El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.» (Mt 13,23)
Jesucristo, la Palabra viva, el Verbo eterno de Dios, ha puesto en el mundo la semilla del Evangelio. La ha sembrado con su vida, la ha abonado con su amor y su entrega a los pobres, la ha cuidado con el anuncio de la Palabra y la ha regado con su propia sangre para que llegue a dar mucho fruto.
Es la semilla la que tiene todo el poder de dar fruto, sólo necesita una tierra buena que la acoja.
La semilla del Evangelio nos permite ver que en medio de la violencia existen muchos constructores de paz, que dan frutos de paz; en medio de tantos mensajes de odio y enfrentamiento existen personas que aman y entregan su vida y dedican su tiempo a los que más lo necesitan; que se puede desarmar el lenguaje, como nos dice el papa, y hablar con ánimo constructivo; que se puede buscar a Dios de corazón y orar con fe a pesar de tanto materialismo y ateísmo; que, a pesar del pecado, siempre hay una nueva oportunidad para volver a Dios y recibir sus bienes.
El paso de Jesucristo por este mundo no ha vuelto vacío al Padre, ha hecho su voluntad y ha dejado un rastro de vida nueva.
También nuestra Eucaristía de hoy, será una semilla que se siembra en nuestros corazones y Dios hará que produzca frutos abundantes en nosotros.
Bendito y alabado seas, Señor Jesucristo, por haber sembrado tu Evangelio en este mundo y haber hecho que la luz de Dios brille con fuerza en nuestras vidas. Concédenos ser tierra buena que te acoja y produzca frutos preciosos de amor y paz.

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