sábado, 26 de julio de 2025

APRENDIENDO A ORAR


Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?». (Lc 11,13)

 

Nos dice el evangelio que Jesús se retiraba frecuentemente a orar. A pesar de la intensa actividad que tenía recorriendo ciudades, predicando y sanando, necesitaba siempre retirarse y ponerse en manos del Padre. Ahí residía el secreto de su impresionante energía. De ahí venía el poder de sanar y liberar y la fuerza para amar sin límites.

No es de extrañar que los discípulos se sintieran provocados ante esta realidad. Han descubierto que este poder de Jesús viene de estos momentos de retiro y por eso le piden que les enseñe a orar.

Esta petición le da a Jesús la oportunidad para enseñarnos una oración muy sencilla y muy poderosa: el Padre Nuestro. Una oración que contiene todo lo que podemos decirle a Dios y también que nos compromete a vivir de una forma concreta. El Padre Nuestro es el evangelio en forma de oración. Donde nos dirigimos a Dios para santificarlo y nos comprometemos a vivir como hermanos y a perdonar, donde pedimos que Reine Dios y nos dé lo necesario, nos perdone y nos libre del mal. Está todo.

Jesús aprovecha también para animarnos a orar con confianza. Mirando a Dios, nuestro Padre, sabemos que estamos ante quien todo lo puede y ante alguien que nos ama más de lo que podemos imaginar. Tengamos confianza, pidamos con insistencia y veremos que Él está dispuesto a darnos mucho más de lo que pedimos, porque nos entrega el Espíritu Santo sin medida.

 

Padre Santo, siento la confianza que Jesucristo, tu hijo ha puesto en mí para suplicarte por todo aquello que tú mismo has puesto en mis manos. Te pido que me acompañes en la misión que tú me has encomendado y confío en que nunca me faltará la asistencia del Espíritu Santo.


sábado, 12 de julio de 2025

EL BUEN SAMARITANO

 ¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?».

Él dijo:
«El que practicó la misericordia con él».
Jesús le dijo:
«Anda y haz tú lo mismo». (Lc 10,36.37)

Podemos sabernos muy bien la doctrina católica, como aquel escriba que se sabía muy bien los mandamientos principales. Pero el seguimiento de Jesús no es un asunto de teorías sino de vida. Su enseñanza sobre Dios y sobre el cielo nos lleva enseguida al hermano, y sobre todo, al hermano que sufre, al que está en el camino sin defensa.

La parábola de Jesús es provocadora. En el relato hay dos hombres religiosos: un sacerdote y un levita. Sin duda, dos hombres conocedores de la ley de Dios. Pero pasan de largo para no verse comprometidos. 

Después viene el samaritano, el que está mal visto por los judíos. Posiblemente era un ignorante de la escritura, pero tenía corazón y, al contrario de los otros dos, se compadeció, lo curó y lo cuidó. Incluso deja entender que volverá cuando termine sus asuntos para ver cómo está.


Yo me siento hoy también provocado por esta parábola. Tengo que reconocer que no soy tan generoso como el buen samaritano, porque me pueden las dudas y los prejuicios. Por eso siento fuerte la llamada. En la infancia misionera se enseña a los niños a tener los ojos abiertos para descubrir al que está necesitado, los pies ligeros para acudir en su ayuda y las manos extendidas para socorrerlo y sobre todo el corazón ardiente, lleno de amor por el prójimo. Es una enseñanza bonita para los niños que, sin duda, lo es para todos y para toda la vida.

Que también te provoque esta parábola para hacer tú lo mismo.

Tú has sido, Señor, mi Buen Samaritano. Yo estaba en el camino herido y apaleado por mis pecados y mis dudas y tú te has compadecido y me has curado con un amor incomparable. Siento lo que has hecho por mí y deseo hacer lo mismo con los demás.


sábado, 5 de julio de 2025

NUESTROS NOMBRES INSCRITOS EN EL CIELO

 

Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».(Lc 10,18-20)

 

El envío de los setenta y dos nos hace ver que además de los doce apóstoles, Jesús tiene más discípulos dispuestos para la misión. A pesar de todo, los obreros son pocos. Pero ante esto nos invita a orar. Está muy bien mostrarse disponibles para ir donde el Señor nos mande, pero el primer paso es orar porque esta mies tiene un dueño y es el dueño el que envía los obreros.

En el tiempo actual es triste ver en nuestras iglesias la decadencia, la poca asistencia a la misa, la escasez de vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, también la bajada en la demanda de los sacramentos. En nuestro mundo occidental se ve claramente que la mies es mucha y los trabajadores pocos: tenemos un reto cada vez más difícil y cada vez menos gente dispuesta a servir al Señor en estas tareas. Esto no es sólo un drama para la iglesia, lo es para toda la sociedad. Hay menos gente dispuesta a entregarse gratuitamente a los demás, lo que significa también menos misioneros  y menos personas entregadas a los pobres, a los niños o a los enfermos. Porque el evangelio, el encuentro con Jesucristo, nos tiene que mover a dar la vida por los demás y nos arranca de los intereses materiales para alcanzar el tesoro que no se corrompe. Por eso tenemos que mostrarnos dispuestos, pero, sobre todo, tenemos que orar y pedirle al dueños de la mies que envíe obreros, diciendo: aquí estoy yo, cuenta también conmigo.

En segundo lugar tenemos las instrucciones que da a los discípulos: La pobreza y la sencillez. También esto nos tiene que hacer pensar. Con el tiempo nos hemos acostumbrado a tener medios materiales: necesitamos templos, salones, colegios… y todo esto termina haciéndonos depender del dinero. Jesús da unas instrucciones muy claras en el sentido contrario. La sencillez y la pobreza son un criterio de credibilidad, porque nos permiten actuar sin más interés que el anuncio del evangelio a todos, el anuncio del Reino que ha llegado y está entre nosotros. Cuando buscamos dinero o influencia se pierde la gratuidad que debería ser la nota característica de la evangelización.


Después nos habla de los poderes que Jesús les da a sus discípulos: curar a los enfermos y echar los demonios. Es el poder de llenar de alegría a los lugares donde llegan porque el mal se va y viene el bien y la salud: el Reino de Dios se anuncia con palabras y con hechos prodigiosos que lo hacen creíble.

La pobreza y la sencillez van de la mano de estos poderes que Jesús ha dado a sus enviados.

Después, lo más importante de todo es que Dios ha escrito en el cielo nuestros nombres. Porque lo que más importa es que, después de esta vida, él nos espera en el cielo para llenarnos de felicidad.

 

Alabado seas mi Señor, mi Dios de amor y paz. Contigo encuentro siempre la alegría de la salvación porque tú lo puedes todo y de ti depende todo. Alabado seas por entrar en nuestra vida y hacerte presente y dejarte notar entre nosotros. Tú nos das el poder contra el mal y nos proteges de todo y además has escrito nuestros nombres en el cielo para garantizarnos un lugar cerca de ti. Bendito seas, Señor. Gracias mi Dios.