El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. (Jn 4,13-14)
La sed representa todas las cosas que necesitamos, sobre todo las grandes causas. Necesitamos la paz en este mundo convulso, lleno de violencia y de injusticias. En estos días todos estamos con la respiración contenida ante la guerra que nos va a traer consecuencias terribles, y que está causando mucho sufrimiento a los inocentes. La paz es la sed que tenemos.
Tenemos sed de vida: la muerte, la enfermedad, son también situaciones que nos hacen sufrir. Tenemos sed de vida. Queremos vivir y no sufrir. La vida y la salud son también la sed que tenemos.
Tenemos sed de santidad: el pecado del mundo y nuestros propios pecados nos enfrentan a nuestra miseria personal, vemos lo poco que somos y lo fácilmente que caemos en el mal y lo difícil que nos resulta comprometernos con el bien. La santidad es también la sed profunda que tenemos.
Podemos pensar también en otras inquietudes profundas: la verdad, el amor, la alegría y la felicidad. Nuestra sed es muy profunda y el agua normal no puede saciarla. Pero Jesús nos ofrece el agua viva, el agua que brota dentro de nosotros mismos y nos lleva a la vida eterna. Esta agua nos sacia definitivamente y ya no volvemos a tener sed.
Conocer a Jesucristo es alcanzar el agua viva. Su persona y su mensaje nos van llenando el corazón de vida y de fe.
Jesús le ofrece a la Samaritana el agua viva. Cuando ella ha conocido a Jesús como el Mesías se deja el cántaro, porque ya no lo necesita. El agua viva es él mismo. Es el evangelio.
¿Es esto verdad? Tal vez podemos sentirnos defraudados de Dios, porque nuestra fe no va a parar la guerra ni va a terminar con el hambre del mundo. ¿Está o no está el Señor con nosotros? Ésta era la pregunta que se hacían los israelitas en el desierto y creo que sigue en nuestro interior. Las palabras del Evangelio nos dan ánimo pero la realidad se impone y no vemos un cambio como nos gustaría.
Pablo predicó también el Evangelio y animó a los creyentes en tiempos muy difíciles, cuando se enfrentaban a la cárcel y al martirio. Pero, en medio de todas estas pruebas, creyeron y su fe fue para ellos agua viva que brotó desde dentro y los llevó a la vida eterna. Fue la esperanza que no defrauda. Su fe los comprometió a vivir desde Jesucristo, a poner en el mundo la semilla del amor fraterno y llevar la luz en medio de las tinieblas.
Sí, Jesucristo es el agua viva y quien la bebe no vuelve a tener sed.
Tú calmas mi sed, Señor. Me haces comprometerme en la transformación del mundo viviendo el amor, me das la esperanza en la vida eterna y me limpias los pecados para devolverme la santidad original. Bendito seas por siempre.

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