sábado, 9 de octubre de 2021

CIEN VECES MÁS

 

«Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna.» (Mc 10,29-30)

 

En el Evangelio leemos cómo aquel hombre bueno que había cumplido los mandamientos se marchó muy triste cuando Jesús lo animo a vender todos sus bienes y repartir el dinero a los pobres. Se marchó triste porque era rico y estaba apegado a sus cosas. No le fue difícil cumplir los mandamientos pero llegar hasta la entrega total para seguir a Jesús ya era otra cosa. ¿Se marchó para no volver? El evangelio no nos dice nada al respecto, pero yo me imagino que aquella mirada de Jesús llena de amor debió de quedarse clavada en él fuertemente y tal vez pudo ir haciendo un camino con Jesús para llegar a la donación total de su persona.

Frente a este hombre están los apóstoles que lo han dejado todo para seguir a Jesús. Para estos Jesús promete el ciento por uno de lo que se ha dejado y la vida eterna en la edad futura. La verdad es que es una oferta muy interesante. Lo que pasa es que hay que descubrir este tesoro escondido que vale más que todas las riquezas. Hay que entender que es mejor tener riquezas en el cielo y no acumular bienes en la tierra donde no vamos a estar eternamente.


En parte yo soy como el rico apegado a mis cuatro cosas y en parte soy también como los apóstoles, porque yo también lo he dejado todo. Podría decir que no es blanco ni negro ni gris lo que hay en mí sino una gama de colores.

Yo he renunciado a mi familia, a mis raíces y a muchas cosas de mi vida para dedicarme por entero al anuncio del evangelio. He renunciado a formar una familia o a tener un trabajo que me procure mejores ganancias. Estoy abierto a obedecer y a ir a donde me digan. Esto es renunciar a las cosas materiales, sin duda. Por eso también confío en que Jesús cumplirá en mí su promesa de darme el ciento por uno, aunque no falten persecuciones o problemas de cualquier clase.

Pero reconozco también que tengo mucho apego y que no acabo de desprenderme del todo, reconozco que me causa mucha tristeza verme solo o sentirme pobre, reconozco que me gustan las cosas que tengo y que me he querido preparar el futuro por lo que pueda pasar. No tengo mucho, pero tengo mucho apego a lo que tengo.

El Señor me dice que me deshaga de todo y yo, como el joven rico, no soy capaz y me siento triste de pensarlo. Pero no dejo de seguir a Jesús y espero que él sea capaz de cambiar en mí todo esto. En él encuentro la verdadera sabiduría.

 

Señor Jesucristo tú eres la verdadera sabiduría, tus palabras son más valiosas que todas las riquezas del mundo, tu vida y tu amor están por encima del oro y de la piedras preciosas. Yo sé bien que tú multiplicas por cien todo lo que se pone en tus manos. Aumenta mi fe para creer en tu evangelio, aumenta mi caridad para desprenderme de todo lo que me ata a este mundo pasajero.

sábado, 18 de septiembre de 2021

 

Acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.» (Mc 9,36-37)

 

Jesús anunciaba su muerte y resurrección pero los discípulos andaban discutiendo entre ellos sobre quién era el más importante. Una vez más se ve el contraste entre pensar como Dios y pensar como los hombres. El Señor tenía una tarea complicada para poder hacer entender a sus seguidores el mensaje que estaba transmitiendo, porque se trata de hacer las cosas al revés de lo que el mundo nos ofrece. Es decir, que no hay que buscar grandezas sino hacerse pequeños, que el esfuerzo en la vida no tiene que buscar ser más o tener más o llegar más alto sino todo lo contrario, ser menos, hacerse más pobres y quedarse en el último puesto. Pero ¿quién puede entender algo así? Esto es lo que Jesús está viviendo y es lo que está enseñando. Hay que transformar la mente por completo para alcanzar a comprenderlo y esto requiere un trabajo constante que nos lleva toda la vida.

Por eso Jesús propone a un niño como ejemplo. Él se siente identificado en los niños. No sólo por su inocencia (que sabemos que también hay niños con maldad) sino porque es pequeño e insignificante. Un niño no nos va a conseguir un puesto importante ni nos va a lograr mucho dinero. En aquella época era todavía más claro. Así es Jesús, como un niño y así quiere que lo acojamos en los pequeños y en los que no tienen ninguna relevancia. Acoger a un niño es como acoger a Dios. ¿Qué significa esto?


Me da mucho que pensar. Porque a veces también busco a Dios para beneficiarme de todo lo que me promete, podría decir que busco a Dios porque me conviene. Estando cerca de Dios me puedo sentir más seguro, descubro un amor que me sobrepasa y recibo mucha paz y consuelo para mi vida. Y Dios quiere que lo acoja en un niño que no me va a lograr nada, incluso puede traerme complicaciones en mi vida.

Ya decía san Juan que el amor a Dios se demuestra amando al hermano, pues del mismo modo, acoger a Dios se demuestra cuando acogemos a los niños, a los pequeños e irrelevantes que no sólo no nos van a dar nada sino que además nos pueden complicar bastante la existencia.

Así lo vivió Jesús, su vida se complicó hasta el punto de ser condenado a la cruz y experimentar la más terrible soledad. Porque en el mundo además de los buenos y sencillos existen también los malvados y manipuladores y se siente molestos con el que es fiel a Dios y sigue sus caminos. Pero  no nos engañemos, la sabiduría sólo viene de Dios de los que le son fieles. Aunque el justo se vea sometido a la tortura y a la muerte ignominiosa no será abandonado de Dios, que es un Padre y sólo desea lo mejor para sus hijos.

Vivimos tiempos de confusión. Se nos quiere hacer creer que da lo mismo una cosa que otra, que todo es cuestión de lo que cada uno vea como bueno o malo, pero eso no es así. No es lo mismo vivir el amor que sembrar el odio, no es lo mismo darse a los demás que aprovecharse de ellos, no es lo mismo sacrificarse por el bien de todos que dejarse llevar por el propio egoísmo y vivir sólo para sí mismo. No es lo mismo.

Siempre habrá quien no quiera escuchar un mensaje de paz y amor, que no quiera saber que Dios es Padre misericordioso porque eso significa también esforzarse en vivir una vida nueva. Siempre habrá quien persiga y calumnie al que vive de forma intachable porque pone en evidencia el mal y la mentira.

Por eso hoy también es necesario hacerse pequeños para entender a Jesús. Hay que acoger a los niños para conocer a Dios más de cerca.

 

Siento que mi razón y mis sentimientos están también contaminados por mi condición de pecador. Señor yo no siento deseos de buscar humillarme, de no ser  nada. Todo mi ser está corrompido y por eso tengo que pedirte que vengas tú a renovarlo todo. Tú puedes entrar en mi vida y hacerte dueño de mi razón y también de mis sentimientos. Es la única forma que veo que me puede liberar de mis afectos desordenados para llenarme de toda la luz que hay en ti. Así será posible que me sienta feliz siendo pequeño e insignificante y que no me importe perderlo todo porque sólo tú eres mi riqueza y mi felicidad.

 

 

 

 

 

sábado, 29 de mayo de 2021

EL ÚNICO DIOS

 

«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.» (Mt 28,18-20)

 

Nuestro mundo moderno nos ha permitido conocer la grandeza del ser humano. Tenemos grandes avances en la tecnología que nos dejan impresionados; pienso en esto de la informática y de internet que nos permite casi tener el mundo en una mano. Algunas personas ante tanto poder llegan a sentir que tocan el cielo, que se han convertido en dioses. Hoy hay en nuestro mundo gentes tan poderosas que se sienten capaces hasta de decirnos cómo tenemos que vivir, qué tenemos que comer o cómo debemos de divertirnos.

En medio de todo esto nos ha llegado un virus que nos ha recordado que, en realidad somos muy débiles, muy vulnerables. Un bichito casi invisible puede llegar a pararlo todo. Así es de débil el poder humano. Y es que no hay más que un Dios por más que queramos ignorarlo.

Este Dios único no ha pretendido imponernos nada. Simplemente nos ama como un padre y quiere que seamos felices, por eso nos indica el camino para nuestro bien. Frente a las pretensiones de los grandes de nuestro mundo, el Dios verdadero ha preferido venir a nuestro encuentro y hacerse cercano, mostrarse como Padre misericordioso y ofrecer lo más querido, a su Hijo amado para que lo dé todo por amor. Jesucristo se ha hecho pequeño, se ha rebajado y nos ha dado su vida para que conozcamos la verdadera grandeza, que no es el poder sino el amor que lo entrega todo.

Para que podamos comprenderlo y seguir este camino de vida nos ha enviado también el Espíritu Santo que sigue haciendo posible la acción amorosa de Dios en medio de nosotros.

Yo quiero hoy mirar de nuevo al cielo para descubrir al único Dios verdadero.

 

Me siento perdido, Señor Jesús, en medio de mi propia flaqueza. Te miro a ti y sé que puedo contar contigo. Tú me conoces y me dices que no tema. Lo has prometido y no puedes fallar a tu Palabra, estás conmigo todos los días, estás con tu iglesia siempre hasta el final del mundo. Gracias por tu presencia y por tu cercanía. Tú eres mi consuelo en la dificultad.

domingo, 16 de mayo de 2021

JESUS SUBE AL CIELO

Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban. (Mc 16,19-20)

 

Celebramos la fiesta de la Ascensión como un momento culminante de la Pascua. El Hijo de Dios que ha bajado al mundo para salvarnos, ha sufrido y ha muerto en la cruz pero ha resucitado y ya no muere más, además ha subido al cielo y está sentado a la derecha de Dios, tiene todo el poder y toda la gloria de Dios.

Este retorno de Cristo al Padre supone que ya han cambiado muchas cosas. Dios ha cumplido su promesa de salvación; con la entrega del Hijo único hemos sido liberados del poder del pecado, ha sido derrotado el diablo con sus tentaciones, la muerte ha sido vencida y nos espera la resurrección y la felicidad eterna con Dios. Cristo vuelve al Padre  pero ahora tiene un cuerpo humano que lleva en su carne las marcas de la pasión pero que ya está lleno de gloria. Jesucristo regresa al cielo pero ha dejado en la tierra la semilla del Evangelio, la Buena Noticia que tiene que ser anunciada a toda la creación.

Jesucristo regresa al Padre pero no nos abandona, sigue con nosotros y nos alienta en la transformación del mundo. Nos ha prometido el Espíritu Santo que nos permitirá realizar las obras que él mismo hacía durante su vida terrena y nos ha asegurado que volverá de nuevo para culminar así la salvación del mundo.

Mientras esperamos su venida gloriosa no podemos quedarnos mirando al cielo. Es la hora de salir a proclamar a toda la creación esta Buena Noticia y acompañar este anuncio con las señales que el Señor nos permite realizar.

Cuando se acoge con la fe el anuncio del Evangelio suceden cosas extraordinarias. Si creemos de verdad en Jesús resucitado veremos cómo se cumple todo lo que él nos ha dicho y quedaremos sorprendidos al ver como se ahuyentan los demonios, se sanan los enfermos, se hablan lenguas nuevas y estamos protegidos de todos los peligros.

El Señor ha subido al cielo, pero sigue muy cerca de nosotros y podemos gozar de su presencia y de todo lo que nos ofrece.

 

Señor Jesucristo, te contemplo lleno de poder y de gloria sentado a la derecha del Padre. Espero tu venida gloriosa al final de los tiempos y mientras tanto siento tu llamada a llenar este mundo de todos tus beneficios. Tu Palabra sigue cambiando mi vida, en la Eucaristía te puedo contemplar en la forma de pan y de vino, siento que estás acompañando a la comunidad que se reúne en tu nombre y siempre te encuentro cercano cuando me dirijo a ti en la oración. Gracias Señor por todos tus dones.


domingo, 2 de mayo de 2021

La vid y los sarmientos

 

Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. (Jn 15,1-2)

 

Al que da fruto lo poda para que dé más fruto. Esto es lo que me ayuda a comprender las pruebas y las situaciones que me desconciertan. No sé si estaré dando el fruto que debo, pero el hecho de que paso por la poda continuamente es señal de que sí estoy dando fruto y por eso el viñador, el Padre, me poda cortando todo lo que no es auténtico.


La verdad es que siempre termino mirando el evangelio según mis propias manías o mis preocupaciones concretas. Creo que eso no es malo, el evangelio hay que aplicarlo a la vida. Pero necesito la poda, necesito confrontar la voluntad de Dios con lo que es mi propia voluntad, comprender con más autenticidad la palabra de Dios y despojarla de todo lo que son mis particularidades. Necesito la poda para pasar de una fe infantil a una fe madura. Necesito la poda para dejar de confiar en mí mismo, en mis cualidades y en mis métodos y confiar en el poder de Dios. Necesito la poda para ser capaz de abandonarme a Dios y no tener miedo a nada.

Visto todo esto, mirando todo lo que hay en mí, reconozco que necesito mucha poda. Sé que la poda duele, que no es algo fácil. Pero me hará ser más auténtico y vivir con pasión mi entrega sacerdotal.

 

Yo te bendigo y te adoro, Señor Jesús, porque me permites estar unido a ti y dejas correr la savia de tu amor por mi vida para que produzca fruto abundante. Yo no puedo hacer nada sin ti pero contigo es posible vivir el amor y transformar el mundo.

jueves, 1 de abril de 2021

AMOR HASTA EL EXTREMO


 

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. (Jn 13, 1)

 

Me quiero dejar impresionar por este amor de Jesús hasta el extremo. Él ama sin medida de ninguna clase. Lo da todo y no espera nada. Es más, los discípulos no estarán a la altura de lo que está ocurriendo, pero él se entrega hasta el final.

Dos amores muy fuertes descubro en Jesucristo: el Padre que es quien lo ha  puesto todo en sus manos. Viene de Dios y a Dios regresa. No tiene nada que temer, aunque le espere la pasión y la muerte. Todo está en las manos del Padre al que se encomendará en el momento final.

El otro amor son los hombres, los suyos que estaban en el mundo. Los ama aunque no es correspondido, porque ellos están más pendientes de sus asuntos.

Como era humano, no puedo pensar que le diera igual la actitud de los apóstoles que no comprendían nada de lo que estaba sucediendo. Pienso que para él era triste sentirse tan solo en un momento tan importante, pero su amor sigue fuerte. Los amó hasta el extremo y lo dio todo por ellos.

Pasará el tiempo, sucederán muchas cosas y llegará el momento en que los discípulos descubrirán el don que han recibido de Dios de tener entre ellos a Cristo y de haber participado en todos estos acontecimientos tan difíciles.

 

Señor Jesús cómo me impresiona hoy saber que soy amado de una forma tan incondicional. Puedo reconocer que yo no estoy a la altura de tanto amor, de un don tan extraordinario. Sé que soy ingrato contigo. Sé que protesto por todo y no me conformo con nada. Sé que recibo muchos dones y que no soy capaz de agradecerlos porque sigo en mis cosas, en mis manías, en mi egoísmo… porque me miro a mí mismo y no te miro a ti que eres quien me lo da todo. Limpia esta mirada mía. Que hoy, al celebrar una vez más la Santa Cena, tu amor me inunde y tu presencia viva en mí me llene de tu luz.

sábado, 6 de marzo de 2021

EL VERDADERO TEMPLO

 

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.» (Jn 2,13-16)

 

No me encaja la imagen de Jesús enfadado y violento, lo reconozco. Pero es un relato que recogen los evangelistas y tiene un mensaje claro para mí. Por eso necesito hacer el esfuerzo de meditarlo y acogerlo.

Primero me llama la atención la frase: No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre. Es una llamada fuerte a no convertir el signo, que es el templo, en lo absoluto, que es Dios. Es decir, el templo no puede ser el centro de interés, ni siquiera el culto, sino Dios.


Esto me ha hecho pensar en el culto que le damos a nuestras imágenes sagradas. Muchas veces se convierten en lo absoluto y se les dedica mucha atención, se les atribuyen milagros. Yo pienso que se llegan a convertir en ídolos y comprendo el mandamiento de Dios de no hacerse imágenes de ninguna clase. La imagen de Dios es el ser humano.

También me llama la atención el signo del que habla Jesús ante la petición de los judíos: destruid este templo y lo levantaré en tres días.  Es un anuncio de su muerte y resurrección. Los discípulos recordarán después que él lo había dicho. Al hablar así está revelando su divinidad. Su cuerpo es el verdadero templo donde habita Dios y no el magnífico edificio de piedra del que solo queda el muro de las lamentaciones.

Es el signo de la cruz, que según Pablo, es necedad y escándalo. Hace falta reconocer a Jesús como Dios para aceptar sus palabras, porque no va a haber otro signo que nos consuele o nos permita confiar en él.

Finalmente aparece Jesús desconfiado de la gente. De pronto tiene muchos discípulos pero él conoce lo que hay dentro de cada persona y sabe que cuando las cosas se pongan difíciles todos lo abandonarán, hasta Pedro lo negará. La confianza de Jesús está puesta sólo en el Padre que lo ha enviado y por eso estará dispuesto a llegar hasta el final. No busca la aprobación de los hombres sino el cumplimiento de la voluntad del que lo ha enviado.

 

Una vez más, Señor, tengo que contemplarte en la cruz como respuesta a todas mis preguntas y mis dudas. Tú me enseñas que cuanto más se muere más vida se tiene. Es una paradoja pero yo creo en ti y en tu Palabra.

Hoy me siento perdido ante los desafíos de este mundo. No tengo respuesta ante los argumentos de unos y de otros, soy débil frente a los poderosos que tienen tantos medios para influir en la forma de pensar de la gente, soy incapaz de frenar la violencia y el odio que se extiende con mensajes muy bien preparados. Frente a todo esto tú me llamas a ser testigo del Evangelio y sólo puedo mirar a la cruz. Veo a un hombre fracasado, solo y muriendo de forma injusta y sé que ahí está la verdadera sabiduría y la verdadera fuerza porque Dios está presente en esta debilidad.