Hijo, recuerda que recibiste tus
bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí
consolado, mientras que tú eres atormentado. (Lc 16,25)
Esta es una parábola muy
sorprendente para mí. Lo digo porque siempre me ha hecho sentir más compasión
por el trágico final del rico que por la triste vida del pobre Lázaro.
Creo que Jesús pretendió eso, para removernos la conciencia y hacernos pensar seriamente en lo que está en juego.
Los placeres de esta vida
tienen fecha de caducidad pero después nos espera la eternidad, que puede ser
de gloria y alegría, de consuelo y paz, o podría también ser de tormento. Todo
depende de cómo hayamos vivido en este mundo.
Ya nos animó Jesús a tener
un tesoro inagotable en el cielo. Porque nuestra mirada no se puede quedar
atrapada en este mundo. Jesucristo ha venido a hablarnos del cielo, de lo que
nos espera después de esta vida y es muy bueno que lo escuchemos con interés,
porque podríamos vernos en la trágica y triste situación del rico.
¿Qué pecado cometió el
rico para ser condenado? No parece que hiciera nada malo: no mató a nadie, no había
robado ni mentido… pero tampoco amó a su prójimo. Había cometido el pecado de
omisión del que nos acusamos cuando rezamos el “yo confieso”.
Si el mandamiento
fundamental es el amor a Dios y al prójimo, es un pecado gravísimo quedarse
indiferentes ante el sufrimiento ajeno, un pecado que merece la condena del
infierno.
También nosotros tenemos a
Moisés y a los profetas para escucharlos, todavía más, hemos conocido a
Jesucristo que nos ha revelado el Evangelio: nos ha hablado del amor y la
misericordia de nuestro padre Dios y nos anima a ser también misericordiosos
como Él. Gracias al evangelio de Jesús hemos conocido que Dios es Padre y que ha tenido una inmensa misericordia con nosotros. No ha sido indiferente a nuestro sufrimiento sino que ha intervenido y ha enviado a su Hijo para que nos salve. Después de conocer algo tan profundo estamos llamados a vivir y practicar el amor y la misericordia como Dios lo ha hecho con cada uno de nosotros.
Tú
me lo has dado todo, Señor, mi Dios. Te has compadecido de mi pobreza. He
estado postrado también lleno de llagas por mi vida errada, pero has salido a
mi encuentro para ofrecerme una vida de plenitud contigo. Me has perdonado y me
has enriquecido con tus dones santos. Te doy gracias y te alabo para siempre.

Maravillosa reflexión. Gracias D. Enrique
ResponderEliminarUn abrazo
Me ha ayudado mucho y emocionado leerlo porque lo q no se recuerda se olvida . Un abrazo fuerte
ResponderEliminar