Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.» (Jn 11,27)
A menudo nuestra fe se pone a prueba, y yo reconozco que me resulta muy difícil mantener esta llama encendida. Veo mucho dolor a mi alrededor, veo muchas injusticias, me desconcierta el sufrimiento de los inocentes. Tengo la experiencia de orar con fe por muchas personas y por muchas situaciones y no parece que haya una respuesta de Dios. Por eso mismo me cuesta mucho esperar que todo vaya a cambiar y que los problemas vayan a encontrar una solución. Me siento como los israelitas que se sentían como muertos con los huesos secos.
Pero, de nuevo, la Palabra de Dios viene a tocar mi corazón. Viene a insistir en el poder tan grande del Señor: Él lo dice y lo hace.
Cuando todo está perdido, porque Lázaro lleva ya cuatro días enterrado, Jesús pide un acto de fe. El que cree verá la gloria de Dios.
Marta proclama que cree en Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo. El Señor le hará ver su gloria resucitando a Lázaro. Porque Él es la Resurrección y la vida.
Yo estoy también muerto en mi interior por no saber confiar en el poder del Señor. Pero el Espíritu Santo ha venido a dar vida a este cuerpo mortal. El poder del Espíritu también ha resucitado y ha sacado del sepulcro a este Lázaro que había dentro de mí como unos huesos secos y le ha devuelto el ser. Me vuelve a llenar de vida y me ha hecho orar con fe, sanar mi corazón, proclamar la gloria de Dios y comprometer mi vida para cambiar este mundo con la fuerza del Evangelio.
Yo estaba muerto por el pecado pero el Espíritu Santo me ha devuelto la vida, por eso no puedo dejar de alabarte y adorarte. Porque cuando todo parecía perdido, tú me hiciste volver a confiar en ti y me llamaste a trabajar por tu Reino. Bendito seas mi Señor y mi Dios, que das la vida a los muertos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario