José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se
quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el
profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto.» (Mt 2,14-15)
En estos días de Navidad estamos contemplando la gloria del Señor, Dios que
se ha hecho hombre, el Verbo divino que se ha hecho carne porque Dios es amor y
quiere estar entre nosotros y quiere también que nosotros estemos con Él.
Al hacerse hombre ha querido formar parte de una familia humana y ha
querido compartir también la dureza de la vida en este mundo. Siendo Dios ha
aparecido débil y necesitado de protección. Y el Evangelio nos lo presenta así,
pequeñito en brazos de su madre, perseguido por Herodes y protegido por san
José que entendió muy bien su misión de cuidar del Salvador del mundo.
Para mí es inevitable ante este relato recordar a los niños que hoy también están huyendo del peligro. Herodes ha quedado en nuestro recuerdo como un rey cruel y despiadado, al que no le importa ni siquiera el sufrimiento de los inocentes, con tal de conservar el poder. Pero, tristemente, hoy sigue habiendo nuevos Herodes, que siembran el horror y el sufrimiento de muchos niños y muchas familias, que se ven obligados a huir de su tierra para salvar la vida.
Nuestro Salvador Jesucristo ha querido ser solidario con todos los que
sufren, con todos los perseguidos y con todas las víctimas de la injusticia.
Cuando llegue el día del juicio nos recordará que lo que hicimos con todas
estas personas indefensas lo hicimos con él mismo.
Hoy día de la Sagrada Familia podemos recordarnos bien los valores que
aprendemos de esta familia de Nazaret: el amor y la unión, que hay en ellos; la
confianza en Dios y la obediencia a su voluntad; el sacrificio de unos por otros. Este amor y esta confianza en Dios son
una gran fortaleza ante las dificultades.
También siento la llamada a abrir mis ojos ante tantas familias que pasan
por graves problemas y que necesitan nuestra solidaridad y nuestra cercanía.
Señor Jesucristo, una vez más quiero
cantar tu alabanza al descubrir que has elegido estar entre los últimos, que tu
lugar no está en los palacios sino en los lugares donde la gente sufre, porque
has venido a salvarnos de los pecados que
nos esclavizan.















