sábado, 27 de junio de 2026

UN VASO DE AGUA FRESCA

 El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro. (Mt 10,42)


El Señor nos propone grandes sacrificios, se refiere incluso a los seres más queridos. Jesucristo lo pide todo. Él es el centro y todo nuestro ser tiene que ser para él. No nos hace rebajas para ser más atractivo. Podría parecer que no quiere tener seguidores, y está claro que no quiere seguidores mediocres.

Pero también nos hace ver que hasta los gestos más pequeños que se tienen con los discípulos tendrán una gran recompensa.

Morir a uno mismo, éste es el reto. Cuanto más se muere, más vida se tiene, es algo difícil de creer, pero es así. Lo dejamos todo en segundo lugar porque Jesucristo es el que ocupa el primer lugar en todo. Hay que dejar las cosas secundarias, los apegos materiales y los afectos mundanos, pero también hay que posponer las cosas importantes, los seres más queridos. Jesucristo nos quiere disponibles al cien por cien para construir su Reino. Este desprendimiento hará en nosotros grandes milagros y seremos testigos del poder de Dios.

Está exigencia nos puede hacer sentir que es imposible un seguimiento así y es verdad. Esto supera nuestras posibilidades como todo lo que Jesús nos pide. Por eso estaremos siempre en el camino, se trata de un proceso para toda la vida: Ir despojándonos de todo lo secundario y avanzar en nuestro amor y entrega a Jesucristo.




El Señor, por su parte, está decidido a recompensar nuestro sacrificio. El más pequeño gesto de amor hacia él o hacia sus discípulos tendrá una gran recompensa. 


Tú lo has dado todo por mí: te has despojado, has entregado tu vida en la cruz y me alimentas con tu cuerpo y sangre. Seguir tus pasos supone imitar tu ejemplo. Bendito y alabado seas por siempre.


sábado, 20 de junio de 2026

NO TENGÁIS MIEDO

 No tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma.

El Señor nos ha confiado el Evangelio para que suene en este mundo la Buena Noticia de Jesucristo. Por él nos ha llegado la gracia y salvación de forma abundante. Nos hace santos cada día y nos prepara para llenar el mundo de esa luz que nos inunda.

Es verdad, el Señor ha llenado nuestro corazón de amor y de alegría. Sentimos deseos de ayudar y alegrar la vida de los pobres, de construir la paz, de sanar a los enfermos y llenar de vida a la gente. Es el don de la gracia que Cristo nos ha obtenido con su obediencia.


Frente a esto tenemos la amenaza del mal. El miedo, a veces a que se nos deje de lado o a una burla… otros se enfrentan a persecuciones más duras.

Pero Jesús nos anima una vez más. Lo peor que nos podrán hacer será matar nuestro cuerpo pero no pueden tocar el alma. Dios es el único que lo puede todo y siempre estará ahí para socorrernos.

Hasta en los momentos difíciles podremos entonar nuestra alabanza.


Cantaré para ti mi alabanza porque me libras de todos los peligros, nunca dejas de alentarme y me das todo lo que necesito para cumplir tu voluntad.


sábado, 13 de junio de 2026

ANUNCIO DEL EVANGELIO

 Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis.» (Mt 10,7-8)

Jesús nos anima a la oración. El trabajo que Dios nos pide es superior a nuestras fuerzas. Transformar el mundo no está a nuestro alcance, lo sabemos, hay muchos elementos implicados que no dependen sólo de nuestra buena voluntad.

Por eso constatamos que la mies es mucha y los obreros pocos. Pero esta mies tiene un dueño que escucha lo que le pedimos. Primero no nos dice que nos pongamos manos a la obra sino que miremos al cielo y pidamos al dueño de la mies que envíe obreros. 

Al pedir que envíe obreros tenemos que estar dispuestos también a decir que sí, que estamos dispuestos.

Después envía a los doce y lo primero que hace es comunicarles sus propios poderes: echar demonios y curar enfermos. El anuncio del Reino de Dios no se queda sólo en palabras sino que va acompañado de signos prodigiosos que ratifican el anuncio. Los discípulos no son nada, sólo son pobres hombres sin mucha cultura y sin ningún poder. Pero Jesús les da el poder de sanar y liberar del mal.


Así es como son enviados con el poder de Jesucristo para proclamar que el Reino de los Cielos está cerca, es decir que es Dios quien realmente gobierna este mundo.

Finalmente habla de la gratuidad. Lo que han recibido ha sido gratis, no sólo en el sentido económico, sino que ha sido inmerecido. Del mismo modo hay que llevar esta Buena Noticia con todos sus signos de forma gratuita, sin esperar nada. El premio es sencillamente el hecho mismo de haber sido elegidos y llevar el Evangelio por todas partes. El premio es haber conocido a Jesucristo y poder estar a su servicio.


Alabado seas mi Señor y mi Dios, porque no te quedas indiferente ante los problemas de los pobres sino que respondes a su oración y nos llamas a ponernos a su servicio.

Alabado seas, Señor Jesucristo, que nos has anunciado el Evangelio y nos envías a llevarlo por todo el mundo.

Alabado seas, Espíritu Santo, que actúas a través de cada uno de nosotros para que el Reino de Dios se haga presente en el mundo.


sábado, 6 de junio de 2026

EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. (Jn 6,54)

En estas palabras tenemos la gran promesa de Jesucristo. Deseamos la vida eterna, deseamos la resurrección y él nos las ofrece en esta forma tan sencilla que es la Eucaristía. Aquí comemos su cuerpo y bebemos su sangre y él nos da la vida eterna y la resurrección.

Ahora bien, recibir a Cristo requiere también unas actitudes. No podemos acercarnos a la Eucaristía de cualquier manera. Por eso es tan importante la confesión, que es nuestra forma de mostrar el arrepentimiento de los pecados y el deseo de conversión, y es la forma sacramental de quedar limpios de pecado y estar en gracia de Dios. No es un alimento cualquiera el que vamos a recibir sino a Cristo mismo.


Recordemos que Dios preparó a María como digna morada del Señor redimiéndola ya en su misma concepción inmaculada. Por eso mismo, también a nosotros nos ofrece la remisión de nuestros pecados para que antes de acercarnos a comulgar también preparemos nuestra persona como digna morada de Jesucristo.

Así, tomándonos en serio el acto de comulgar, nos ponemos en el camino de santidad que deseamos. Así, el alimento santo que recibimos nos fortalece, nos prepara para vivir el evangelio y nos pone en el corazón el amor mismo de Cristo para entregarnos a los demás.

No se trata de dejar a nadie fuera de esta invitación. La llamada es para todos. Porque Jesús ha venido a este mundo para sacarnos a todos de las tinieblas del pecado y llevarnos a la luz de la santidad. 


Te adoro, Señor Jesucristo, en este pan consagrado y me asombro de poder contemplarte tan humilde y tan grande a la vez. Bendito seas por siempre. Me acerco a ti y te pido que tú me hagas digno de mirarte y admirarte.