domingo, 27 de abril de 2025

ALEGRÍA DE VER AL SEÑOR

 

Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.  (Jn 20,20)

 

El miedo se había apoderado de los discípulos y estaban encerrados. Tenían buenas razones. Ellos saben que Jesús está vivo pero todavía no han perdido el miedo. Tienen algo positivo, están juntos, están unidos entre ellos y se están apoyando. Tienen miedo pero lo comparten y lo hacen más llevadero. Una pena entre dos es menos pena.

Jesús irrumpe en la casa, se pone en medio de ellos y les comunica la paz. La palabra de Jesús es muy poderosa y la paz los inunda. El miedo da paso a la alegría. Ver al Señor es causa de una inmensa alegría. El papa Francisco nos insistió mucho en vivir la alegría del Evangelio. Nuestra fe en Cristo no puede llevarnos al escrúpulo, al miedo por el castigo o a la obsesión por el pecado. Conocer a Jesucristo y saber que está vivo entre nosotros nos llena de una inmensa alegría porque con él a nuestro lado todo es paz y consuelo.


Jesucristo está con nosotros y nos comunica la paz, su paz. No tengamos miedo. Él ha dado la vida para librarnos de la muerte, el ha cancelado nuestros pecados en su cruz y viene a nosotros para animarnos a vivir la vida nueva. Es verdad que estuvo muerto, que sufrió y fue despreciado pero ahora es el dueño de la muerte y del abismo, el tiene las llaves para dejar la puerta bien cerrada.

Con el Señor resucitado todo es alegría porque sabemos que el sufrimiento es pasajero y da lugar a una felicidad mayor. La alegría de sabernos amados y perdonados, la alegría de vernos liberados de todo mal, y pienso que la mayor alegría es la de estar con el Señor y saber que nunca nos abandona, ni siquiera cuando hemos pecado y nos hemos alejado nosotros de él. Aunque le cerremos las puertas, él irrumpe en nuestra vida y nos transmite la paz.

 

Yo también he creído porque te he visto y he sentido todo lo que obras en mí y en mis hermanos. A veces me asalta la duda pero siempre apareces tú para darme la seguridad de que nunca me fallas. Alabado seas, Señor mío y Dios mío. Ante ti me postro.

 



domingo, 6 de abril de 2025

EL QUE ESTÉ SIN PECADO

  «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». (Jn 8,7) 

Ante la actitud maliciosa de los fariseos, Jesús los pone ante sus propios pecados. Es una enseñanza para todos. Puede recordarnos su llamada a no ver la mota en el ojo del hermano sin quitarnos primero la viga del ojo propio, o a no juzgar porque seremos juzgados con la misma medida. 


Es una realidad que todos somos pecadores, así que es mejor que no nos consideremos jueces de los demás, sino, en todo caso, que nos ocupemos de nuestra propia conversión. 

Lástima que todavía en la Iglesia hay muchos que se erigen en jueces de la vida de los demás, que deciden quién es digno o no de recibir los sacramentos y son capaces hasta de señalar al papa cuando dice que en la iglesia hay lugar para todos. 

La actitud de Jesús, en cambio, es la actitud propia de Dios, la misericordia con todos. Porque Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Por eso él no condena a la adúltera, sino que la anima a no pecar s.  

Así eres tú Señor conmigo. Yo puedo estar temblando y triste por la conciencia de mis pecados, pero  no me condenas, sino que me invitas a no volver a pecar. Me ofreces el perdón y me llamas a la conversión. 

domingo, 16 de marzo de 2025

TRANSFIGURACIÓN

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. (Lc 9,28-31)

 

Jesús se retira muchas veces a orar. Antes de comenzar a predicar se retiró cuarentas días al desierto; otras veces se retiraba y se pasaba la noche en oración. En este texto nos dice que se llevó a tres discípulos y subió con ellos a la montaña para orar.

Debajo de la montaña seguía el mundo con sus problemas, la gente con sus enfermedades, la opresión romana o la manipulación religiosa de los fariseos. Jesús con sus discípulos suben a la montaña y dejan atrás todas estas cosas para orar, para entrar en la presencia de Dios Padre y experimentar algo diferente.

En aquel momento los tres discípulos pudieron ver con sus ojos la divinidad de su maestro y se dieron cuenta que estaban en el mismo cielo, con los santos Moisés y Elías y escuchando la voz del Padre entre la nube. Fue un espectáculo glorioso y a la vez terrible, se encontraban a gusto y también llenos de miedo. Pero después bajaron de nuevo a la realidad con una energía nueva.


Este tiempo de Cuaresma es una llamada a salir de lo cotidiano, a ir al desierto o subir a la montaña para vivir este encuentro con Dios, sentir su divinidad y entrar en el mismo cielo para llenarnos de energía. Es bueno desconectar de los problemas que el mundo nos presenta y centrarnos en estar con el Señor y contemplar que él es Dios y con él no tenemos nada que temer. Es muy saludable experimentar esa seguridad de sentir su amor y su cercanía, de saber que nos espera un futuro lleno de gloria y de felicidad. Después bajamos a la realidad y seguiremos con los mismos problemas, porque las cosas no cambian de forma mágica. Pero podremos vivirlos con una esperanza diferente; podremos sentirnos fortalecidos porque sabemos que contamos con el apoyo de nuestro Dios y Señor.

Qué bien se está aquí contigo, Señor. Me siento seguro, aunque todo se me venga abajo, porque sé que no me dejas y que estarás a mi lado siempre.

viernes, 28 de febrero de 2025

EL ÁRBOL Y SUS FRUTOS

 

Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca». (Lc 6,43-45)

 

Muchas veces nos invita el Señor a dar fruto. Con esta parábola nos está indicando que demos frutos buenos, que demostrarán que en nuestro corazón atesoramos la bondad.

Jesús es nuestro maestro y nosotros somos sus discípulos. No podemos ir de maestros hasta que no hayamos completado el aprendizaje. Es verdad que el Señor quiere que anunciemos su Palabra a todos para atraerlos hacia él, para que conozcan la verdad y sean libres, para que el mundo se salve. Pero primero tenemos que ser discípulos. Para dar frutos de bondad tenemos mucho que aprender de Jesucristo. Toda nuestra vida tendrá que ser un aprendizaje y para ello hemos de estudiarlo en las escrituras, y también es necesario que lo tratemos mediante la oración, para que él en persona nos vaya formando. El fruto de Jesucristo ha sido la entrega de su vida para conseguirnos la Resurrección y el perdón de los pecados. Como dice Pablo, la muerte ha sido absorbida en la victoria.

Somos discípulos antes que maestros. Si nos vamos a poner a corregir los pecados de esta generación, o vamos a señalar los pecados que cometen otros, será muy necesario que hagamos primero nuestro examen de conciencia. Sabemos bien que tenemos mucho que sanar todavía de nuestras actitudes, porque no somos perfectos. Cuando hayamos reconocido nuestro pecado será cuando estemos preparados para ayudar al hermano a corregir el suyo.

Este camino nos propone el Señor para que nuestros frutos sean buenos y demuestren nuestro corazón rebosando de bondad, así también nuestra boca será un anuncio de lo que hay dentro de cada uno de nosotros.

 

Bendito y alabado seas mi Señor y mi Dios por tus Palabras de vida, por tu despojo en el pesebre y tu sacrificio en la cruz, por venir a nosotros como alimento en la Eucaristía. Bendito y alabado por siempre mi Señor. Lléname de tu Espíritu Santo y haz que mi corazón rebose de tu amor y de tu bondad infinita.

sábado, 22 de febrero de 2025

AMAD A VUESTROS ENEMIGOS

 

Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.» (Lc 6,35-38)

 

La esperanza cristiana no se queda en esta vida, porque nosotros hemos conocido a Cristo Resucitado y esperamos también la vida eterna. Sabemos por eso que la bondad y el amor que hayamos tenido serán también lo que Dios nos recompensará cuando llegue el momento del juicio.

Jesucristo ha venido para mostrarnos el amor del Padre y nos ha enseñado cómo Dios es compasivo, por encima de todo, cómo ha puesto empeño en salvarnos al precio más alto, derramando su propia sangre por nosotros. Él no ha venido para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. Él ha entregado su vida por nosotros cuando todavía éramos pecadores, porque tenía que ser así para librarnos del pecado.

Ahora, después de haber conocido esto sólo nos queda acoger esta salvación y responder con el mismo amor que hemos recibido.


La propuesta del evangelio es muy radical, es verdad pero hemos conocido el amor que lo cambia todo en la persona de Jesús. El discípulo de Cristo sólo tiene lugar en su corazón para amar y no cabe otra cosa, no puede haber lugar para el rencor ni para el deseo de mal alguno sobre nadie. El amor se extiende a todos, incluso a sus enemigos porque el Señor nos ha amado y nos ha redimido cuando todavía éramos enemigos por nuestros pecados.

Lo mismo que el maestro, que hasta se ha dado en alimento, el discípulo tiene que darlo todo y estar dispuesto a perderlo todo, a perdonarlo todo. Así seremos una imagen viva del amor de Dios que se desborda y nos deja sin palabras.

En medio de tantos insultos que hoy se pueden ver en distintos ambientes, ante la violencia que desgraciadamente es noticia cada día, ante la injusticia que sigue dominando en muchos lugares, Jesucristo nos propone una revolución: el amor. El papa Francisco nos propone la revolución de la ternura. ¿Creemos que es posible? ¿Pensamos que tiene sentido algo así?

 

Cambia mi corazón, Señor Jesús, transforma mi mente para que pueda comprender bien todo lo que has hecho por mí y esté dispuesto a seguir siempre tus pasos. Dame una fe grande para que tus Palabras penetren hasta lo más profundo de mi alma y muevan todo mi ser a cumplir tu voluntad.

 

sábado, 26 de octubre de 2024

EL CIEGO BARTIMEO

 

Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.» 
Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» 
Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino. (Mc 10,50-52) 

El ciego Bartimeo ha padecido la oscuridad, por estar ciego y también por tener que vivir de limosnas. Al saber que por allí pasa Jesús el Nazareno sabe que tiene la oportunidad de sanarse y empezar una nueva vida. Por eso no pierde la
ocasión para gritar y suplicar misericordia.
 

El ciego hace en primer lugar un acto de fe: reconoce a Jesús como el hijo de David, es decir, lo está proclamando ante todos como el Mesías, que viene a salvarnos. Verdaderamente cree que Jesús es el que puede sanarlo. El Señor Jesús es el cumplimiento de las profecías que anunciaban los días de alegría porque todos los males quedaban sanados. 

Lo habían dicho los profetas. Aunque el pueblo tenga que sufrir por causa del pecado, Dios que es misericordioso, lo salvará y lo llenará de alegría. Este anuncio se ha cumplido con la venida de Jesucristo. 

El ciego ha hecho un acto de fe en Jesús y esa fe es la que lo ha curado. El Señor proclamará ante todos que ha sido su fe: tu fe te ha curado.  

Ha terminado su ceguera en todos los sentidos, porque al haberse acercado a Cristo ha recibido también la luz del Evangelio, y se ha convertido en su discípulo. 

Tampoco hoy nos faltan tinieblas y tristezas que necesitan llenarse de luz y de alegría. Cada uno puede tener las suyas propias y nuestro mundo está todavía clamando a Dios. Pero el Señor, una vez más, cambiará nuestra suerte y volveremos cantando su alabanza. Tengamos fe y también seremos sanados. 

Señor Jesucristo, tú estás siempre con nosotros. Te encontramos vivo de muchas maneras: en la Eucaristía, en medio de la comunidad, cuando oramos... tú estás siempre ahí para que podamos suplicarte por nuestra sanación y sigues llamándonos. Quiero saltar, dejar lo que me apega a este mundo y ponerme en tu presencia para que me des tu luz. 

sábado, 19 de octubre de 2024

JESÚS NUESTRO REDENTOR

 «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.» (Mc 10,42-45) 

 Cuando nos acercamos al Evangelio es necesario que tengamos abierta nuestra mente para algo distinto de lo que vivimos en el día a día. Porque al acercarnos a Jesucristo nos estamos adentrando en el misterio de Dios y se abre para nosotros el mundo celestial. 

El pecado es la causa de todos los males y nos vemos esclavizados por él. El pecado está dando lugar al odio y a la guerra que por todas partes del mundo produce toda clase de sufrimientos entre las personas, es la causa de las desigualdades y las injusticias, de la pobreza y la miseria que obligan a la gente a salir de sus países buscando una vida mejor. El pecado está incluso dentro de cada uno de nosotros que sentimos ese dominio cuando no hacemos lo bueno que deseamos sino el mal que no queremos. 


Pero tenemos un Redentor. La Palabra de Dios nos presenta a Cristo como nuestro Salvador, porque Él ha cargado con el pecado de todos para justificarnos, es decir para hacernos justos y santos. Nosotros hemos pecado y hemos introducido el mal, pero Jesús ha venido a dar su vida en rescate por todos. 

Jesucristo ha cargado en la cruz con nuestros sufrimientos y con las consecuencias de nuestros pecados, por eso hemos sido justificados por el sacrificio de su vida. Ya no tenemos que andar con miedo a Dios, porque hemos sido salvados y Dios no es un juez severo sino un padre lleno de misericordia. Ahora toca vivir agradecidos por el don recibido y corresponder amando al prójimo y cargando con los pecados de los demás para seguir el ejemplo de nuestro Salvador. 

También nos invita la Escritura a acercarnos con fe al trono de la gracia, es decir a Jesús. De él vamos a recibir la misericordia, que es el perdón de nuestros pecados y la gracia que nos auxilia oportunamente, es decir vamos a recibir el Espíritu Santo que nos permite vivir una vida nueva. 

Señor Jesús, tú eres mi Salvador. Tú eres mi Señor. A ti acudo y te invoco cada día. Tu presencia en mi vida me permite afrontar las dificultades y vivir con esperanza.