viernes, 24 de abril de 2026

LA PUERTA DEL REDIL

 En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. (Jn 10,7-9)


Jesucristo es la puerta, y nos dice que es necesario entrar por él para salvarse y encontrar pastos.

Si lo que yo busco en la vida es dinero, bienestar o reconocimiento no estoy entrando por la puerta. No seré el pastor del rebaño sino más bien salteador y bandido.

Por eso, yo entiendo que entrar por la puerta es tener a Jesús como el maestro de quien tengo que aprender qué hacer en la vida. Por eso haré del estudio de mi Señor el principal trabajo al que tengo que dedicar mi tiempo.

El Señor ha elegido la pobreza y la humildad para darse a conocer al mundo. Ha venido enviado por Dios y ha obedecido al Padre en todo momento, aunque esta obediencia le ha llevado al sufrimiento y a la entrega total de la vida. Ha querido sanarnos con sus heridas.

Cada día voy descubriendo más profundamente el amor de Jesucristo, muchas veces me sorprendo de haber descubierto algo nuevo, una nueva llamada o un nuevo consuelo de su parte.


Esta es la puerta por la que tengo que entrar para cumplir mi tarea. Yo también quiero buscar al pastor y guardián de nuestras almas.

Si mi trabajo es conocer a Jesucristo, también será mi tarea ir despojándome de todo lo que me estorba para estar cerca de él, abrazar con él la cruz de cada día y no tener miedo al sufrimiento o a la humillación, y dar mi vida por todos aquellos a los que Dios me ha enviado, por los pobres y por todos los que sufren. Así seré una imagen del Pastor de las ovejas. Así responderé de verdad a mi vocación.


Buen Pastor que has dado la vida por mí y has querido que yo sea una imagen tuya, eres Pastor y guardián que no has querido dejarme perdido; siento que tengo que seguir tus pasos, imitar tu bondad y tu entrega. 


viernes, 17 de abril de 2026

CAMINANDO CON EL RESUCITADO

 Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. (Lc 24,30-31)

La experiencia de estos dos discípulos que van de camino es una catequesis sobre la Eucaristía.

Yo veo tres frases que pueden ayudarnos a hacer también nosotros este camino de los discípulos y vivir su misma experiencia durante la celebración de la misa.

Nosotros esperábamos que él sería el liberador de Israel. Los discípulos habían puesto unas expectativas humanas, lo que esperaban estaba ya equivocado de raíz. Ciertamente que Jesús es el salvador pero no de la forma que ellos creían. 

¿No era necesario que el Mesías padeciera para entrar en su gloria? El segundo paso es caminar con Jesús y escuchar cómo explica el sentido de las escrituras. La Palabra de Dios no se puede leer con una mirada interesada, porque le hacemos decir lo que nos gusta más y no lo que realmente está diciendo.


Esto es lo que hace Jesús por el camino. Les explica el verdadero sentido de la Palabra, y es mucho más duro de lo que creían según sus expectativas. El Mesías tenía que padecer y lo habían anunciado los profetas. Pero la explicación de las Escrituras les hace arder el corazón.  Porque la cruz será el camino para la Resurrección y la Vida.

El momento culminante será cuando lo reconozcan al partir el pan.

Era verdad, ha resucitado el Señor. Los dos discípulos se pueden unir a este canto de la comunidad. Ahora han transformado sus expectativas en verdadera esperanza.

La Eucaristía nos permite hacer este mismo camino. Venimos con nuestras expectativas frustradas porque no podemos entender el sufrimiento de la vida, la sequedad en la oración, el vacío que sentimos. Vemos que la guerra no termina, que sigue el mal por todas partes, que los enfermos no sanan, que no se encuentra un buen trabajo... No se han cumplido nuestras esperanzas en el Dios del amor y la paz. 

Jesucristo camina con nosotros. Hemos proclamado la Palabra y la voz de Dios ha resonado en nuestra Iglesia, el mismo Cristo nos ha hablado y sus palabras nos van dando luz. Nuestro corazón arde en verdadera esperanza.

Finalmente ha partido el pan para nosotros. Hemos abierto los ojos y lo hemos contemplado a él mismo en el pan Eucarístico. Con este alimento sentimos ánimo para seguir afrontando la vida con sus contrariedades. Nos da verdadera esperanza en el futuro y cantamos con fe unidos a toda la Iglesia que Cristo ha resucitado y está vivo.


Sé que tú estás vivo y me has enseñado a dar la vida generosamente. Me pongo en tus manos. Sigue enseñándome el sentido de tu Palabra y quédate conmigo para siempre.


viernes, 3 de abril de 2026

¡ALELUYA!

 Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. (Jn 20,8)


La muerte y la resurrección del Señor nos muestran una batalla que se ha establecido entre la vida y la muerte. Así lo hemos cantado en la secuencia de Pascua. La muerte de Cristo en la cruz nos muestra al que es la vida muriendo por todos. La apariencia es de una derrota, ha muerto el que es la vida. Pero en esta batalla el triunfo es de Dios, porque no podía ser de otro modo. Dios siempre será el vencedor. 

Cristo en la cruz ha destruido el pecado. Nuestro hombre viejo ha sido crucificado con él para que ahora resucitemos con él a una nueva vida.

Hoy nos alegramos con la noticia del sepulcro vacío. Jesucristo no está en el sepulcro, la muerte no ha podido con él. Muerto el que es la vida triunfante se levanta.


La noticia de la resurrección nos devuelve la alegría y la confianza en Dios, en medio de los signos de muerte que reinan en el mundo. Tenemos una razón para luchar y sacrificarnos por el Reino de Dios, porque Cristo ya no está en el sepulcro, está lleno de gloria y tiene todo el poder.

Miremos todos los signos de vida que tenemos a nuestro alrededor para darnos cuenta de que la muerte no tiene la última palabra. Podremos ver que es mucho más fuerte el amor, que la fuerza de la Resurrección de Cristo ha tocado el corazón de muchas personas, que ciertamente es muy grande el poder de la oración, que la fraternidad es una semilla que crece y se extiende. Verdaderamente Cristo ha resucitado y la fuerza de su vida se va impregnando en medio del mundo.

La guerra no va a ser la que imponga el futuro del mundo porque pertenece al reino del mal; el racismo o el rechazo a los demás no pueden marcar el ritmo de nuestros pasos; la pobreza o  la enfermedad no van a persistir contra la vida. No puede ser así porque en esta batalla entre la vida y la muerte ha sido Cristo, que es la vida quien se ha levantado triunfante y él es invencible.

Por eso, como nos dice Pablo, busquemos los bienes de arriba para alcanzar la gloria que nos ha preparado.


Gloria a ti, Señor Jesús, resucitado de entre los muertos. Gloria a ti que nos has liberado del pecado y nos has alcanzado la vida eterna. Gloria a ti, Señor por siempre. Aleluya.