sábado, 12 de septiembre de 2026

SETENTA VECES SIETE

 ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano. (Mt 18,32-35)


Llevamos varios domingos reflexionando sobre las palabras de Jesús a los discípulos sobre la vida en común. Su enseñanza es siempre de gran provecho para todos, creyentes o no, porque nos pone los cimientos de la buena convivencia. Recordemos cómo nos hablaba de la corrección fraterna y del poder de la oración en común. Hoy toca aprender también el poder del perdón y la necesidad de perdonar siempre: hasta setenta veces siete. Sin el perdón no se puede construir la comunidad, porque si las ofensas están permanentemente en nuestro corazón jamás encontraremos la paz. Siempre habrá algo que reprochar y nunca podremos ser hermanos. El perdón es fundamental porque es la oportunidad de volver a empezar y hacer que el amor triunfe.

Es bueno que miremos con amplitud. Que consideremos que después de esta vida temporal nos espera la vida eterna y que tendremos que comparecer ante Dios. Como dice Pablo: en la vida y en la muerte somos del Señor. 


Al pensar así tenemos que ver cómo queremos ser tratados por Dios. Si queremos que Dios tenga misericordia también nosotros tenemos que obrar en esta vida con misericordia,  si queremos que Dios atienda nuestra oración también nosotros tendremos que atender la súplica de nuestro prójimo, si queremos que Dios perdone nuestros pecados también nosotros tendremos que perdonar las ofensas. Trata a los demás como tú quieres que te traten a ti.

Si seguimos ahondando en nuestra reflexión podremos entender que ya Dios nos ha dado muestras de su amor y de su gracia para con nosotros: nos ha enviado a Cristo para redimirnos del pecado y devolvernos la libertad, nos ha querido convertir en sus hijos amados y quiere darnos por herencia su Reino.

El reconocimiento de este don de Dios nos mueve, pues, a actuar con los hermanos generosamente. No sólo pensando en el juicio futuro sino como una respuesta agradecida a todo lo que hemos recibido.


¡Qué admirable es tu amor por nosotros! Nunca habría podido el hombre imaginar tanta ternura y caridad de tu parte, Padre de amor y bondad. Para rescatar al esclavo entregaste al Hijo. No podríamos seguir viviendo si tú no hubieses actuado en nuestro favor. Por eso te adoramos y cantamos continuamente tu alabanza. Te cantaré mientras viva y seguiré alabándote después de esta vida mortal.


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