sábado, 19 de mayo de 2012

Ascensión del Señor


A los que crean les acompañarán estos prodigios:
en mi nombre echarán los demonios;
hablarán lenguas nuevas;
 agarrarán las serpientes y,
aunque beban veneno, no les hará daño;
pondrán sus manos sobre los enfermos
y los curarán.(Mc 16,17-18)

Jesús había hecho grandes prodigios durante su vida y, antes de irse al cielo, quiere dejar a sus discípulos el encargo de continuar con su misión. Los apóstoles habían sido duros para creer en la Resurrección pero aun así el Señor sigue confiando en ellos. Porque no serán sus cualidades personales ni su buena capacidad para predicar sino el poder del Espíritu Santo que vendría sobre ellos.
Me ha llamado la atención que Jesús prometa todos estos prodigios con tanta naturalidad. Yo sólo he podido comprobar que en mi caso no se han hecho realidad: ni echo demonios, ni hablo lenguas ni curo enfermos y, desde luego, no voy a hacer la prueba de coger serpientes o beber veneno.
Tal vez si tuviera más fe podría ver esos prodigios que Dios realiza a través de mí. Tal vez lo que me falta es creer de verdad. Jesús ha dicho que estos signos acompañarán a los que crean. Ahí es donde posiblemente está mi fallo, en que me falta creer que puedo hacerlo.
Es verdad que no he podido echar demonios, ni he tenido oportunidad de toparme con ninguno, pero sí que he ido corrigiendo muchos pecados. Con la ayuda de la gracia he superado muchas tentaciones.
Y no hablo lenguas, ni siquiera me defiendo con las que aprendí en el colegio. Pero he tenido ocasión de comunicarme con gente de países muy diversos: rusos, italianos, ingleses, franceses, alemanes, africanos, americanos. Y nos hemos entendido por lo menos en lo básico. Tal vez el lenguaje de la amistad y la cercanía es algo universal que nos permite comunicarnos a todos.
Sobre coger serpientes o beber veneno es que no se me va a ocurrir comprobarlo. Pero tal vez se pueda entender como haber sido capaz de emprender aventuras que creía imposibles para mí y que se han hecho realidad, o haber afrontado peligros diversos y haberlos superado.
Y finalmente habla de curar a los enfermos. Sé que hay muchos creyentes que dedican mucho tiempo a estar con los enfermos y hacer que su sufrimiento sea más llevadero. No vamos a conseguir erradicar la enfermedad del mundo pero podemos estar al lado de los que sufren para que no se sientan solos en ese trance.
Si creo de verdad puedo contemplar los grandes prodigios que sigue haciendo el Señor a través de sus discípulos.

Estás en el cielo, Señor Jesús, a la derecha del Padre. Tienes todo el poder del universo como Dios que eres. Pero no nos has dejado, sigues con nosotros y actúas cada día para favorecernos. Nos sigues hablando por medio del Evangelio y de los acontecimientos, nos sigues salvando con los sacramentos, estás atento a lo que te pedimos y nos muestras tu cercanía y además te has quedado hecho pan en la Eucaristía para que podamos verte y adorarte.

viernes, 11 de mayo de 2012

Amigos y no siervos


Ya no os llamo siervos,
Porque el siervo no sabe lo que hace su señor:
A vosotros os llamo amigos,
Porque todo lo que he oído a mi Padre
Os lo he dado a conocer. (Jn 15,15)

Jesús ha venido a hacernos partícipes del amor del Padre. Él mismo nos dice que nos ha amado lo mismo que el Padre lo ha amado a Él. Por eso quiere tenerme como amigo.
Tal vez sea interesante tener un siervo que obedezca dócilmente todas tus órdenes por miedo al castigo. Pero eso no es lo que le interesa a Dios ni tampoco a su Hijo.
Dios se ha revelado como Padre y quiere que acuda a Él como hijo para darme todo su amor, para escuchar todo lo que quiera contarle y ofrecerme todo lo que me puede hacer feliz. Quiere que me sienta con confianza y familiaridad, que su presencia me llene de inmensa alegría.
Jesús tampoco quiere siervos sino amigos. Tiene un mandamiento que proponer pero es un mandamiento que no se puede cumplir por miedo o por servilismo. Su mandamiento es el amor y sólo se puede cumplir por un sentimiento profundo.
 Ha sido Él quien me ha amado primero, quien me ha llamado y elegido para que dé fruto abundante. Ha sido Él quien ha venido a mí para que yo lo conozca y sienta su gracia actuar dentro de mí.
Siento que todo lo que el Señor me manda es más un privilegio que una carga, es más un regalo que una tarea. Al acercarme a Él he experimentado la fuerza de un amor impresionante que no se puede expresar con palabras y es como un fuego que arde dentro de mí y que no puedo apagar.
Es un sentimiento de alegría que me impulsa a querer compartir con todo el mundo este gozo pleno, a desear que todos puedan ser felices, a mirar a cada persona como un hermano querido y no pasar indiferente ante nadie que se cruce en mi camino.
Si el encuentro con Jesucristo es capaz de producir estos sentimientos dentro de mí qué hermoso será el mundo cuando todos lo conozcamos y todos nos sintamos hermanos y todos experimentemos cómo arde dentro de nosotros esa llama inextinguible del amor.

Tú me has comunicado el amor del Padre con la entrega de tu vida. Nadie tiene amor más grande que el que tú has mostrado en la cruz. También me has dejado un mandamiento, un solo mandamiento que contiene todos los secretos de la felicidad: el Amor. Es un mandamiento que se puede cumplir siendo amigo y no siervo. Como tú me has amado yo he de amar también a mi prójimo para que el Amor siga extendiéndose por toda la tierra y haga llegar tu Reino.

sábado, 5 de mayo de 2012

La vid y los sarmientos


Mi Padre es glorificado
si dais mucho fruto y sois mis discípulos. (Jn 15,8)

Qué fantástica propuesta me hace Jesús: dar mucho fruto. Hace que sienta dentro de mí los deseos más puros y más nobles. Cómo quisiera dar fruto de verdad y ver que llega a este mundo la paz gracias a mi esfuerzo. Desearía proclamar a todos la Buena Noticia de Jesús con tanto entusiasmo que, al oírme, sintieran deseos de entregarle a Dios toda su vida. Desearía tener una fuerza de Caridad tan grande que todos los pobres y tristes pudieran venir a mí y encontraran consuelo y alivio en sus problemas. Sentiría que estoy dando fruto abundante.
Ahora me miro a mí mismo y veo que la realidad está muy distante de mis buenos deseos. Más bien veo que estoy dominado por la mediocridad y cada día tengo que luchar por superar mi pereza o mi falta de entusiasmo. Tal vez el fruto que Dios espera de mí no son los resultados llamativos. Si lograra tantas cosas buenas sentiría que soy grande y me llenaría de vanidad. Pero Dios me pide frutos que tengo que sacar de dentro de mí.
Tengo que dar fruto con la perseverancia en la fe. En medio de la sequía espiritual que nos toca vivir, mi fruto será seguir confiando en el Señor y alabándolo por todo el bien que me ha hecho; mantener vivo el espíritu de oración y no fallar ni un solo día en el encuentro personal y comunitario con Jesucristo.
Daré mucho fruto si soy capaz de superar mis rencores y perdono de corazón a quien me ha hecho algún mal, si me desprendo de mis apegos materiales y comparto mis cosas con los que no tienen nada, si me entrego más a las cosas del cielo que a las de la tierra.
En definitiva, daré fruto si le digo a Dios sí, aunque lo que me pide parece fuera de mi alcance y me dejo llevar por él en las cosas de cada día.
También sigue habiendo mucha distancia entre el deseo y la realidad. Pero el Jesús me recuerda que soy el sarmiento que tiene que estar unido a la vid. Por eso mi primer paso ha de ser unirme a él.

Tu Palabra me alimenta con la savia de tu sabiduría y con sólo escucharla ya está transformando mi vida. Tu perdón purifica mi corazón y me hace sentirme limpio y pone dentro de mí deseos de santidad. Tu cuerpo y tu sangre, entregados por mí, me llenan de tu amor y me fortalecen para que pueda superar todas mis flaquezas. Tú mismo has puesto en mi vida los medios que me permiten estar unido a ti para siempre y así dar fruto abundante.

sábado, 28 de abril de 2012

El Buen Pastor


Yo soy el Buen Pastor que conozco a mis ovejas
Y las mías me conocen. (Jn 10, 14)

El Señor es mi Pastor, es el Buen pastor que no me deja solo en el peligro sino que ha llegado hasta el punto de dar su vida por mí.
El Señor me conoce porque me ama. Conocer para Jesús es sinónimo de amar. Él sabe todo lo que hay dentro de mí, me conoce mejor que yo mismo. A Él no le puedo esconder nada. Sabe muy bien cuáles son mis debilidades y mis dudas pero me conoce por el amor y sabe también cuál es mi esfuerzo y cuáles son mis luchas por superarme. Por eso está siempre dispuesto a perdonarme y a ofrecerme su ayuda para que me supere.
Como me conoce mejor que yo mismo sabe también cuáles son mis posibilidades yo sé bien que Él me valora y confía en mí para trabajar por su Reino. Cuando estoy en su presencia me hace descubrir todo lo que puedo hacer y cada día me sorprende sacando de mí todo lo bueno que Dios ha puesto.
Para ser parte de su rebaño también tengo que conocer yo a mi Pastor y no dejarme engañar por los falsos pastores. Distinguir su voz de otras voces que pueden ser amables pero engañosas.
Conocer a Jesús es ir aprendiendo cada día de la riqueza de su persona y cada día estar con él supone para mí una novedad. A veces me he formado una imagen equivocada y tengo que corregirla.
Él ha dado su vida para rescatarme del pecado y ofrecerme la salvación, no puedo confundirlo con un Dios terrible que pretenda castigarme duramente por mis culpas. Es la imagen viva del Dios Amor que me perdona y me sostiene.
Él me ha prometido estar atento a todo lo que necesito y se alegra de mi oración confiada, pero no puedo pensar que cada vez que tenga un problema se resolverá con una oración. Aunque no vea milagros llamativos, aunque me tenga que enfrentar a la cruz de cada día, yo lo seguiré amando y seguiré confiando en Él porque ha entregado su vida por mí. Nadie me da lo que Jesucristo me ha dado, nadie me ha amado como Él.
Finalmente el Buen Pastor quiere que este amor y esta Gracia alcance a toda la humanidad. Todos los seres humanos son sus ovejas. Algunas son de este redil y otras no, pero todas son suyas y a las que está lejos hay que traerlas aquí para que haya un solo rebaño y un solo pastor. Que el mundo entero alcance el gozo de la unidad, que lleguemos a formar una sola familia, que el Amor reine para siempre en el mundo.

Buen Pastor: Tú me has buscado cuando estaba perdido, me has curado las heridas del pecado, me has alimentado con tu propio cuerpo y me has dado vida con tu Palabra. Tú estás siempre atento a lo que necesito y no me abandonas en el peligro. Contigo estoy seguro y sé que me llevarás a disfrutar de los mejores pastos.



miércoles, 11 de abril de 2012

LA ALEGRÍA DE LA RESURRECCIÓN

Los discípulos se llenaron de alegría
al ver al Señor. Jn 20,20

Cuando Jesús no está todo es triste. Los discípulos estaban dominados por la tristeza y por el miedo. Habían tenido mucha ilusión y muchas esperanzas con su Maestro pero ya había terminado todo porque él había muerto en la cruz. Además se sentían tristes y desanimados porque ellos mismos tenían sobre su conciencia el peso de la culpa. Todos huyeron y no hicieron nada para salvarlo, lo dejaron solo cuando las cosas se pusieron mal y Pedro llegó a negarlo.
Pero Jesús aparece ante ellos y les desea la paz. Está vivo, ha vuelto y quiere seguir teniéndolos por amigos entrañables.
Cuando Jesús está con ellos vuelve otra vez la alegría, la ilusión y el deseo de construir el Reino. Ahora todo es nuevo, ahora podrán comprender que el Reino de Dios se construye con el amor y con la entrega, que no hay que desanimarse ante los fracasos, ni siquiera ante la persecución o la muerte porque Dios está siempre de parte de los suyos y, en su momento, dará la razón a sus elegidos.
Con la alegría de reconocer al Resucitado sienten deseos de salir y contar a todo el mundo la Buena Noticia y ya no hay miedo ni tristeza que pueda paralizarlos.
Esta ha sido la experiencia pascual de los apóstoles que yo deseo hacer también realidad en estos días.
El Señor Resucitado está entre nosotros y es él quien nos envía a proclamar la Buena Nueva en su nombre. Él nos llena de alegría porque siempre está con nosotros y nos da ánimos en los momentos de dificultad. Ya sé que soy muy pequeño y que también pesa sobre mí el peso de la culpa de no haber estado siempre dispuesto a dar la cara por él, como Pedro y los demás. Pero, una vez más, Jesús viene a mostrarme su deseo de seguir siendo mi amigo para siempre, el amigo que nunca falla y que siempre está dispuesto a perdonar. Una vez más me dice que no tenga miedo, que puedo confiar en Él.

Todo el mundo está lleno de la luz de tu Gloria. Tu Resurrección es luz y esperanza de una Nueva humanidad. El pecado ya no puede dominar la Tierra porque tú la has limpiado con tu Amor, la muerte ya no puede destruir la vida porque tú la has vencido con tu Resurrección. Gracias Cristo por habernos devuelto la esperanza.

sábado, 17 de marzo de 2012

El amor de Dios al mundo

Dios no envió a su hijo al mundo
para condenar al mundo,
sino para que el mundo se salve por él. (Jn 3,17)

Jesucristo ha venido al mundo enviado por el Padre para traernos la salvación. Éste es el Evangelio. Dios ha amado al mundo mucho, tanto como para enviar a su propio Hijo para salvarnos.
El amor de Dios se hace real, se hace de carne y hueso en la persona de Jesús. Pero se había hecho presente a lo largo de toda la Historia. ¿Por qué si no liberó a Israel de la esclavitud? ¿Para qué se formó un pueblo? ¿Por qué envió a los profetas? Todo esto era el signo de su amor y su empeño de Padre en ver a sus hijos queridos felices en la tierra que había creado para ellos.
Ha sido el pecado el que nos ha traído siempre la desgracia. Cuando no escuchamos la voz de Dios y nos dejamos llevar de nuestro egoísmo es cuando viene sobre nosotros el mal. Por eso los profetas advertían al pueblo para que volviera al buen camino. No se trata tanto de recibir un premio o un castigo. La vida del pecado nos acarrea divisiones, violencias y toda clase de sufrimientos. Podemos decir que el pecado por sí solo ya lleva el castigo.
Por el contrario, la vida en Dios y la respuesta a su llamada nos anima a ser solidarios, a vivir la Caridad, a entregarnos a los demás. Nos llena de alegría por saber que Dios nos acompaña y nos prepara una vida feliz en su Reino. Dejarse llevar por la gracia y por el amor lleva en sí también el premio de una vida feliz.
Para esto ha venido Jesús al mundo: para hacernos ver hasta dónde llega el amor de Dios y su empeño por salvarnos. Anunciar este mensaje de salvación le ha costado la vida pero Él la ha ofrecido generosamente como un sacrificio. Así por pura gracia hemos sido salvados. Jesús ha venido a salvar y no a condenar, a mostrar el camino y no a acusarnos de nuestros pecados.
Ahora, libres ya por haber sido perdonados y habiendo recibido la salvación como un don, como una gracia, no tenemos que andar agobiados pensando en qué hacer sino que estamos llamados a anunciar al mundo el camino del Evangelio, llamados a transmitir la gracia, a vivir con entrega y con generosidad y a ser un lugar donde todos encuentren un motivo para seguir esperando.
Tenemos que rogar a Dios que siga habiendo vocaciones, que sigan existiendo en el mundo profetas que hagan oír su Palabra. Tal vez si volvemos nuestro corazón a Dios y nos liberamos de nuestro egoísmo y de nuestros afanes mundanos podemos ver amanecer una nueva humanidad.

Quiero mirar este mundo en el que vivo con el amor que tú lo miras. Sentir deseos de ver felices a todos los que viven en este planeta, sentir dolor por todos los que sufren y buscar la manera de aliviar su sufrimiento; quiero poder ayudar al que anda extraviado para que recobre el camino y poder ser una luz por mi empeño en vivir el Evangelio. Enséñame a poner en la oración cada día todas estas inquietudes que me mueven por dentro. Amar a este mundo y desear dar mi vida para salvarlo, así es como quiero responder a tu llamada.




viernes, 9 de marzo de 2012

El templo

Jesús hablaba del templo de su cuerpo. (Jn 2,21)

Jesucristo es Dios en persona. Los discípulos llegaron a comprenderlo cuando resucitó de entre los muertos. Por eso su cuerpo era un templo, podemos decir que era el único y verdadero templo, ya que en él estaba Dios de una forma única.
Su cuerpo sería destruido y reconstruido en tres días. Jesús estaba anunciando su pasión y su muerte como el signo de su autoridad divina. Para el mundo que busca un signo claro de la existencia de Dios y de su poder se sigue presentando a Cristo que muere en la cruz y al tercer día resucita de entre los muertos. Es un signo que sigue estando escondido, hay que verlo desde la fe. Pero para quien abre los ojos sigue siendo un signo eficaz.
Es, como él mismo había dicho, el signo de Jonás. No podemos presentar ante el mundo hechos grandiosos, ni siquiera una comunidad santa y comprometida. Más bien tenemos el convencimiento de que Dios está en medio de nosotros que seguimos siendo mediocres y pecadores. Hay que abrir los ojos de la fe para descubrir esta presencia y sentir cómo nos sigue mostrando su gloria y su salvación.
Lo mismo que el cuerpo de Jesús es un templo sagrado, cada persona es también templo o sagrario de Cristo. Él ha querido estar identificado con los seres humanos, sobre todo con los pobres y los que sufren.
Es la hora de vivir de verdad el amor auténtico descubriendo a los demás como templos de Dios y estando dispuestos a rendir el culto verdadero que no consiste en rituales complicados sino en entregar la vida por los demás.
Es la hora de purificar el templo que somos nosotros mismos. Como Jesús expulsó de allí a los mercaderes ya los cambistas porque el templo es casa de oración, así también hemos de expulsar nosotros todo materialismo y toda falsedad. Nuestro cuerpo, nuestra persona es también casa de oración, es lugar de encuentro con Dios y para ello queremos en estos días presentarlo digno y limpio.

Señor Jesús, me has ayudado a comprender que tú eres la verdadera sabiduría. Conocerte y amarte es penetrar los secretos del universo, estar contigo es alcanzar los niveles más altos del conocimiento y dar la vida por ti es llegar a la plenitud.