Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!» (Mt 11,4-6)
Hoy es un domingo que nos invita a la alegría. Estamos alegres porque esperamos en el Señor. Hemos recibido buenas noticias. Los profetas ya lo habían anunciado. En medio del desierto de nuestros pecados y nuestras penas, el Señor en persona vendrá a llenarlo todo de vida y de alegría. Vendrá a sanar nuestras enfermedades y a dar la buena noticia a los pobres. No importa que seamos miedosos y cobardes, no importa que seamos débiles porque es el Señor el que viene con todo su poder a transformarlo todo. Sí, verdaderamente tenemos un anuncio, por parte de Dios que nos anima a la confianza y nos transmite esperanza en medio del dolor y del pecado.
Juan Bautista ha sido el precursor del Señor, como lo anunciaron los profetas y, estando en la cárcel, quiere que sus discípulos reconozcan al Mesías que es Jesucristo. Por eso los envía a preguntarle para que ellos lo escuchen de su propia boca. La respuesta del Señor no es una teoría, es la muestra de todo lo que está haciendo, tal como lo habían anunciado los profetas: los ciegos ven y los inválidos andan... Con él ha llegado la alegría del Reino de Dios, se van los males que atormentan a la gente, viene la salud y la vida.
El que tenga unas expectativas distintas se puede escandalizar. Tal vez algunos esperaban un Reino en sentido humano, o pensaban que vendría a castigar a los pecadores, pero no, él no ha venido a castigar a los malos sino a dar alegría a los pobres y enfermos.
Hoy es un día de alegría, porque seguimos creyendo y confiando en el Señor que nunca nos va a defraudar, aunque no veamos signos evidentes sabemos que él no deja de actuar para nuestro bien.
Hoy quiero poner ante ti a todas las personas que me piden oración por tantas pruebas duras que están viviendo. Yo quiero llenarme con la alegría que tu Palabra me promete, pero soy débil y cobarde de corazón. Te pido que sostengas mi pobre fe para que no me desanime ante los fracasos y no decaiga en mí la esperanza que tú me has traído.

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