domingo, 3 de marzo de 2019

EL DISCÍPULO Y EL MAESTRO


¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

En estos días ha habido una cumbre sobre los abusos a  menores en el Vaticano porque la Iglesia está atravesando una crisis muy grave por el comportamiento indigno de muchos sacerdotes y obispos. Yo mismo puedo decir que me siento muy avergonzado y muy dolido por todo esto. La impresión que me queda es que la Iglesia ha perdido su credibilidad ante el mundo. Pero, como siempre, cuando me detengo a pensar despacio sobre todo lo que ocurre y lo contrasto con la Palabra de Dios voy descubriendo que todo contribuye siempre para algo bueno. Intentaré explicarme.
Tal vez los católicos, sobre todo los sacerdotes y obispos, habíamos llegado a creernos que éramos maestros de la moral o de la vida recta y nos atrevíamos a dar lecciones al resto del mundo desde una pretendida superioridad.  Pero tan sólo éramos el ciego que pretende guiar a otro ciego y, tenía que suceder, hemos caído en el hoyo, como dice Jesús en el Evangelio.
El papa ha comparado varias veces a la iglesia con un hospital de campaña, es decir, un lugar donde todos estamos heridos, pero tenemos al médico que es Jesucristo, sólo él está sano y limpio, los demás estamos todos heridos y necesitamos la medicina que él nos proporciona. Es decir, que los sacerdotes y obispos, o las religiosas o los católicos más comprometidos, todos estamos también heridos por el pecado y también a nosotros nos afecta la ambición, la lujuria y todo aquello que nos aleja del bien. No somos modelos.
 Es el evangelio  el que nos va renovando; los sacramentos nos ofrecen el perdón y el alimento espiritual para ser fuertes ante todas estas flaquezas humanas; la presencia de Jesucristo y su amistad, nos animan a vivir la vida nueva y a tratar de superar todas nuestras bajezas; el Espíritu Santo entra en nosotros y nos mueve y nos puede llevar a realizar cosas que no imaginábamos. Por eso, aunque estamos también heridos, no perdemos la esperanza. Esto es lo que la Iglesia puede ofrecer al mundo. Porque los cristianos no somos maestros, somos discípulos de Jesucristo y no podemos pretender dar lecciones a nadie, porque nuestros propios pecados nos dejan en evidencia; pero sí podemos anunciar a Jesús y proponerlo a todos como Maestro que nos enseña, que ha dado ejemplo y nos puede transformar en nuevas criaturas. Cuando terminemos el aprendizaje, o sea después de toda una vida, podremos llegar a ser cómo él.

      En ti, Señor Jesucristo he puesto mi confianza porque de ti me llegará la Victoria. Junto a ti me espera la vida eterna y la felicidad de tu Reino. Tú haces que mi esfuerzo no sea vano y tu vida me anima a darlo todo por ti y a no desanimarme por las dificultades.
       Fortaléceme, Señor, lléname de alegría, aparta de mí el miedo y el desánimo, porque dedicar el tiempo al anuncio de tu Palabra es lo más maravilloso que un hombre puede hacer en este mundo.

domingo, 24 de febrero de 2019

AMAD A VUESTROS ENEMIGOS


Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida que midiereis se os medirá a vosotros». (Lc 6,36-38)

La serpiente que engañó a Eva la invitó a comer del fruto prohibido para que llegara a ser como Dios en el conocimiento del bien y del mal. Ciertamente, llegar a ser como Dios es un gran deseo. Y el mismo Jesucristo es quien nos anima también a ser como Dios. Pero no nos confundamos, lo que caracteriza a Dios no es ser todopoderoso ni saberlo todo ni verlo todo; estas cualidades de Dios son grandes pero no son las más importantes. Lo que de verdad define a Dios no es su poder o su sabiduría sino su amor. Así que podemos volver a sentir el deseo que tuvo Eva: llegar a ser como Dios. Para eso hay que tener el corazón de Dios y mirar a cada persona como Dios la mira. No es de extrañar que Jesús hable de amar incluso a los enemigos y de responder incluso a las agresiones desde el amor.
Hoy día, con las redes sociales y el anonimato que se nos permite a través de internet, podemos leer muchos mensajes de odio. A veces de odio gratuito. Pienso también en el odio que se siembra señalando y acusando a unos y otros de grandes maldades o echándoles la culpa de los males que tenemos. Esto no es nada nuevo, ya lo hizo Nerón con los cristianos o Hitler con los judíos.
Estos discursos de odio lo que hacen es recibir más odio como respuesta y entramos así en la espiral del odio: si tú me has hecho esto yo estoy legitimado para hacerte lo mismo. Y no acabamos nunca.
Jesús fue víctima del odio de mucha gente. Recordemos cómo lo calumniaban y lo acusaban de estar endemoniado, de promover la rebelión o de ser un blasfemo; recordemos a la gente burlándose de él cuando estaba en la cruz, a los soldados que lo golpeaban, a Judas que lo besó para entregarlo o a los apóstoles que salieron corriendo y lo dejaron solo porque tuvieron miedo. Pero él no quiso encerrarse en la espiral del odio y sus palabras fueron: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.
Así que estamos llamados a ser como Dios. A ver si es verdad que somos capaces de hacer la revolución de la ternura.
Y para alcanzar esta meta de ser como Dios tenemos que seguir al verdadero experto, tenemos que dedicar mucho tiempo a conocer a Jesús en el Evangelio y en el encuentro personal con él en la oración.
 Cómo me gustaría ser sembrador de amor a todos, cómo me gustaría que saliera adelante un movimiento social que nos fuera haciendo descubrir todo lo bueno que hay en las personas que tenemos alrededor para que lo que más brille sea todo lo bueno y bello que estamos aportando unos y otros a este mundo. Y que los mensajes de odio y rechazo dejen paso a mensajes de amor y de acogida.

Señor Jesucristo, verdadero maestro en hacer la voluntad del Padre, verdadero experto en el amor. En ti hemos recibido el mayor testimonio y has hecho ver que tus palabras son verdad y vida. Nosotros somos débiles y estamos heridos por el pecado pero tú nos llenas con el poder del Espíritu Santo. Por tu sangre derramada nos has concedido la posibilidad de entrar en la divinidad y nos has enviado tu Espíritu Santo para que con su ayuda superemos todo lo que nos ata a este mundo. Concédenos tu amor para que seamos la sal y la luz capaz de cambiar el corazón humano.

sábado, 16 de febrero de 2019

Dichosos


Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. 
(Lc 6,20-23)

Yo creo, que siendo sinceros, nos cuesta mucho aceptar estas palabras de Jesús. Cuando vemos a los que tienen más, a los que son más reconocidos o disfrutan de las cosas porque no les falta de nada, pensamos que son felices de verdad y puede que sintamos que nosotros no lo somos. Ciertamente, Jesucristo, nos deja desconcertados con su mensaje que lo cambia todo y dice las cosas al revés.
Por eso, las palabras del Señor merecen ser meditadas despacio. Y es posible reflexionar sobre la vida de cada uno y descubrir qué es lo que nos hace dichosos y qué nos hace infelices. Yo, cuando pienso despacio en todo esto, me doy cuenta de que no ha sido el tener cosas o el disfrutar en un momento dado lo que me ha hecho feliz. Muchas de estas alegrías se han pasado y han dejado su espacio para un gran vacío. En cambio hay muchas pequeñas cosas de cada día que son las que de verdad llenan mi vida. Son las actitudes sencillas que reciben grandes recompensas. Yo creo que se cumplen las Bienaventuranzas de Jesús.
El Señor me ha ido guiando para que comprenda cómo no ha sido la riqueza ni el bienestar lo que me ha traído la felicidad. Ha sido la fidelidad a su Palabra, ha sido la confianza plena en él, muchas veces en medio de contradicciones muy grandes. Porque no han faltado muchos momentos difíciles, muchos sufrimientos y también incomprensiones. Pero en medio de todo esto el Señor me ha permitido descubrir que nunca deja de estar conmigo para sacarme adelante. He podido ver que para hacer grandes cosas basta con tener fe, porque la fe lo alcanza todo y va despejando el camino. El Señor me ha regalado madres, padres, hermanos e hijos, porque cuando se vive el amor que viene de él parece que te envuelve. Esta alegría no se logra con cosas de este mundo. Es un don.
Luego viene la segunda parte. Parece que también es un error. ¿Cómo no van a ser felices los que tienen, los que ríen y lo pasan bien? Pero también la vida me enseña. Hay que detenerse para ver la realidad. Gracias a los medios de comunicación vemos cómo los que estaban en lo más alto terminan en lo más bajo. No les sirvió de nada tenerlo todo.

La alegría me viene de haberte conocido, Señor Jesucristo. Cuando más soy capaz de desprenderme de todo más me puedo llenar de los bienes verdaderos, de lo que vale de verdad. Cuanto más me doy, más recibo, cuanto más muero a mí  mismo más vida tengo. Lo que parece imposible o ridículo, contigo se vive como lo más verdadero. Gracias, Señor Jesucristo por haber venido a buscarme y enseñarme tu camino.

domingo, 6 de enero de 2019

La estrella y la alegría


Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. (Mt 2,10)

Los magos se dejaron guiar por aquella estrella para ir al encuentro del Señor. La estrella significaba una gran luz, una gran esperanza para sus vidas, una alegría difícil de contar: Dios ha entrado en nuestro mundo y ya no hay lugar para las sombras.
Es verdad que en el mundo hay una batalla entre el bien y el mal. Es verdad que las tinieblas se abren camino entre nosotros. También los magos pudieron ver con sus propios ojos a Herodes con su ambición y su maldad, y conocieron a los expertos de la escritura, que sabían que el Mesías nacería en Belén pero que no parecían interesados en ir a encontrarlo. Son las sombras del pecado, del mal, del poder del diablo o como queramos llamarlo, están en nuestro mundo y dejan notar todo su mal. Pero los magos han visto la estrella, han encontrado la luz que los lleva a Jesucristo.
La estrella es la luz del Señor que viene a alumbrar este mundo. No es la iglesia, no soy yo, es el Señor el que ilumina todas estas tinieblas. El Señor ama a este mundo porque lo creó por amor y quiere llenarlo de su amor. Esta luz se deja ver y muchos la encuentran y caminan hacia ella y vienen de todos los lugares del mundo.
Es la luz del que sabe superar los afanes terrenos porque mira más allá y descubre el valor de los bienes celestiales; es la luz del que ha encontrado a Jesucristo y sabe que ya su vida no tiene otro sentido que el Evangelio. Es la luz de todos aquellos que viven una vida de oración y de unión profunda con Dios, aunque para el mundo pueda parecer un asunto inútil. Es la luz del que tiene una alegría profunda que brota en cada instante y no decae ni siquiera ante los grandes problemas y los sufrimientos. Es la luz del que se ha llenado del amor de Jesucristo y va irradiando ese amor por donde quiera que va, transmitiendo alegría y paz a todos los que se encuentra. Es una luz que se pasa de unos a otros y va creciendo de forma sorprendente ante nuestros ojos.
Esta luz viene de Jesucristo que ha entrado en este mundo y se ha quedado con nosotros para siempre.
Hoy es un día para abrir los ojos y encontrar la estrella para ponerse en camino y seguirla hasta llegar al mismo Cristo. Pero también es un día para unirnos a Jesús y ser una estrella que brille y señale a otros dónde está el Señor.

Ya que tú eres la luz deja venir un rayo de tu divina luz sobre mi pobre alma para que yo pueda verte y comprenderte. (A. Chevrier)


domingo, 9 de diciembre de 2018

PREPARANDO EL CAMINO


La Palabra de Dios vino sobre Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región de Judea predicando que se convirtieran y se bautizaran para que se les perdonaran los pecados. (Lc 3, 2-3)


Cuando el cumplimiento de la promesa de Dios está a punto de despuntar aparece Juan el Bautista. El es el precursor que va a preparar el camino para recibir al Mesías. San Lucas nos dice que vino sobre él la Palabra de Dios. Juan no se ha lanzado al desierto por su cuenta. Ha sido el Espíritu Santo que lo ha inundado con la Palabra de Dios para convertirlo en un profeta que comunique al pueblo el mensaje. Juan no habla de lo que a él le parece, está transmitiendo un mensaje que ha recibido y que tiene que comunicar a los demás. Es el cumplimiento de la profecía de Isaías: preparad los caminos del Señor. El cumplimiento también del anuncio de Baruc: los montes se abajarán para allanar el camino.
El Señor viene y podemos ponérselo más fácil. Por eso Juan comienza llamando a la Conversión y ofreciendo el bautismo como signo del perdón de los pecados.
Necesitamos que el Señor venga. Cada año, por estas fechas recordamos todo aquello que nos hace gritar: ven Señor y sálvanos. Porque todavía hay muchas cosas en este mundo que se tienen que arreglar, porque todavía sigue la violencia y todavía no somos hermanos y necesitamos que vengas a cambiar nuestros corazones, que intervengas para que toques lo más íntimo de la gente y todos se vuelvan a ti.
Podemos encontrar muchos signos de luz en medio de la oscuridad, sí. Podemos descubrir a muchos creyentes que han encontrado a Jesucristo y han descubierto en el Evangelio la razón de su vida. Podemos descubrir a mucha gente sencilla, que pasa desapercibida pero que confía en las promesas del Señor y lucha por limpiar sus pecados y trabaja por el Reino de Dios, muchas personas dispuestas a hacer el bien y a alegrar la vida de su prójimo, muchas personas que encuentran fuerza en la oración y que celebran la Eucaristía con verdadero entusiasmo descubriendo a Cristo vivo entre nosotros. Los montes se abajan y los valles se levantan. El Señor está cerca, muy cerca de nosotros y podemos abrirle nuestra casa.
Como san Pablo que descubre al Señor en la vida de los filipenses y sabe que llevará a término la buena obra que ha comenzado en ellos y también que ora y pide a Dios por su comunidad, yo también me alegro por todo lo que Dios está haciendo y elevo mi oración.

Yo también quiero prepararte el camino. Haré más oración, me despojaré más de mis apegos, miraré más hacia ti y te daré gracias por todo lo que me das constantemente.
Ven pronto, Señor. Haz conocer tu gloria para que todos puedan mirar hacia ti y crean en tus palabras, para que se aleje la violencia de entre nosotros y crezca el amor y la fraternidad, para que aprendamos a amarnos por encima de todas las diferencias y sepamos valorarnos y respetarnos.
Ven pronto, Señor y deja al mundo contemplar tu gloria para que no perdamos la esperanza en los momentos difíciles, para que tengamos claro que ni la muerte puede apartarnos de ti y gocemos al saber la gloria y la felicidad que nos espera.
Ven pronto, Señor, para que nos ilusionemos con tu mensaje y no dejemos de trabajar por tu Reino.

viernes, 7 de diciembre de 2018

INMACULADA


Alégrate, Llena de Gracia, el Señor está contigo. (Lc 2,28)
                        
El ángel Gabrial se dirigió a María con un nombre nuevo: Llena de Gracia, después insiste: has encontrado gracia ante Dios. Es una hermosa forma de presentar a María como la elegida para la misión más importante, dar a luz al Salvador del mundo.
Al llamarla Llena de Gracia, nos está explicando que ha recibido de Dios algunos privilegios especiales, siempre mirando a la muerte y Resurrección de Jesucristo: ha sido liberada definitivamente del pecado. En ella no ha tenido efecto el pecado original. Por eso podemos celebrar su fiesta para contemplar en ella a la mujer que aplastó la cabeza de la serpiente.
El demonio había conseguido engañar a Eva y con la desobediencia de los primeros padres tuvo entrada en el mundo para traernos el mal. Desde entonces el pecado nos ha ido enfrentando y destruyendo. Desde entonces el pecado ha bloqueado nuestras posibilidades de vivir plenamente felices.
Pero María le ha aplastado la cabeza, según el anuncio que Dios mismo hizo en el comienzo de la historia. Ante ella ha perdido todo su poder, se ha quedado desarmado.
Dios ha convertido a María en un verdadero escudo contra los ataques del demonio. Ella es la llena de Gracia y el pecado no ha podido tocarla. Pero este privilegio especial de María no se le ha concedido para su grandeza sino para que todos podamos beneficiarnos junto con ella y con Hijo Jesucristo.
Yo no tengo duda de cómo tantos pecados que oscurecen la vida humana tienen como origen al diablo que seduce al hombre y le hace creer que sin Dios alcanzará más libertad y será más feliz. Luego ocurre lo contrario, que se avergüenza ante su desnudez y se siente caído y desgraciado. Yo no tengo duda de cómo el diablo ha entrado incluso en la misma iglesia, en la vida de los creyentes, animándonos a no vivir de verdad las exigencias del Evangelio y a compaginar la vida religiosa con un estilo de vida mundano y alejado de Dios. Yo no tengo duda de que es el diablo el que nos instiga a dividirnos y enfrentarnos entre nosotros mismos, y también el que me engaña cada día y me propone el camino del egoísmo y del bienestar, me muestra como un logro de la libertad la desobediencia a Dios, para que me aleje del sacrificio, de la cruz y del amor verdadero que es el que da la vida.
María es el escudo seguro. De su mano puedo vencer a Satanás, porque ella es la que ha aplastado la cabeza de la serpiente y es muy poderosa contra el maligno.
Celebrar hoy la fiesta de la Inmaculada no es sólo poder admirar a María por los privilegios que Dios le ha concedido para ser la madre de Jesucristo sino unirme fuertemente a ella para que me defienda de los engaños del maligno y me lleve hacia Jesucristo el Salvador.

¡Qué admirable es tu presencia, Virgen Inmaculada. En ti todo es belleza, en ti deslumbra el amor, contigo brilla la santidad y lo iluminas todo con la luz de tu Hijo Jesucristo.

sábado, 1 de diciembre de 2018

VIGILANTES


Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre». (Lc 21,36)

Tal vez, echando una mirada a tu alrededor, tengas la impresión de que hay muchas cosas que van mal y que no se van a solucionar. Los pobres siguen clamando justicia y parece que no hay respuesta. Todavía vemos muchas guerras y muchas injusticias, todavía vemos como triunfan los corruptos y sufren los inocentes.
Pero mirando a la iglesia encontramos que en su seno también está la contradicción. Mucha gente ya desconfía ante los escándalos que van apareciendo cada día y parece también que prospera la mediocridad y la superficialidad, mientras que nuestro mundo se conforma con una espiritualidad que no se compromete y con una religión de actos bonitos.
Y no me voy a quedar sin mirarme a mí mismo. Porque ante todas estas cosas no puedo pensar que yo estoy libre de estos males. También dentro de mí está la contradicción y el pecado. Es verdad, me puede el materialismo, me inunda el pesimismo y no tengo la fe que tendría que ser un testimonio para los demás. Yo también me quedo sin aliento ante lo que se le viene al mundo.

Pero el Evangelio quiere ser un motivo para recuperar la alegría. Jesús, con sus expresiones apocalípticas, no pretende meternos miedo sino todo lo contrario, hacernos una llamada a la confianza y a la alegría. Que sí,  que Dios se ha comprometido con nuestras vidas, que lo ha prometido y lo ha repetido muchas veces por medio de los profetas y que lo ha cumplido enviando a su Hijo amado para que nos salve. A pesar de lo que vemos y de todo lo que nos puede hacer desesperar, Dios no nos va a fallar. Como dice nuestra sabiduría popular, después de la tormenta viene la calma. Las situaciones de confusión son el anuncio de algo nuevo y maravilloso que está a punto de llegar.
Por eso, lo que hay que hacer no es quejarse y mucho menos lamentarse. No vale el pesimismo ni el derrotismo. Estos momentos difíciles son la prueba a la que estaremos siempre sometidos, pero esta prueba se vence manteniendo firme la fe y la unión con Jesucristo. Es necesaria la oración, pidiendo fuerza para escapar de todo esto y la confianza en la ayuda constante de Dios. Es muy importante la fidelidad a la Iglesia, la comunión entre nosotros, la celebración de los sacramentos. Y buscar constantemente al Señor, que en el encuentro con él y en la meditación de sus palabras encontraremos siempre el apoyo y la fortaleza en todas nuestras dificultades.

Señor Jesucristo, en medio de la tiniebla te busco a ti que eres la luz del mundo. Camina a mi lado, lléname de tu luz, fortalece mis pasos y concédeme la paz de quien confía en ti. Aleja de tu Iglesia el poder del diablo para que en ella reine la luz del Evangelio y pueda ser la luz de las gentes. Llena el mundo de tu gloria y que tu presencia traiga el amor y la fraternidad entre los hombres.