Seguimos contemplando con dolor el sufrimiento, las lágrimas de mucha gente por todo el mundo. Seguimos viendo impotentes el poder del pecado, la acción del demonio entre nosotros.
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Sabemos que el pecado también está en nosotros. Nos quejamos de Dios y solemos culparlo de nuestros problemas. Sí, nos ha regalado muchos bienes pero siempre algo va mal y nos quejamos y protestamos. Pero Dios es paciente con nosotros. Ya sabe cómo vamos a reaccionar. No se sorprende. Y sigue en su empeño por librarnos de esta atadura del pecado.
Por eso Jesús nos recuerda que él ha venido para salvarnos y ha elegido la cruz como señal de amor y entrega. Ante la herida del pecado que nos trae el veneno del dolor, él está en la cruz para que lo miremos y quedemos sanados.
El relato de la serpiente de bronce que Moisés puso en un estandarte es una profecía de Cristo en la cruz que nos salva del poder del pecado y nos devuelve la salud y la alegría.
La cruz no representa para nosotros el horror y la muerte sino el amor inmenso de Dios que nos devuelve la vida.
En la cruz está la vida y el consuelo y ella sola es el camino para el cielo. (Santa Teresa de Jesús)

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