Los
discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. (Jn 20,20)
El
miedo se había apoderado de los discípulos y estaban encerrados. Tenían buenas
razones. Ellos saben que Jesús está vivo pero todavía no han perdido el miedo. Tienen
algo positivo, están juntos, están unidos entre ellos y se están apoyando. Tienen
miedo pero lo comparten y lo hacen más llevadero. Una pena entre dos es menos
pena.
Jesús irrumpe en la casa, se pone en medio de ellos y les comunica la paz. La palabra de Jesús es muy poderosa y la paz los inunda. El miedo da paso a la alegría. Ver al Señor es causa de una inmensa alegría. El papa Francisco nos insistió mucho en vivir la alegría del Evangelio. Nuestra fe en Cristo no puede llevarnos al escrúpulo, al miedo por el castigo o a la obsesión por el pecado. Conocer a Jesucristo y saber que está vivo entre nosotros nos llena de una inmensa alegría porque con él a nuestro lado todo es paz y consuelo.
Con
el Señor resucitado todo es alegría porque sabemos que el sufrimiento es
pasajero y da lugar a una felicidad mayor. La alegría de sabernos amados y
perdonados, la alegría de vernos liberados de todo mal, y pienso que la mayor
alegría es la de estar con el Señor y saber que nunca nos abandona, ni siquiera
cuando hemos pecado y nos hemos alejado nosotros de él. Aunque le cerremos las
puertas, él irrumpe en nuestra vida y nos transmite la paz.
Yo también he creído porque te he
visto y he sentido todo lo que obras en mí y en mis hermanos. A veces me asalta
la duda pero siempre apareces tú para darme la seguridad de que nunca me
fallas. Alabado seas, Señor mío y Dios mío. Ante ti me postro.

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