Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él. (Jn 9,35-38)
Cristo es la luz del mundo y nos ha llenado de esa luz para que vivamos la vida como hijos de la luz. San Pablo anima a los fieles a vivir con las armas de la luz: la justicia, la verdad, el amor… así es como se destruyen las tinieblas de la mentira o de la injusticia, del odio o la violencia. Es el bien que vence al mal.
Veamos cómo el evangelio nos presenta a Cristo como la luz del mundo.
El ciego de nacimiento nunca ha visto la luz, está en las tinieblas desde siempre. Los mismos discípulos del Señor consideran que esto es fruto del pecado, pero Jesús va a demostrar que él es la luz del mundo y mostrará la obra de Dios. Esto es lo que anuncia cuando le devuelve la vista al ciego. Pero en este momento empieza la batalla.
Están los que rechazan a Jesús, son los hijos de las tinieblas: la luz brilla en las tinieblas pero las tinieblas no la recibieron, decía el prólogo del evangelio de Juan. Como vemos los fariseos no están dispuestos a aceptar a Jesús aunque hayan visto un milagro.
Pero el ciego de nacimiento va siendo iluminado de forma gradual: primero ve a Jesús como un hombre que le ha devuelto la vista, después cree que es un profeta, que viene de Dios y finalmente ante la pregunta de Jesús se postra ante él y le dice que cree en él.
Frente a los verdaderos ciegos, que se creen que ven y persisten en su pecado, el ciego de nacimiento ha recibido la luz plenamente porque ha reconocido a Jesucristo como el Salvador: el Hijo del Hombre.
Pienso en todas las dudas, en la oscuridad que cada uno podríamos estar viviendo ante los problemas del mundo, de la iglesia o de cada uno personalmente. Ciertamente hay mucho mal, muchas injusticias, mucha mentira y violencia, mucho desamor…
San Pablo dice: despierta tú que duermes, levántate de entre los y Cristo será tu luz.
Yo pienso que estas palabras son una llamada a la acción. Estar dormido es estar esperando pasivamente que todos los problemas se solucionen y terminen por su cuenta y hay que despertarse. Incluso dice: levántate de entre los muertos; porque cuando estamos en esta pasividad estamos como los muertos, que ya no hacen nada ni cambian nada.
Ante esta llamada lo que vemos es que no podemos cambiar las cosas. La guerra sigue adelante y yo no puedo convencer a unos y otros para que la paren, las divisiones de la Iglesia no dependen de mí y no soy nadie para frenarlas, mis propios pecados, mis propios problemas me superan también y me ponen ante mi fracaso personal. Estoy en las tinieblas.
Pero Pablo dice: Cristo será tu luz. No soy yo, es Cristo quien me llena de luz, es Cristo quien ilumina el mundo. Nos pide que creamos en él: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?
Es la pregunta de hoy para cada uno de nosotros. En medio de tantas tinieblas, en medio de tu propia incapacidad y de tus fracasos… ¿Crees en Jesucristo?
Miremos al ciego sanado del evangelio. Sus padres no lo defendieron, los judíos lo expulsaron de la sinagoga y tiene delante a Jesucristo preguntándole si cree en él. Y frente a todo lo negativo que estaba viviendo encontró la luz y se postró y dijo: Creo Señor.
La luz será también uno de los signos llamativos en la noche de Pascua. Cantaremos ante el cirio que ilumina el templo a oscuras. Reconoceremos a Cristo resucitado como la luz que vence a las tinieblas.
Tal vez los hechos nos lo ponen muy difícil, pero ahí está la fuerza de la fe.
Tú eres mi luz y así también mi esperanza, Señor. Cuando estoy cerca de ti y tu Palabra me instruye no tengo miedo ya. Nada me inquiete porque sé que he confiado en ti y tú no me fallas nunca. Por eso mi boca canta tu alabanza por siempre.

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