Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: «Señor, señor, ábrenos.» Pero él respondió: «Os lo aseguro: no os conozco.» Por tanto, velad, porque no sabéis ni el día ni la hora. (Mt 25,10-13)
El Señor nos cuenta una parábola que nos hace pensar. Yo siento la pena de las vírgenes necias y la desolación de haberse quedado sin entrar en el banquete. Además no han hecho algo malo, sino que han sido despistadas y no han preparado aceite suficiente para sus lámparas. La sensación que me queda es que el castigo es desproporcionado. Pero, Jesucristo nos propone esta parábola con esa intención, para que entendamos que es muy grave no haber sido previsores porque llegará en el momento que menos esperemos.
Así que podemos intentar entender el sentido de la parábola, el llamamiento que nos hace a estar en vela.
Pienso que el aceite que hay que tener preparado es nuestra fuerte unión con la persona de Jesús. Nos llama a empeñarnos en conocerlo cada vez más y a tenerlo siempre en nuestra mente para que sea él quien dirija nuestra vida.
Por eso es tan necesaria la oración diaria, la misa del domingo, la confesión frecuente y la práctica constante del amor al prójimo.
Estar en vela significa que nos preocupamos de verdad por no descuidar estas cosas y tener el aceite preparado se entiende por tener siempre a Jesucristo como quien guía nuestra vida.
Es muy serio no hacerlo porque nos pueden cerrar la puerta y ya será demasiado tarde.
Señor Jesucristo, te ruego que entres en mi vida y no te vayas nunca; que guíes mis pasos y llenes mi corazón de tu amor y mi mente de tu sabiduría. Yo te adoro porque tú eres mi único Señor, mi Dios y mi Salvador.






