Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. (Mt 11,28)
Hemos vivido recientemente un cisma en la Iglesia. Es algo muy doloroso, porque pone en evidencia que no hay unidad entre nosotros, que andamos divididos. Detrás de esta actitud está la soberbia de algunos que se consideran en posesión de la verdad y acusan al resto de estar en el error. Este grupo ha decidido ordenar obispos sin la autorización de Roma porque sienten que tienen que hacerlo para salvar a las almas. Al decir esto están diciendo que los demás las estamos llevando a la perdición.
El Evangelio no se puede acoger desde la soberbia, desde la certeza de estar en posesión de la verdad. Hace falta otra actitud.
Para comprender el Evangelio hemos de cambiar nuestra mente altanera por un corazón sencillo. Como el niño que es consciente de su ignorancia y se dispone a aprender del maestro. Por eso fueron los pequeños los que entendieron bien al Señor.
Para conocer a Dios tenemos que dejar que él mismo nos lo revele. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiere revelar. Por lo tanto, tenemos que tener la mente abierta a esta revelación de Jesucristo.
También nos invita Jesús a acudir a él si estamos cansados y agobiados. Creo que todos tenemos algún agobio, alguna preocupación que nos inquieta. La vida no es perfecta. Tenemos que salir adelante con muchos problemas y, con frecuencia, nos vemos desbordados. El Señor nos anima a acudir a Él.
Al contemplar su vida, su forma de afrontar los conflictos, su cruz y su Resurrección, sabemos que también él tuvo muchas dificultades. Pero podemos aprender de Él y de su corazón manso y humilde: de su confianza en el Padre y su oración, de su capacidad de perdonar y de su paciencia con los discípulos, de su amor incondicional a todas las personas y de su entrega total a la voluntad del Padre.
En Jesús encontramos nuestro descanso porque nos propone un yugo llevadero. Es un yugo y por lo tanto es pesado y duro, pero es llevadero porque el amor y la fe lo llenan de sentido.
Vaciame, Señor, de todas mis seguridades y deja mi corazón dispuesto para recibir tu Espíritu. Enséñame a esforzarme por hacerme cada vez más pequeño y más pobre para poder comprender así la fuerza de tus Palabras.
