sábado, 27 de septiembre de 2025

LÁZARO Y EL RICO

 

Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado. (Lc 16,25)

 

 

Esta es una parábola muy sorprendente para mí. Lo digo porque siempre me ha hecho sentir más compasión por el trágico final del rico que por la triste vida del pobre Lázaro.

Creo que Jesús pretendió eso, para removernos la conciencia y hacernos pensar seriamente en lo que está en juego.


Los placeres de esta vida tienen fecha de caducidad pero después nos espera la eternidad, que puede ser de gloria y alegría, de consuelo y paz, o podría también ser de tormento. Todo depende de cómo hayamos vivido en este mundo.

Ya nos animó Jesús a tener un tesoro inagotable en el cielo. Porque nuestra mirada no se puede quedar atrapada en este mundo. Jesucristo ha venido a hablarnos del cielo, de lo que nos espera después de esta vida y es muy bueno que lo escuchemos con interés, porque podríamos vernos en la trágica y triste situación del rico.

¿Qué pecado cometió el rico para ser condenado? No parece que hiciera nada malo: no mató a nadie, no había robado ni mentido… pero tampoco amó a su prójimo. Había cometido el pecado de omisión del que nos acusamos cuando rezamos el “yo confieso”.

Si el mandamiento fundamental es el amor a Dios y al prójimo, es un pecado gravísimo quedarse indiferentes ante el sufrimiento ajeno, un pecado que merece la condena del infierno.

También nosotros tenemos a Moisés y a los profetas para escucharlos, todavía más, hemos conocido a Jesucristo que nos ha revelado el Evangelio: nos ha hablado del amor y la misericordia de nuestro padre Dios y nos anima a ser también misericordiosos como Él. Gracias al evangelio de Jesús hemos conocido que Dios es Padre y que ha tenido una inmensa misericordia con nosotros. No ha sido indiferente a nuestro sufrimiento sino que ha intervenido y ha enviado a su Hijo para que nos salve. Después de conocer algo tan profundo estamos llamados a vivir y practicar el amor y la misericordia como Dios lo ha hecho con cada uno de nosotros.

 

Tú me lo has dado todo, Señor, mi Dios. Te has compadecido de mi pobreza. He estado postrado también lleno de llagas por mi vida errada, pero has salido a mi encuentro para ofrecerme una vida de plenitud contigo. Me has perdonado y me has enriquecido con tus dones santos. Te doy gracias y te alabo para siempre.

sábado, 20 de septiembre de 2025

HIJOS DE LA LUZ

 

Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz. (Lc 16,8)

 

Podríamos ver a los hijos de este mundo como aquellos que se centran en su propio interés y su bienestar. Para lograr sus objetivos están dispuestos a toda clase de esfuerzos y sacrificios. Para lograr una suma de dinero importante estaremos dispuestos a viajar, a madrugar y hasta a pasar noches sin dormir.

Todos somos hijos de este mundo y sabemos movernos para lograr nuestros objetivos. Muchos objetivos son legítimos y necesarios. Pienso en lo que significa estudiar para lograr un puesto de trabajo,  a esto le dedicamos tiempo y años de nuestra vida, porque se trata de algo que consideramos muy importante para nosotros. Sin duda supone un gran sacrificio y un enorme esfuerzo.

Los hijos de la luz son los que quieren que Dios reine en nuestro mundo, los que quieren que el amor triunfe en medio de la violencia y los que se empeñan en alejarse del pecado. Los hijos de la luz llevan alegría por donde van, transmiten consuelo y confianza y son testigos de una esperanza que no defrauda.


También nosotros somos hijos de la luz porque hemos conocido a Jesucristo, porque queremos seguirlo en nuestra vida y tenemos un objetivo muy grande: Que venga su Reino. Porque queremos vernos junto a Él, llenos de gloria, después de esta vida. Aunque estamos en este mundo y nos ocupamos de las cosas del  mundo hemos conocido el evangelio y nos empeñamos en hacerlo realidad.

Este objetivo tan sublime merece, sin duda, todavía más tiempo, más desvelos y mayor dedicación.

 

Espíritu Santo ven a mí. Dame imaginación para saber anunciar el Reino de Dios en medio de este mundo; dame valentía para proclamar siempre la verdad; dame generosidad para despojarme de todo. Dame mucho amor para entregar mi vida a Dios y a los hermanos.

sábado, 13 de septiembre de 2025

LA CRUZ SALVADORA


 Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. (Jn 3, 17)


Seguimos contemplando con dolor el sufrimiento, las lágrimas de mucha gente por todo el mundo. Seguimos viendo impotentes el poder del pecado, la acción del demonio entre nosotros. 

Sabemos que el pecado también está en nosotros. Nos quejamos de Dios y solemos culparlo de nuestros problemas. Sí, nos ha regalado muchos bienes pero siempre algo va mal y nos quejamos y protestamos. Pero Dios es paciente con nosotros. Ya sabe cómo vamos a reaccionar. No se sorprende. Y sigue en su empeño por librarnos de esta atadura del pecado. 

Por eso Jesús nos recuerda que él ha venido para salvarnos y ha elegido la cruz como señal de amor y entrega. Ante la herida del pecado que nos trae el veneno del dolor, él está en la cruz para que lo miremos y quedemos sanados.

El relato de la serpiente de bronce que Moisés puso en un estandarte es una profecía de Cristo en la cruz que nos salva del poder del pecado y nos devuelve la salud y la alegría.

La cruz no representa para nosotros el horror y la muerte sino el amor inmenso de Dios que nos devuelve la vida.


En la cruz está la vida y el consuelo y ella sola es el camino para el cielo. (Santa Teresa de Jesús)







viernes, 5 de septiembre de 2025

RENUNCIAR A TODOS LOS BIENES

 Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío». (Lc 14,33)


Si vamos recordando la lectura del Evangelio de los últimos domingos podemos poner en contexto las palabras de Jesús. Nos anima a ser ricos para Dios, a tener un tesoro inagotable en el cielo, a entrar por la puerta estrecha.


Las palabras de hoy, poniendo unas condiciones muy exigentes para ser discípulos suyos, se pueden entender en este mismo sentido. 

Las parábolas que propone del que va a construir una torre o va a la batalla, nos indican que hay que hacer cálculos. Se trata de una decisión muy importante: ser discípulos y tener un tesoro en el cielo, exige renunciar a todos los bienes. No sólo a los secundarios o superficiales sino incluso a la propia familia y a la propia persona. Todavía más, exige cargar con la cruz. Ésta sí que es una puerta muy estrecha.

Así que tenemos que hacer nuestros cálculos. 

¿Queremos ser discípulos de Jesús, tenerlo por maestro y aprender a vivir cómo él?

Ciertamente su proyecto, el Reino de Dios, es un ideal para dedicar la vida entera. Nuestros deseos y nuestros pensamientos están heridos por el pecado. Para seguir a Jesús tenemos que vaciarnos y dejar que sea él quien nos guíe.

Poniendo en una balanza lo que dejamos y lo que recibimos entenderemos que sólo ser discípulos de Jesús puede llenar de sentido la vida.

No es fácil dejarlo todo. Este mundo y sus bienes me atrapan. Pero yo quiero ser fiel a tu llamada. Lléname de la sabiduría que me da el Espíritu Santo.