Ciertamente,
los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la
luz. (Lc 16,8)
Podríamos ver a los hijos
de este mundo como aquellos que se centran en su propio interés y su bienestar.
Para lograr sus objetivos están dispuestos a toda clase de esfuerzos y
sacrificios. Para lograr una suma de dinero importante estaremos dispuestos a
viajar, a madrugar y hasta a pasar noches sin dormir.
Todos somos hijos de este mundo y sabemos movernos para lograr nuestros objetivos. Muchos objetivos son legítimos y necesarios. Pienso
en lo que significa estudiar para lograr un puesto de trabajo, a esto le dedicamos
tiempo y años de nuestra vida, porque se trata de algo que consideramos muy
importante para nosotros. Sin duda supone un gran sacrificio y un enorme esfuerzo.
Los hijos de la luz son
los que quieren que Dios reine en nuestro mundo, los que quieren que el amor
triunfe en medio de la violencia y los que se empeñan en alejarse del pecado. Los hijos de la luz llevan alegría por donde van, transmiten consuelo y confianza y son testigos de una esperanza que no defrauda.
También nosotros somos hijos de la luz porque hemos conocido a Jesucristo, porque queremos seguirlo en nuestra vida y tenemos un objetivo muy grande: Que venga su Reino. Porque queremos vernos junto a Él, llenos de gloria, después de esta vida. Aunque estamos en este mundo y nos ocupamos de las cosas del mundo hemos conocido el evangelio y nos empeñamos en hacerlo realidad.
Este objetivo tan sublime
merece, sin duda, todavía más tiempo, más desvelos y mayor dedicación.
Espíritu
Santo ven a mí. Dame imaginación para saber anunciar el Reino de Dios en medio
de este mundo; dame valentía para proclamar siempre la verdad; dame generosidad
para despojarme de todo. Dame mucho amor para entregar mi vida a Dios y a los
hermanos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario