viernes, 29 de mayo de 2026

DIOS AMÓ AL MUNDO

 Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. (Jn 3,17) 

Con mucha facilidad nos dedicamos a veces a juzgar al mundo. Nos quejamos porque el mundo no escucha la voz de Dios, porque por eso no hay paz y el pecado se extiende por todas partes.

Tal vez juzgamos y condenamos, muchas veces sin saber los dramas que se esconden detrás de muchos pecados. Como leemos en el Evangelio, eso no es lo que hace Dios. 


Dios envió a su Hijo pero no para juzgar. Dios conoce el drama que supone el pecado y no puede ser simplemente un juez, porque es sobre todo un padre que ama a sus hijos y como Padre lo que busca es el bien de sus hijos. El mundo ha sido creado por él y por eso no quiere la perdición del mundo sino la salvación. Para eso ha enviado a Cristo, para salvar al mundo. La historia humana se ha convertido en historia de Salvación: Hemos experimentado el pecado y el dolor que supone estar lejos de Dios, hemos conocido a Jesucristo, el Salvador y sabemos que ha pagado el precio de su sangre para salvar al mundo del mal. Finalmente hemos recibido el Espíritu Santo para continuar esta historia de la Salvación hasta que el Señor vuelva.

A lo largo de la historia Dios se ha revelado como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por una parte nos revela su misterio y por otro lado nos hace entender que todo es mucho más de lo que podemos alcanzar a comprender.


Bendito y alabado seas mi Señor y Dios Padre que me has dado el don de la vida y me has concedido estar a tu servicio para conocerte y amarte.

Bendito y alabado seas mi señor y Dios Jesucristo, Hijo único de Dios, que has venido a este mundo y te has acercado a mí para librarme del pecado y acercarme a tu santidad.

Bendito y alabado seas mi Señor y Dios Espíritu Santo que me llenas de la sabiduría y del amor divino para que yo sea testigo, en medio de la gente, de este inmenso don.


viernes, 15 de mayo de 2026

CRISTO GLORIFICADO

Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos. (Mt 28,18-20)

 

La ascensión del Señor no significa que se haya ido y haya desaparecido de nuestra vida, es otra cosa. Significa que se ha consumado su obra con la glorificación por parte de Dios Padre. El cielo se entiende como la morada de Dios y Jesús, como Dios que es, ha subido hasta esa morada.

Jesús les revela a los apóstoles la gloria y el poder que se le ha concedido y les encomienda la misión. Ahora comienza el tiempo de la Iglesia hasta que llegue el final de los tiempos. Por eso no podemos quedarnos mirando al cielo embobados, tenemos algo muy importante que hacer. Mientras aguardamos la segunda venida del Señor tenemos una tarea que cumplir: todo lo que los apóstoles vivieron tiene que ser conocido por toda la humanidad, hay que convertirse en discípulos de Cristo y aprender todo lo que nos ha enseñado, con el convencimiento de que en la enseñanza de Jesucristo y en sus mandamientos está la clave de la vida feliz en este mundo. El evangelio es el camino para la paz tan deseada, pero también nos lleva a la libertad y a la justicia, y sobre todo el amor que es lo que llena de sentido la vida humana.

Aprender no es sólo estudiar el evangelio como si fuera un libro más, es ponernos en contacto con la persona viva de Jesús. Él mismo nos ha dicho que estará con nosotros siempre, todos los días, en cada momento. Esto nos está invitando a sentir su cercanía y dejarnos transformar por él. A través de la oración podemos hablar con él y en el silencio escuchar también lo que nos dice. Porque somos discípulos y él es nuestro maestro, por eso, estamos decididos a aprender todo lo que nos tiene que enseñar.

Con la meditación de su Palabra podemos aprender directamente de él todo lo que espera de nosotros y con los sacramentos nos abrimos a su gracia y recibimos la fuerza sobrenatural que hace posible que vivamos en santidad.

No nos quedemos mirando al cielo, miremos a nuestro mundo y descubramos a tanta gente sedienta de Dios, aunque muchos no sean conscientes de ello. 

 

He sentido tu llamada, Señor, para ponerme en camino y llevar tu mensaje al mundo. Quiero sentir que vienes conmigo todos los días, por eso me postro y te adoro reconociendo que tú eres Dios y yo no soy nada. Proclamo tu alabanza porque no puedo dejar de dar gracias por todo lo que me das y por todo lo que me haces sentir. 

 

 


sábado, 9 de mayo de 2026

AMOR DIVINO

El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

 

La relación de Jesucristo con nosotros está basada en el amor. En esto consiste nuestra religión. Jesucristo nos ha amado y ha dado su vida por nosotros. El Padre nos ha amado y nos ha enviado al Hijo para salvarnos, De ellos nos viene también el Espíritu Santo que es el amor. Todo se resume en el amor. Nos pide que guardemos sus mandamientos, que también son mandamientos de amor: amor a Dios y al prójimo y amor mutuo como Cristo nos ha amado.

Cuando el amor reina entre nosotros, el Espíritu Santo actúa y realiza grandes signos.

Pongamos nuestra mirada en Dios y también en los hermanos, para sentir y vivir el amor divino.

 

Padre, has enviado a tu hijo amado para librarnos del mal, Señor Jesucristo, nos has amado hasta el extremo y nos has llamado amigos, revelándonos
todo el misterio.

Espíritu Santo, nos has llenado del amor de Dios y nos abres la mente para comprender el Evangelio. Yo te adoro y me postro ante ti.

 


sábado, 2 de mayo de 2026

CAMINO, VERDAD Y VIDA

 En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre. (Jn 14,12)

Hay muchas cosas que turban nuestro corazón, no lo voy a negar. Yo también estoy preocupado por todo lo que está pasando no sólo en el mundo sino en mí mismo. 

Jesús siempre nos llama a no tener miedo, él está con nosotros y sabe muy bien lo que nos tiene preparado. 

Nuestro Señor está vivo y nos precede para que alcancemos su propia gloria.

Él es el camino, la verdad y la vida. Vamos a acercarnos de nuevo a su persona para seguir sus pasos. Sin miedo ni turbación. Si él fue rechazado también nos tocará vivir el rechazo, si se burlaron de él también tendremos que saber aceptar la burla o la humillación. Pero no podemos elegir otro camino porque él es el camino.


El camino de santidad que nos propone es muy exigente. No basta con ser buenas personas, no basta con no hacer daño a los demás. Esto está bien, pero Jesucristo nos propone entrar en el camino que es él. Éste es un camino de obediencia a Dios Padre, de estar en comunión, es decir de estar unidos fuertemente a él. Por eso necesitamos la oración y los sacramentos, además de ser buenos y luchar con el pecado.

Es un camino de compromiso verdadero por el amor, la paz y la verdad, que nos puede costar muchos problemas. Por esto mismo no nos conformamos con no hacer daño sino que nos sentimos llamados a cambiar el mundo y a enfrentarnos a las fuerzas del mal.

Frente a la mentira y la cultura de la muerte tenemos un compromiso con la verdad y la vida. Estamos llamados a construir un mundo de hermanos.

Frente al materialismo y al olvido de Dios tenemos un compromiso de vida espiritual y de oración auténtica que nos mueve a la alabanza y a la adoración, porque sin él no podemos hacer nada. Pero si creemos en él haremos también obras grandes: las obras que él hace.

Que no se turbe nuestro corazón porque Jesús está con nosotros y nos espera la Resurrección y la gloria junto a él.


Te alabo mi Señor porque tú eres grande y has mostrado tu poder y tu grandeza haciéndote pequeño y obediente. Te adoro, Señor Jesucristo, porque sólo tú eres Santo y fuente de toda santidad y perfección. Tú eres el camino y necesito seguirte, tú eres la verdad y necesito conocerte y tú eres la vida y te necesito para vivir en plenitud. Bendito seas, mi Señor.