domingo, 20 de diciembre de 2020

EL SÍ DE MARÍA

 

«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.» (Lc 1,35-36)

 

Ha llegado el momento en el que se van a cumplir las promesas que Dios había venido haciendo desde que entró el pecado y estropeo todo lo bueno que Dios había creado. Dios va a enviar a su Hijo único, al que ama como sólo é puede amar, porque su amor se extiende también a cada uno de nosotros y no puede dejarnos en esta esclavitud. Para llevar a cabo su proyecto necesita la colaboración de María.

María es libre para decir sí o no. Dios quiere contar con ella pero ha de ser ella quien responda y ponga su vida a disposición del plan de Dios. Lo que Dios le propone es muy hermoso porque ella será la madre del gran rey y quedará para siempre en la historia su generosidad por haber dicho sí a Dios. Pero también va a ser un gran sacrificio para ella aceptar la voluntad de Dios. Lo que Dios le pide es imposible a los ojos humanos y María, en su sencillez sabe bien que no puede estar a la altura de esa misión. Además será también muy duro para ella. Dios ha entrado en su vida para cambiar por completo todos sus planes. Pero ella es libre para decidir. Podría decir que no y seguir con una vida tranquila y olvidada, pero el mundo no recibiría entonces a su Salvador.

La generosidad de María, junto con José, nos permite hoy conocer a Cristo y alegrarnos de haber sido salvados.


A las puertas de la Navidad, en este año tan complicado en el que todo es tan distinto a lo de siempre, podemos alegrarnos una vez más porque el Señor viene a estar entre nosotros y nos salva. Hoy es un día para el asombro por el empeño de Dios de darse a conocer y para el agradecimiento por la entrega de su Hijo amado. Y también el agradecimiento a María por haber puesto su vida en manos de Dios y haber aceptado su voluntad con todas las consecuencias que supuso para su vida.

 

Siento también tu llamada y me quedo sobrecogido, porque todo lo que me pides me resulta imposible. Yo sé bien lo débil y lo ignorante que soy, yo sé bien lo lejos que estoy todavía de la santidad, lo torpe que soy para seguir tu camino. Pero tú te empeñas conmigo y cada día me propones un nuevo reto que me resulta inalcanzable. Me siento perdido y tú me dices una vez más: No temas, yo estoy contigo, para mí no hay nada imposible.


sábado, 5 de diciembre de 2020

PREPARAD EL CAMINO AL SEÑOR

 


Está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos."» (Mc 1, 2-3)

 

San Juan Bautista es el cumplimiento de la profecía de Isaías. Ciertamente él grita en el desierto que viene el Señor y anima a los que lo escuchan a convertirse para recibirlo.

Isaías hablaba del momento en que Dios vendrá a consolar a su pueblo. Presenta a Dios como un pastor pero con entrañas de misericordia que trata al rebaño con dulzura.

Es un anuncio de salvación para el pueblo que ha pecado, ha desobedecido a Dios y se ha acarreado su propia desgracia. Ante esa situación, Dios no es severo sino misericordioso. Ya está pagada su culpa y es el momento de venir en persona a traer la paz y la alegría.

El cumplimiento de este anuncio lo tenemos en la venida de Jesucristo al mundo. Él es Dios en persona que viene para consolarnos y no para reprocharnos nuestros pecados. Nos trae la salvación que es salud para nuestras dolencias y enfermedades y liberación del poder del maligno que nos atormenta. Con él llega a nosotros el Reino de Dios.

Seguimos necesitando que venga a salvarnos, porque también nos hemos alejado de Dios y hemos desobedecido. Nuestras culpas pesan sobre nosotros y necesitamos vernos liberados de este peso. Jesús viene a ser nuestro salvador.

San Juan Bautista se presentó primero  para preparar el camino. Su mensaje nos llama a la conversión, al arrepentimiento de los pecados y a decidirnos por llevar una vida nueva, una vida santa y piadosa. Si decidimos enderezar lo que está torcido y allanar lo escabroso pondremos al Señor el camino más fácil para que venga a nosotros y nos permita experimentar la fuerza de su salvación.

San Pedro nos recuerda que todo este mundo se desintegrará, porque todo lo material tiene su fin. Nuestra mirada ha de estar puesta en el cielo nuevo y la tierra nueva que esperamos donde habitará la justicia.

 

Ven Señor a consolarnos, porque hemos pecado y nos hemos alejado de ti y la vida sin ti es dura y triste. Ven y devuélvenos la confianza en un mundo nuevo donde habite la justicia porque todo esté lleno de tu amor y tu salvación. Llénanos de tu ternura para que seamos imagen tuya en medio de nuestros hermanos.

 

sábado, 21 de noviembre de 2020

EL JUICIO FINAL

 

Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme. (Mt 25,34-36)

 

En otras parábolas de Jesús se nos habló de aquellas vírgenes que no habían sido precavidas y no llevaban aceite suficiente para sus lámparas o de aquel siervo miedoso que escondió el talento bajo tierra. En esta otra parábola podemos comprender qué quería decir tener el aceite preparado o ponerse a negociar con los talentos. Se trata de amar al prójimo y de socorrer a todos los que se encuentran en alguna situación de sufrimiento.

El Señor que se nos presenta como el rey que juzgará al mundo al final de los tiempos ha padecido también en su vida todas estas situaciones. Y se siente identificado con todos los que las están viviendo en la actualidad.

Es interesante que el castigo eterno no es por causa de haber cometido pecados muy graves sino por haber sido indiferentes ante los que sufren. Y el premio está reservado desde el origen del mundo para los que han vivido con un corazón misericordioso.

Me duele cuando entendemos la vida cristiana como una moral en la que señalamos los pecados y queremos cerrar las puertas a los que no consideramos dignos. La lectura del Evangelio nos muestra otra forma de entender nuestra relación con Dios. Jesucristo nos ha puesto siempre la mirada en los hermanos y sobre todo en los pobres que padecen. Y él mismo se iba a comer con los pecadores y era criticado por ello. El anuncio del Reino nos quiere comprometer a hacer de nuestra vida una entrega de amor con hechos concretos.

La iglesia de nuestro tiempo se tiene que distinguir por ser un lugar de acogida y de esperanza para todo el que la necesita. Como dice una de nuestras plegarias: que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando.

En estos días complicados que estamos viviendo a causa de esta pandemia mundial también se pone a prueba nuestra fraternidad y nuestro compromiso por mejorar la vida de nuestros hermanos. Recordemos las otras parábolas que habíamos meditado y pongamos nuestros talentos en marcha. Con aquello que Dios nos ha dado hagamos todo lo que esté en nuestras manos para ser un signo del amor de Dios que nos cuida y nos alimenta.

 

Contemplo tu gloria, Señor Jesús. La gloria de un rey poderoso que va a juzgar el mundo. Pero eres también un hermano lleno de amor. Tu gloria también se muestra en tu presencia diaria en los hermanos que me necesitan mi amor  y mi cercanía.

Te contemplo en la Eucaristía y te adoro ante el altar. También te veo en los pobres y dándome a ellos te estoy rindiendo el culto verdadero.

domingo, 8 de noviembre de 2020

LAS DIEZ VÍRGENES

 

Llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. (Mt 25,10)

 

Cuando sentimos que no somos plenamente felices porque hay muchas cosas que lo impiden, podemos recordar estas palabras de san Agustín: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. O estas otras del salmo 62 que canta: “Mi alma está sedienta de ti.”. Nuestro deseo de felicidad es muy grande porque nuestro ser está hecho para llenarse de Dios. Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza y sólo él puede saciar nuestros deseos más profundos. Por eso, nuestra vida terrena está herida y clama y sufre hasta que encuentre la plenitud que sólo Dios puede darnos. Por eso el verdadero objetivo de nuestra existencia no es otro que alcanzar a Dios y encontrar en él la plenitud.

Nuestra mirada ha de estar puesta en el futuro definitivo. San Pablo nos recuerda lo que el Señor había anunciado: que al final vendrá entre las nubes del cielo para llevarnos a su morada y estar para siempre con Él. El deseo más profundo que podemos tener en la vida es estar siempre con el Señor y en esta certeza encontraremos consuelo ante la muerte y los sufrimientos que nos trae la vida. Todo quedará colmado cuando estemos con el Señor en su Reino.

Por eso Jesús nos cuenta esta parábola de las diez vírgenes.

En este relato los personajes no son buenos, no dan muestras de misericordia ni de solidaridad. Las vírgenes llamadas prudentes no comparten su aceite y dejan a sus compañeras expuestas a quedarse fuera, el esposo no tiene compasión y las deja en la calle.

Jesús quiere llamarnos la atención haciéndonos sentir con las necias la tristeza de haberse perdido el banquete de bodas. Qué triste será que el día definitivo nos quedemos fuera del Reino de Dios, nos perdamos la alegría de estar siempre con el Señor. Por eso hay que velar, estar preparados.

El día de nuestro bautismo nuestro padrino encendió una vela en el cirio pascual para significar que habíamos sido iluminados por Cristo y se nos invitó a caminar como hijos de la luz para salir así al encuentro del Señor con las lámparas encendidas. Esa luz de nuestro bautismo tiene que estar siempre ardiendo con el aceite de nuestra fidelidad al Señor, de nuestro amor al prójimo. Serem
os luz cuando hagamos desaparecer las tinieblas con nuestra vida evangélica.

Por eso hemos de dejarnos encontrar por Jesucristo. Él es la sabiduría que está al alcance de todo el que la busca. Él mismo, en persona nos busca y nos encuentra para que vayamos tras sus huellas. Unidos a Jesús estaremos siendo luz y nos encontraremos preparados con la lámpara encendida cuando sea el día de su llegada.

El verdadero anhelo de nuestra existencia es estar para siempre con el Señor, sería muy triste no alcanzarlo.

 

Mi alma está sedienta de ti, sólo tú puedes llenar el vacío que hay en ella. En ti encuentro la paz y la alegría que busco. Tú me consuelas en los momentos de dolor y me animas con tu amor y tu misericordia. Sólo tú puedes llenar de sentido mi vida y tus Palabras me animan a seguirte cada día.

domingo, 1 de noviembre de 2020

LOS SANTOS

 


Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. (Ap 7,9)

 

El relato del libro del apocalipsis nos lleva al cielo para contemplar a los santos que llegan como una multitud innumerable de toda raza y lengua que se postran y alaban a Dios. Así contemplamos este momento glorioso de los santos en la presencia de Dios por el que han dedicado su vida. Es la llegada a la meta hacia la que han estado siempre caminando.

Vienen de la gran tribulación, lo que significa que no ha sido fácil ser fieles. Han tenido que enfrentarse a muchas pruebas y algunas de ellas han sido muy duras. Han sufrido persecuciones, calumnias, incluso el martirio; también se han visto enfrentados a numerosas tentaciones ante los atractivos del mundo y las dificultades que vivían, pero unidos a Cristo las han superado.

Han blanqueado sus mantos con la sangre del Cordero. Eran pecadores, no fueron inmaculados desde el principio, venían de una vida de pecados, pero han sido rescatados por Cristo, por su sangre derramada en la cruz. Fieles y agradecidos a la redención han sido purificados de sus pecados y ahora pueden estar en la presencia de Dios.

Esta es la meta a la que todos deseamos llegar: encontrar a Dios para postrarnos y alabarlo en persona y sentir la fuerza de su presencia. Verlo cara a cara, tal cual es. San Juan, en su carta, nos dice que llegaremos a ser semejantes a él. Lo que quiere decir que la meta es más alta de lo que imaginamos: llegar a ser santos como Dios es santo. Ya somos hijos de Dios por el amor que el Padre nos ha tenido y estamos destinados a ser como Cristo.

Por eso el Evangelio de este día nos propone como modelo de vida las Bienaventuranzas. Son bienaventurados los que han reflejado en su vida al mismo Jesucristo: los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz y todos los perseguidos  por el evangelio.

Una vocación excelente para todos llegar a ser imagen de Cristo en medio del mundo y llenarlo con la luz del Evangelio.

Jesús culmina las bienaventuranzas invitándonos a la alegría, siempre alegres aunque seamos incomprendidos y perseguidos.

 

Tú solo eres santo Señor y yo me postro ante ti. Caigo de rodillas en tu presencia porque me siento sobrecogido ante tanto amor y tanta bondad. Eres grande porque te has hecho pequeño para acercarte a nosotros y rescatarnos de nuestras miserias. Bendito seas por siempre Señor Jesucristo. Yo me uno al coro de todos los  santos para cantar por siempre tu alabanza.

sábado, 10 de octubre de 2020

EL BANQUETE DEL REINO DE LOS CIELOS

 

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. (Mt 22,10)

 

La parábola del evangelio nos recuerda que el Reino de Dios es la invitación a un banquete, a una gran fiesta, comparable a la boda del hijo de un rey.

Ya el profeta Isaías hablaba de ese festín de manjares suculentos. El Reino de Dios es el momento en el que ha desaparecido para siempre el mal, el dolor y la injusticia y sólo queda lugar para una fiesta en la que hay abundancia de manjares y las delicias son desbordantes.

¿Quién puede rechazar una invitación de este tipo?

Sin embargo la parábola del evangelio nos cuenta que los invitados rechazaron la invitación porque pensaban que tenían asuntos más importantes. Incluso hablan de la violencia de los convidados. De nuevo Jesús recuerda el rechazo de los dirigentes judíos a los profetas.

Pero Dios va a celebrar su fiesta y este rechazo le da la oportunidad de invitar a todos los que quieran escuchar su llamada. El rechazo de Israel ha abierto la puerta para invitar a todos los pueblos de la tierra. Todos tienen un lugar, los malos y los buenos.

Pero de nuevo nos sorprende Jesús con su parábola al hablar del comensal que no llevaba traje de fiesta. A pesar de que los invitados podían ser malos o buenos, lo importante era tener traje de fiesta. Sabemos que Jesús no nos está diciendo que vistamos con ropa cara, porque en otros momentos nos ha insistido en la austeridad y la pobreza. El traje de fiesta será más bien la actitud interior, la pureza del corazón, el amor a los hermanos y la alegría de estar con el Señor.

Finalmente nos sorprende con otra afirmación: Muchos son los llamados y pocos los escogidos.  Porque la llamada es universal pero los escogidos son los que responden con todas sus consecuencias.


Yo siento varias llamadas meditando esta parábola:

A no rechazar la invitación del Señor a su banquete; es este banquete de la eucaristía celebrada aquí en la tierra, que es la fiesta del amor del Señor que se entrega por nosotros y la fiesta de la comunidad cristiana. Además habrá que poner también de nuestra parte para que de verdad sea una fiesta y no un acto aburrido y rutinario. Pero la invitación del Señor también es para toda la vida. Nos invita a seguirlo y escuchar su Palabra y a vivir según el modelo que tenemos en él.

También siento la llamada a salir a los caminos para convocar a todos a esta fiesta. Hoy tenemos a muchos que no conocen a Jesús y tienen el derecho de conocerlo y acercarse a él para encontrar la salvación que nos trae.

Otra llamada es el traje de fiesta: tener mi corazón lleno de alegría porque el encuentro con Jesucristo me libera de todas mis preocupaciones y me llena de todo lo que necesito.

Finalmente quiero contarme entre los escogidos. Por eso no me voy a conformar con un cumplimiento mínimo sino que me voy a esforzar por darme al máximo.

 

Tú Señor me has llenado de alegría al estar siempre conmigo. Tú haces que me sienta fuerte ante los retos que me propone la vida y me preparas para afrontar la pobreza o la hartura. Contigo todo lo puedo y tú me confortas. Por eso el encuentro con tu persona es una fiesta desbordante que puedo compartir con los hermanos. Bendito seas, Señor, por haberme invitado a tu banquete.

sábado, 26 de septiembre de 2020

LOS PUBLICANOS Y LAS PROSTITUTAS

 

Vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron

 

Jesús insiste continuamente en la religión auténtica, que no consiste en observar normas y ritos sino en escuchar la Palabra y ponerla en práctica. Por eso llega a hacer estas afirmaciones provocadoras que pueden resultar hasta escandalosas.

Los estafadores y corruptos, como los publicanos, y las prostitutas son un ejemplo claro de gentes que viven en pecado. Según la lógica religiosa estarían rechazados por Dios, no son los más idóneos para entrar en el Reino de los Cielos. El Señor, en cambio, se atreve a proponerlos como ejemplo, no por su vida de pecado sino porque escucharon a Juan Bautista y sintieron la llamada a la conversión.

Yo me temo que estas actitudes de señalar a los que consideramos que están viviendo en pecado no se han terminado y me temo que siguen teniendo muchas veces demasiado peso en nuestra mentalidad. Parece que pensamos que Dios nos llama a ser profetas para señalar y denunciar a los que viven en pecado, tal vez con buena intención, para que se conviertan. Pero con esto presentamos la religión como un camino para perfectos y mostramos a Dios como un juez que está siempre señalando y acusando.

El papa Francisco nos animó a vivir primero el encuentro con el Señor. Esto es lo que nos cambia la vida y nos permite revisar nuestras actitudes y nos llama a la conversión.

Jesús, que tiene la mirada misericordiosa del Padre, al contemplar a estos pecadores no se fija en sus pecados sino en su actitud sencilla ante la predicación de Juan. En cambio, los buenos y religiosos no le hicieron caso porque creyeron que no tenían nada de qué arrepentirse. Tal vez no descubrieron que su desprecio por los que consideraban pecadores era también un pecado muy grave.

Es muy acertada la parábola de los dos hijos. El educado y bueno que llama a su padre señor, no hizo al final lo que el padre le había pedido. El maleducado que dio una mala respuesta se arrepintió y fue; porque lo que cuentan no son las buenas palabras o los buenos modales sino los hechos.



Creo que tenemos que hacer el esfuerzo de superar una mentalidad moralista, que ve pecado en todas partes y necesita denunciar y condenar. Vamos a buscar al Señor que nos muestra su amor y su misericordia y quiere sanarnos de las heridas del pecado. Él nos mira con ternura y nos hace descubrir nuestra dignidad de hijos amados. Con esta mirada positiva, cada uno de nosotros sentirá la fuerza interior del encuentro con Cristo que nos salva y nos sana de nuestras heridas, y nos llama a la conversión. Yo creo que esto nos permite vivir con más confianza en Dios, en los demás y en nosotros mismos. Así es como podemos sentir dentro de nosotros el deseo de una vida más auténtica y alejada del pecado que nos destruye.

Abramos nuestro corazón a nuestros hermanos en lugar de pretender ser jueces de los demás. Como nos pide san Pablo, tengamos los sentimientos de Cristo Jesús, que son el amor, la obediencia y la humildad. Así podremos ofrecer razones para la esperanza en  una nueva humanidad.

 

Cuando entro en tu presencia siento mi indignidad, me veo abrumado por mis pecados y miserias. Pero el temor da paso a la alabanza. Tú me llenas de luz, me tomas de la mano y me levantas para que recupere la fuerza y pueda proclamar con alegría tu Palabra de Vida.