viernes, 15 de mayo de 2026

CRISTO GLORIFICADO

Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos. (Mt 28,18-20)

 

La ascensión del Señor no significa que se haya ido y haya desaparecido de nuestra vida, es otra cosa. Significa que se ha consumado su obra con la glorificación por parte de Dios Padre. El cielo se entiende como la morada de Dios y Jesús, como Dios que es, ha subido hasta esa morada.

Jesús les revela a los apóstoles la gloria y el poder que se le ha concedido y les encomienda la misión. Ahora comienza el tiempo de la Iglesia hasta que llegue el final de los tiempos. Por eso no podemos quedarnos mirando al cielo embobados, tenemos algo muy importante que hacer. Mientras aguardamos la segunda venida del Señor tenemos una tarea que cumplir: todo lo que los apóstoles vivieron tiene que ser conocido por toda la humanidad, hay que convertirse en discípulos de Cristo y aprender todo lo que nos ha enseñado, con el convencimiento de que en la enseñanza de Jesucristo y en sus mandamientos está la clave de la vida feliz en este mundo. El evangelio es el camino para la paz tan deseada, pero también nos lleva a la libertad y a la justicia, y sobre todo el amor que es lo que llena de sentido la vida humana.

Aprender no es sólo estudiar el evangelio como si fuera un libro más, es ponernos en contacto con la persona viva de Jesús. Él mismo nos ha dicho que estará con nosotros siempre, todos los días, en cada momento. Esto nos está invitando a sentir su cercanía y dejarnos transformar por él. A través de la oración podemos hablar con él y en el silencio escuchar también lo que nos dice. Porque somos discípulos y él es nuestro maestro, por eso, estamos decididos a aprender todo lo que nos tiene que enseñar.

Con la meditación de su Palabra podemos aprender directamente de él todo lo que espera de nosotros y con los sacramentos nos abrimos a su gracia y recibimos la fuerza sobrenatural que hace posible que vivamos en santidad.

No nos quedemos mirando al cielo, miremos a nuestro mundo y descubramos a tanta gente sedienta de Dios, aunque muchos no sean conscientes de ello. 

 

He sentido tu llamada, Señor, para ponerme en camino y llevar tu mensaje al mundo. Quiero sentir que vienes conmigo todos los días, por eso me postro y te adoro reconociendo que tú eres Dios y yo no soy nada. Proclamo tu alabanza porque no puedo dejar de dar gracias por todo lo que me das y por todo lo que me haces sentir. 

 

 


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