Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: «Abrahán es nuestro padre», pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. (Mt 3,8-9)
Juan viene a preparar el camino al Señor. Jesucristo es el enviado del Padre para que se cumpla la promesa de la salvación, que habían anunciado los profetas, pero antes viene el precursor para disponer los corazones a recibir a Cristo.
Juan hace una llamada muy clara a la conversión. Ha llegado el momento de arrepentirse de los pecados. La predicación de Juan está impregnada de la Palabra de Dios, no es una ocurrencia de Juan sino un anuncio de la Palabra, ha venido el Espíritu Santo sobre él. Por eso toca los corazones del pueblo y mucha gente, muchos pecadores, acuden al desierto para encontrarse con él y escucharlo. Hay que dejar el pecado y empezar a vivir como Dios pide. Los que lo oyen sienten con fuerza esta invitación.
No basta decir que somos hijos de Abraham, nos dice; Dios espera
el fruto de nuestra conversión. No bastan las palabras, se necesitan los hechos
concretos. Si de verdad me he convertido se notará porque me estoy esforzando
en dejar todo pecado y todo lo que me lleva al pecado, buscaré la forma de
hacer el bien como Dios espera de mí. No bastan las palabras bonitas, no valen
las excusas, hay que dar frutos verdaderos.
Tengo que ver la forma de dejar algún vicio concreto, de acercarme más a Dios, de revisar en serio mi vida para ver todo lo que no es acorde con el evangelio. Y después me tengo que esforzar en ser más coherente, en amar más a Dios y al prójimo con hechos concretos: más oración, más cercanía a los demás, más compromiso por la justicia… No sólo bastan las palabras hay que ir a la vida.
Nos dice también que la gente confesaba sus pecados. Qué interesante. El Señor nos ha dejado también un sacramento para que podamos confesar nuestros pecados. La conversión también nos lleva a la confesión, porque con este sacramento nos reconciliamos con Dios y él nos vuelve a hacer santos e inmaculados. Es un gran regalo que tenemos que aprovechar para emprender nuestro camino de conversión con fuerzas renovadas.
La llamada a la conversión tiene un objetivo que es recibir al Salvador, a Jesucristo. San Juan proclama su grandeza, no se considera digno de desatar las sandalias y dice que nos bautizará con Espíritu Santo y fuego.
Sigamos, pues, en nuestra preparación interior de Adviento, con la
oración y los sacramentos, disponiendo el corazón para recibir al Señor que nos
trae el perdón de los pecados y el Espíritu Santo.
Ven, Señor y cumple tu
promesa de salvación. Libera a nuestro mundo de todo mal, libera a nuestra
Iglesia de todo lo que la corrompe para que sea un testimonio vivo de tu amor y
tu entrega a los pobres. Ayúdame a reconocer mis pecados para que yo me
convierta de corazón y deje las obras de las tinieblas para vivir según el
evangelio.

Señor, guíame con la luz de tu Espíritu.Pon en mí mente lo que quieras qué transmita a mis hermanos
ResponderEliminarAyúdame a prepararme para tú venida y verte a tí en las personas que me rodean, que actúe con caridad y amor