palabras.


sábado, 27 de junio de 2026

UN VASO DE AGUA FRESCA

 El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro. (Mt 10,42)


El Señor nos propone grandes sacrificios, se refiere incluso a los seres más queridos. Jesucristo lo pide todo. Él es el centro y todo nuestro ser tiene que ser para él. No nos hace rebajas para ser más atractivo. Podría parecer que no quiere tener seguidores, y está claro que no quiere seguidores mediocres.

Pero también nos hace ver que hasta los gestos más pequeños que se tienen con los discípulos tendrán una gran recompensa.

Morir a uno mismo, éste es el reto. Cuanto más se muere, más vida se tiene, es algo difícil de creer, pero es así. Lo dejamos todo en segundo lugar porque Jesucristo es el que ocupa el primer lugar en todo. Hay que dejar las cosas secundarias, los apegos materiales y los afectos mundanos, pero también hay que posponer las cosas importantes, los seres más queridos. Jesucristo nos quiere disponibles al cien por cien para construir su Reino. Este desprendimiento hará en nosotros grandes milagros y seremos testigos del poder de Dios.

Está exigencia nos puede hacer sentir que es imposible un seguimiento así y es verdad. Esto supera nuestras posibilidades como todo lo que Jesús nos pide. Por eso estaremos siempre en el camino, se trata de un proceso para toda la vida: Ir despojándonos de todo lo secundario y avanzar en nuestro amor y entrega a Jesucristo.




El Señor, por su parte, está decidido a recompensar nuestro sacrificio. El más pequeño gesto de amor hacia él o hacia sus discípulos tendrá una gran recompensa. 


Tú lo has dado todo por mí: te has despojado, has entregado tu vida en la cruz y me alimentas con tu cuerpo y sangre. Seguir tus pasos supone imitar tu ejemplo. Bendito y alabado seas por siempre.


sábado, 20 de junio de 2026

NO TENGÁIS MIEDO

 No tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma.

El Señor nos ha confiado el Evangelio para que suene en este mundo la Buena Noticia de Jesucristo. Por él nos ha llegado la gracia y salvación de forma abundante. Nos hace santos cada día y nos prepara para llenar el mundo de esa luz que nos inunda.

Es verdad, el Señor ha llenado nuestro corazón de amor y de alegría. Sentimos deseos de ayudar y alegrar la vida de los pobres, de construir la paz, de sanar a los enfermos y llenar de vida a la gente. Es el don de la gracia que Cristo nos ha obtenido con su obediencia.


Frente a esto tenemos la amenaza del mal. El miedo, a veces a que se nos deje de lado o a una burla… otros se enfrentan a persecuciones más duras.

Pero Jesús nos anima una vez más. Lo peor que nos podrán hacer será matar nuestro cuerpo pero no pueden tocar el alma. Dios es el único que lo puede todo y siempre estará ahí para socorrernos.

Hasta en los momentos difíciles podremos entonar nuestra alabanza.


Cantaré para ti mi alabanza porque me libras de todos los peligros, nunca dejas de alentarme y me das todo lo que necesito para cumplir tu voluntad.


sábado, 13 de junio de 2026

ANUNCIO DEL EVANGELIO

 Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis.» (Mt 10,7-8)

Jesús nos anima a la oración. El trabajo que Dios nos pide es superior a nuestras fuerzas. Transformar el mundo no está a nuestro alcance, lo sabemos, hay muchos elementos implicados que no dependen sólo de nuestra buena voluntad.

Por eso constatamos que la mies es mucha y los obreros pocos. Pero esta mies tiene un dueño que escucha lo que le pedimos. Primero no nos dice que nos pongamos manos a la obra sino que miremos al cielo y pidamos al dueño de la mies que envíe obreros. 

Al pedir que envíe obreros tenemos que estar dispuestos también a decir que sí, que estamos dispuestos.

Después envía a los doce y lo primero que hace es comunicarles sus propios poderes: echar demonios y curar enfermos. El anuncio del Reino de Dios no se queda sólo en palabras sino que va acompañado de signos prodigiosos que ratifican el anuncio. Los discípulos no son nada, sólo son pobres hombres sin mucha cultura y sin ningún poder. Pero Jesús les da el poder de sanar y liberar del mal.


Así es como son enviados con el poder de Jesucristo para proclamar que el Reino de los Cielos está cerca, es decir que es Dios quien realmente gobierna este mundo.

Finalmente habla de la gratuidad. Lo que han recibido ha sido gratis, no sólo en el sentido económico, sino que ha sido inmerecido. Del mismo modo hay que llevar esta Buena Noticia con todos sus signos de forma gratuita, sin esperar nada. El premio es sencillamente el hecho mismo de haber sido elegidos y llevar el Evangelio por todas partes. El premio es haber conocido a Jesucristo y poder estar a su servicio.


Alabado seas mi Señor y mi Dios, porque no te quedas indiferente ante los problemas de los pobres sino que respondes a su oración y nos llamas a ponernos a su servicio.

Alabado seas, Señor Jesucristo, que nos has anunciado el Evangelio y nos envías a llevarlo por todo el mundo.

Alabado seas, Espíritu Santo, que actúas a través de cada uno de nosotros para que el Reino de Dios se haga presente en el mundo.


sábado, 6 de junio de 2026

EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. (Jn 6,54)

En estas palabras tenemos la gran promesa de Jesucristo. Deseamos la vida eterna, deseamos la resurrección y él nos las ofrece en esta forma tan sencilla que es la Eucaristía. Aquí comemos su cuerpo y bebemos su sangre y él nos da la vida eterna y la resurrección.

Ahora bien, recibir a Cristo requiere también unas actitudes. No podemos acercarnos a la Eucaristía de cualquier manera. Por eso es tan importante la confesión, que es nuestra forma de mostrar el arrepentimiento de los pecados y el deseo de conversión, y es la forma sacramental de quedar limpios de pecado y estar en gracia de Dios. No es un alimento cualquiera el que vamos a recibir sino a Cristo mismo.


Recordemos que Dios preparó a María como digna morada del Señor redimiéndola ya en su misma concepción inmaculada. Por eso mismo, también a nosotros nos ofrece la remisión de nuestros pecados para que antes de acercarnos a comulgar también preparemos nuestra persona como digna morada de Jesucristo.

Así, tomándonos en serio el acto de comulgar, nos ponemos en el camino de santidad que deseamos. Así, el alimento santo que recibimos nos fortalece, nos prepara para vivir el evangelio y nos pone en el corazón el amor mismo de Cristo para entregarnos a los demás.

No se trata de dejar a nadie fuera de esta invitación. La llamada es para todos. Porque Jesús ha venido a este mundo para sacarnos a todos de las tinieblas del pecado y llevarnos a la luz de la santidad. 


Te adoro, Señor Jesucristo, en este pan consagrado y me asombro de poder contemplarte tan humilde y tan grande a la vez. Bendito seas por siempre. Me acerco a ti y te pido que tú me hagas digno de mirarte y admirarte.


viernes, 29 de mayo de 2026

DIOS AMÓ AL MUNDO

 Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. (Jn 3,17) 

Con mucha facilidad nos dedicamos a veces a juzgar al mundo. Nos quejamos porque el mundo no escucha la voz de Dios, porque por eso no hay paz y el pecado se extiende por todas partes.

Tal vez juzgamos y condenamos, muchas veces sin saber los dramas que se esconden detrás de muchos pecados. Como leemos en el Evangelio, eso no es lo que hace Dios. 


Dios envió a su Hijo pero no para juzgar. Dios conoce el drama que supone el pecado y no puede ser simplemente un juez, porque es sobre todo un padre que ama a sus hijos y como Padre lo que busca es el bien de sus hijos. El mundo ha sido creado por él y por eso no quiere la perdición del mundo sino la salvación. Para eso ha enviado a Cristo, para salvar al mundo. La historia humana se ha convertido en historia de Salvación: Hemos experimentado el pecado y el dolor que supone estar lejos de Dios, hemos conocido a Jesucristo, el Salvador y sabemos que ha pagado el precio de su sangre para salvar al mundo del mal. Finalmente hemos recibido el Espíritu Santo para continuar esta historia de la Salvación hasta que el Señor vuelva.

A lo largo de la historia Dios se ha revelado como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por una parte nos revela su misterio y por otro lado nos hace entender que todo es mucho más de lo que podemos alcanzar a comprender.


Bendito y alabado seas mi Señor y Dios Padre que me has dado el don de la vida y me has concedido estar a tu servicio para conocerte y amarte.

Bendito y alabado seas mi señor y Dios Jesucristo, Hijo único de Dios, que has venido a este mundo y te has acercado a mí para librarme del pecado y acercarme a tu santidad.

Bendito y alabado seas mi Señor y Dios Espíritu Santo que me llenas de la sabiduría y del amor divino para que yo sea testigo, en medio de la gente, de este inmenso don.