«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». (Jn 8,7)
Ante la actitud maliciosa de los fariseos, Jesús los pone ante sus propios pecados. Es una enseñanza para todos. Puede recordarnos su llamada a no ver la mota en el ojo del hermano sin quitarnos primero la viga del ojo propio, o a no juzgar porque seremos juzgados con la misma medida.
Es una realidad que todos somos pecadores, así que es mejor que no nos consideremos jueces de los demás, sino, en todo caso, que nos ocupemos de nuestra propia conversión.
Lástima que todavía en la Iglesia hay muchos que se erigen en jueces de la vida de los demás, que deciden quién es digno o no de recibir los sacramentos y son capaces hasta de señalar al papa cuando dice que en la iglesia hay lugar para todos.
La actitud de Jesús, en cambio, es la actitud propia de Dios, la misericordia con todos. Porque Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Por eso él no condena a la adúltera, sino que la anima a no pecar más.
Así eres tú Señor conmigo. Yo puedo estar temblando y triste por la conciencia de mis pecados, pero tú no me condenas, sino que me invitas a no volver a pecar. Me ofreces el perdón y me llamas a la conversión.
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