Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará sus ángeles y arrancarán de su reino a todos los corruptos y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su padre. El que tenga oídos, que oiga.» (Mt 13,40-43)
Es complicado comprender lo que pasa en el mundo. Sabemos que Dios es bueno y sólo quiere para nosotros la alegría y la felicidad, pero vemos como el mal se apodera del mundo. Ante esto mucha gente se pregunta dónde está Dios, por qué permite el mal. Ciertamente, si Él quiere puede acabar con los malos de forma inmediata. Pero esto no es tan simple.
Dios es paciente, como aquel labrador. No quiere arriesgarse a arrancar el trigo con la cizaña. Por eso prefiere esperar.
Dios es amor y misericordia, espera nuestra conversión porque no quiere que nadie se pierda.
Habrá un momento final donde cada uno responderá ante Dios de sus acciones y entonces hará justicia.
En nuestro mundo vemos cómo crecen el trigo y la cizaña. Ante nuestros ojos están los que buscan a Dios de verdad y quieren hacer su voluntad, los que se entregan sin reservas a los demás y reparten amor y perdón. Yo conozco muchos casos heroicos de esta pasión por vivir el evangelio.
Pero también vemos a los que hacen el mal y causan sufrimientos terribles a los inocentes.
Es más, vemos el trigo y la cizaña dentro de nosotros mismos. Yo mismo, siento en mí esa batalla entre el bien y el mal. Siento el deseo de vivir el Evangelio y siento pasión por Jesucristo a quien quiero tener por maestro y Señor, pero también se apodera de mí el egoísmo y la soberbia. Hay como un drama interior en mí, entre el deseo sublime de ser un reflejo de Jesucristo y la realidad de mi condición de pecador.
Por eso, qué bueno es nuestro Padre Dios que tiene paciencia y nos da la oportunidad de arrepentirnos y volver a empezar. Qué suerte tener un sacramento que nos permite vernos libres de nuestros pecados y experimentar la misericordia de Dios.
Además nos ha enviado el Espíritu Santo que ora por nosotros con gemidos inefables y transforma nuestra pequeñez en alabanza.
Aprendamos a ser humanos, a ser pacientes y comprensivos con los demás hermanos.
Gracias, Señor Jesucristo, por tu enseñanza llena de sabiduría. Por mostrarnos la misericordia de nuestro padre Dios. Tú eres el justo, el Santo, que brillas ya como el Sol en el Reino de tu Padre. Yo te alabo por siempre.

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