No creáis que he venido a abolir la Ley y los
Profetas:
no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo
y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
(Mt 5,17-18)
Jesucristo tiene verdadera autoridad sobre los mandamientos de Dios, porque él viene del cielo, él es Dios junto con el Padre y el Espíritu Santo y por eso puede explicarnos el verdadero sentido de aquellos mandatos.
Nos dice que ha venido a dar plenitud a la ley, la plenitud es el amor, creo que lo sabemos bien. Ha venido a convertir la ley en un camino de santidad y de perfección que está por encima del mero cumplimento de unas normas básicas. Nos quiere enseñar una sabiduría muy superior a las cosas de este mundo.
Por eso, lo que nos dice puede parecernos imposible de cumplir, porque no quiere que nos conformemos sólo con no hacer el mal sino que quiere que nos empeñemos en un amor perfecto como el suyo, como el amor de Dios.
Así se explica que vaya llevando cada uno de los mandamientos hacia una radicalidad extraordinaria: nos enseña que no basta con no matar sino que hay que evitar hasta el más pequeño insulto, o que no basta con no cometer adulterio sino que que hay que conservar el corazón puro hasta en el más mínimo pensamiento o deseo, no basta con no jurar en falso sino que hay que vivir en la verdad…
Cuando hemos descubierto esta sabiduría divina estamos llamados a vivir en un amor radical, que no deja resquicio al más pequeño pecado.
En nuestros días hay ciertos movimientos que quisieran que la Iglesia se adaptara al estilo de vida del mundo, como si fuese un signo de modernidad. Recordemos que la sal no puede volverse sosa, ni la luz puede esconderse bajo el celemín. Nuestra vida no puede querer adaptarse al mundo y mucho menos que queramos adaptar al mundo el mensaje de Jesús, más bien tenemos que procurar todo lo contrario, queremos que nuestra vida se adapte al evangelio, a la perfección que nos propone Jesucristo y, todavía más, queremos que todo el mundo escuche esta llamada a la santidad y que el mundo se vaya acercando también a esta perfección.
Ante ti, Señor, siento un amor perfecto, descubro cómo tú me has perdonado, siento que soy importante para ti y por eso te das cada día para que yo te encuentre y me alegre de tu presencia. Tu santidad y tu amor son una llamada para mi vida a despojarme, a entregar la vida y a darme a los demás como tú has hecho conmigo.
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