domingo, 9 de abril de 2023

RESURRECCIÓN

 

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos. (Jn 20,9)

 

Las palabras de Jesús nos han ido preparando para entrar en el misterio de Dios. Lo llamamos misterio porque podemos conocerlo pero nos damos cuenta de que es mucho más de lo que nosotros podemos llegar a entender. Por eso pienso que necsito detenerme para descubrir qué significa hoy para mí la Resurrección de Jesucristo.

Yo miro el mundo y sigo viendo los signos de la muerte a mi alrededor: sigue la guerra, siguen las divisiones, sigue la pobreza y la enfermedad… mucha gente sigue sufriendo de forma injusta y no tengo al alcance la solución de este sufrimiento. ¿De qué sirve que yo les diga que Jesús está vivo?

Por eso me detengo a pensar. Todo es mucho más grande y más profundo de lo que yo puedo llegar a entender. Es un misterio.

El pecado sigue existiendo y el mal sigue en medio de nosotros pero ya no domina la tierra. Jesucristo ha clavado en la cruz el pecado con sus consecuencias y al resucitar ha abierto las puertas a una nueva humanidad. Yo puedo sentir a Jesús resucitado actuando en medio de mi vida y librándome del mal y puedo ver cómo su Resurrección está haciendo surgir algo nuevo, su Reino de amor y de santidad.

Abro los ojos y veo que mucha gente que sufre siente el consuelo de tener al Señor de la vida a su lado. Que muchas personas se encuentran con él y dejan atrás una vida de pecado para vivir una vida nueva, que muchos creyentes se empeñan en construir un mundo de fraternidad y que se arriesgan para que reine Dios entre nosotros.

Es verdad, Cristo ha resucitado y el mundo se llena de la gloria del Señor.

 

Señor tú has vencido a la muerte y haces brillar la vida. Tú has derrotado el mal y has traído al mundo el Reino de Dios. Tú me has transformado en una nueva criatura y me has hecho capaz de amar y de caminar siguiendo tus pasos. Gloria a ti, Señor por siempre.

domingo, 5 de marzo de 2023

TRANSFIGURACIÓN


Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» (Mt 17,9)

 

Una vez más ponemos nuestra mirada en el Señor Jesús. Estamos preparando nuestro espíritu para celebrar la Pascua del Señor y no podemos dejar de fijarnos en él.

San Pablo le recuerda a Timoteo que Cristo nos ha librado de la muerte y nos lleva a la vida, no por nuestros méritos. Esto me parece importante. Ha sido su amor, el amor de un Padre que no puede dejar que sus hijos se pierdan.

No se trata de algo que hayamos podido alcanzar nosotros, porque no tenemos méritos que presentar ante Dios. Seguramente que hemos hecho muchas cosas buenas, es verdad; pero la experiencia nos dice que cuando hemos hecho algo bueno, también nos llega el momento de pecar. Estamos siempre en el camino dando pasos hacia delante y hacia atrás.

Pero por pura gracia, Jesucristo nos ha librado del pecado y nos ofrece alcanzar la vida.

Pablo anima a Timoteo a tomar parte de los duros trabajos del evangelio. Es consciente de que no se trata de algo fácil, como no fue fácil para Cristo afrontar su misión, como no fue fácil para Abraham tener que dejar todo lo que tenía, dejar sus seguridades, para ponerse en camino hacia lo desconocido, simplemente confiando en Dios que lo llamaba y le prometía algo mucho mejor. Por eso Abraham es el padre de la fe.

Todos ellos podían mirar hacia la promesa de bienes mucho mejores. Abraham confió en Dios porque no puede fallar a su Palabra. Aunque fuese duro todo lo que le tocara vivir, él sabía que Dios cumpliría su promesa y lo convertiría en una bendición para toda la humanidad.

Timoteo tiene que afrontar los duros trabajos del Evangelio pero sabe que Jesucristo es la luz que necesita el mundo y que la vida no vale nada sin él.

Hoy podemos nosotros contemplar la gloria de Jesús en su transfiguración. Podemos contemplar esta gloria en la Eucaristía de este domingo y así fortalecer nuestro espíritu para responder a la llamada de Dios y ponernos en camino confiando en su Palabra.

 

 

Tú te has revelado como el Hijo amado de Dios y me has permitido contemplar tu gloria divina en la sencillez de los sacramentos. Contigo a mi lado no tengo nada que temer

sábado, 24 de diciembre de 2022

LA BUENA NOTICIA

 

No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. (Lc 2,10-11)

 

Esta noche la gloria del Señor nos envuelve de claridad. Cristo ha bajado del cielo y está entre nosotros haciendo brillar su luz en el mundo entero.

El ángel anuncia la gran alegría del nacimiento del Salvador.

Llega la luz y se acaban las tinieblas.

Llega la santidad y se borra el pecado.

Llega la vida y es vencida la muerte.

Llega la libertad y es destruida la opresión.

Un niño nos ha nacido y nos trae la paz sin límites.

No es un logro humano, ha sido el poder de Dios quien lo ha hecho posible.

Es verdad que al mirar este mundo en el que vivimos descubrimos todavía el rastro del pecado, y el dominio de las tinieblas: sigue la guerra y la injusticia, sigue el hambre y el sufrimiento. ¿Cómo glorificar a Dios que nos salva si todavía vemos el mal en el mundo?

Los pastores oyeron la Buena Noticia y se llenaron de alegría porque Dios estaba entre nosotros. La señal no era algo extraordinario sino un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Ellos seguían siendo pobres y oprimidos pero Dios está ya en medio de los hombres y esto es una buena noticia. Él puede cambiarlo todo aunque parezca pequeño y débil.

 

Te contemplo en el pesebre tan pobre y tan sencillo que me siento llamado a alabarte siempre. ¡Gloria a ti, niño divino, que me traes el consuelo y la esperanza! Enséñame a abrazar la pobreza y la humildad y a hacerme cercano a todos mis hermanos.

domingo, 27 de noviembre de 2022

ESTAD EN VELA

 

Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. (Mt 24,44)

 

 

En un mundo dividido por las guerras y las ambiciones de unos y otros, el profeta Isaías anuncia la llegada de la paz y la fraternidad. El tiene una visión y contempla a todas las naciones de la tierra que caminan buscando al Señor para que Él les enseñe. Cuando todos buscan a Dios surge el milagro de la fraternidad y las armas de la guerra se transforman en instrumentos para el trabajo y el bienestar de los hombres: de las espadas forjarán arados.

Nuestro mundo también está marcado por la guerra y la división. Hay mucha violencia atroz en muchos lugares de la tierra, no sólo en Ucrania. Estas son las tinieblas que cubren la tierra. Traen sufrimiento, pobreza y enfermedad.

Estas guerras también las tenemos muy cerca cuando convertimos las diferencias políticas e ideológicas en armas para humillar y dañar a los que piensan de otro modo y nos dividimos y nos peleamos por estas cosas. Guerras también entre familiares y personas cercanas por ambiciones y egoísmos. Con estas cosas nadie gana nada y todos salimos perdiendo.

El profeta Isaías nos anuncia el día en que todos caminan para buscar al Señor. San Pablo nos dice que el día está cerca, que dejemos las actividades de las tinieblas y nos pertrechemos de las armas de la luz.

Frente a las obras de las tinieblas tenemos unas armas poderosas que son la oración, la fe, el amor a Dios y al prójimo, la verdad, la caridad.

Jesús nos anima a estar en vela, a estar preparados para cuando él vuelva.

Comenzamos un nuevo adviento, el Señor viene, estemos preparados para recibirlo.

 

Te estamos esperando, Señor Jesucristo, porque tú eres quien puede transformar este mundo en qué vivimos. Te esperamos y trabajamos para que tu Reino se haga realidad en este mundo. Ven a salvarnos.

 

sábado, 15 de octubre de 2022

ORAR CON FE

 

Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». (Lc 18,8)

 

Jesús me habla del poder de la oración y de la necesidad de orar sin desánimo. Nos quiere convencer de la bondad de Dios. Para él somos sus elegidos y nuestra oración llega hasta el Padre y se la toma muy en serio. Pero es necesaria la fe.

Tal vez es comprensible muchas veces el desánimo porque no vemos con claridad el resultado de nuestra oración. Yo mismo tengo experiencia de haber pedido, creo que con fe, que se arreglen muchos problemas. No he dudado ni siquiera en pedir milagros, porque si ha habido milagros para otras personas también los podrá haber para mí. Pero no, no he visto que se sanen los enfermos por los que yo oraba ni que encontrara trabajo la persona que lo necesitaba ni tampoco que entrara en razón quien andaba por caminos equivocados. He sentido que mi oración no daba fruto.

Sin embargo, Jesús me anima a insistir porque sabe que Dios es mi Padre, un padre lleno de bondad que me mira con un amor inmenso y que se preocupa por mí más que yo mismo. Jesús dice que Dios hará justicia sin tardar pero que es necesaria la fe.

Una vez más me encaro con mi débil fe.


Cuando me pongo ante Dios tengo dirigirme a Él con fe. Desde la fe trataré de comprender los tiempos de Dios, los caminos que él me va marcando y tendré que aceptar que él interviene a su modo y no al mío. Pero si tengo fe nunca desesperaré porque en todo momento tendré la confianza de que a su debido tiempo veré la respuesta.

No puedo ser ingenuo. Confieso que todo esto me desconcierta. Pero pienso que Jesucristo me pide algo sencillo: que insista y que no pierda la esperanza. Yo sé que no basta con alzar los brazos para que todo se arregle, pero no dejaré de insistir hasta que Dios me responda.

 

Te pido, Señor, que termine la guerra, que se acabe la pobreza, que se solucionen los problemas que empujan a la gente a arriesgar sus vidas para encontrar una vida más digna. Te pido, Señor, por los enfermos que tanto sufren y por tantas personas atribuladas que te buscan y esperan tu respuesta. Levanto los brazos hacia ti y te insisto día y noche. Aumenta mi fe para que ore constantemente sin desfallecer.

domingo, 18 de septiembre de 2022

SERVIR A DIOS

 

Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. (Lc 16,13)

 

Servir a Dios significa reconocer su grandeza y alabarlo por todo, darle gracias por todos sus bienes, todo lo que tenemos es un don que hemos recibido de él.

Servir a Dios es también venir a su encuentro. Jesucristo ha venido a estar entre nosotros y quiere compartir su vida y su poder con nosotros. Así viene también a nosotros en la eucaristía. En realidad servir a Dios, servir a Cristo, es más recibir que dar, porque este servicio se convierte en un honor. Una de las oraciones decía nos haces dignos de servirte en tu presencia.

Servir a Dios es, por supuesto, estar al servicio de su Reino, es defender la causa de los pobres y de todas la víctimas, es transmitir su evangelio y dar a conocer sus valores, compartir con los demás esta sabiduría que Cristo nos ha ofrecido. Servir a Dios es llenar este mundo de su bondad y atraer así la felicidad y la alegría que esto supone.


Frente a esto está el servicio al dinero. Por dinero mucha gente no duda en maltratar a los demás o en hacer la guerra. Para lograr riquezas se dedica, tal vez, demasiado tiempo y demasiados recursos. No hay corazón cuando el dinero está en juego, por eso se despide a un padre o a una madre de familia dejándolos sin el sustento necesario para su familia o se engaña a otros para que atraviesen el mar en malas condiciones y con riesgo de sus vidas. Jesús decía que los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz.

 

Yo quiero servirte a ti y quiero poner toda mi dedicación y todos mis medios en hacer tu voluntad. Tú eres la verdadera riqueza y por ti tengo que sacrificar mucho más que por todas las riquezas del mundo.

domingo, 4 de septiembre de 2022

RENUNCIAR A TODOS LOS BIENES

 

Todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío. (Lc 14,33)

 

Jesús nos habla con tantas exigencias que parecería que no quisiera tener discípulos. Es verdad que mucha gente lo buscaba tal vez por curiosidad, porque veían cosas extraordinarias, es posible que otros fueran con él porque querían curarse de sus enfermedades y yo estoy seguro de que muchos lo seguían porque su mensaje es fascinante. Pero  llega el momento de tomar decisiones trascendentales y la propuesta es muy radical: renunciar a todo, incluso a lo más querido como es la propia familia y además cargar con la cruz. Entonces es cuando podemos ser discípulos.

Una propuesta tan radical requiere, sin duda, de nuestros cálculos.  Hay que pensarlo bien.


Podemos decidir que no queremos complicarnos mucho la vida, la verdad es que muchos han tomado ya esa decisión. Pero podemos pensar que el mensaje del evangelio es el que transforma el mundo, que vivir el amor y la fraternidad son sin duda ideales por los que merece la pena arriesgarlo todo, podemos pensar que la persona de Jesús llena nuestra vida de sentido y nos da energía para afrontar los problemas de la vida; podemos descubrir que esta vida es un paso y que nos espera una eternidad por la que vale la pena trabajar… podemos echar nuestros cálculos y llegar a la conclusión de que es mejor ser discípulos de Jesucristo aunque haya que cargar con la cruz y renunciar a todos los bienes. Y después de tomar nuestra determinación vamos a ir dando pasos con su ayuda para despegarnos de todas las cosas de este mundo y unirnos más fuertemente a él.

 

Señor Jesucristo te amo y quiero seguirte, quiero ser tu discípulo pero mis apegos a este mundo son muy fuertes todavía. Yo me uno cada vez más a ti, te busco en todas las circunstancias, te hablo en la oración y te recibo en la eucaristía. Tú me iras mostrando el camino cada día.