En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. (Mt 24, 38-40)
En cierto modo, también nosotros estamos ahora en un tiempo que podríamos llamar tranquilo, aunque vemos muchas cosas inquietantes. Estamos en nuestros asuntos cotidianos y podemos quedarnos en esto y no mirar más allá. Jesús pone el ejemplo del diluvio, que llegó cuando menos lo esperaban.
Podemos traer a nuestro recuerdo la pandemia, que lo paralizó todo. Teníamos nuestros planes pero un virus hizo que tuviéramos que cambiarlo todo y lo mismo podríamos decir de otras calamidades que nos han tocado vivir, porque, de un tiempo a esta parte han sucedido muchas cosas: el volcán, la riada, las guerras… Todo nos recuerda que en cualquier momento nuestra vida da un cambio inesperado. Lo mismo ocurre con una enfermedad o un accidente.
Estos hechos de la vida nos advierten de algo mucho más grande todavía. Lo que Jesús nos dice en su discurso no se refiere a una catástrofe puntual sino al fin del mundo, a su venida gloriosa.
Para afrontar cualquier circunstancia complicada es necesario estar preparados, pero mucho más para recibir al Señor cuando llegue.
La preparación, en este caso, no es algo material sino tener el corazón dispuesto. Estar preparados supone estar atentos al Señor, a su Palabra y a los signos que nos muestra en la vida diaria, supone orar constantemente y así buscar el bien y evitar el pecado; estar preparados significa estar viviendo el amor al prójimo cada día, con todas sus consecuencias, apartar de nosotros el egoísmo y salir de nosotros mismos buscando el bien de los demás.
Pablo nos dice que la noche está avanzada. Es verdad que hay mucha violencia, las tinieblas dominan el mundo, o eso parece. La gente se aleja de Dios y busca respuestas en la brujería y las supersticiones, los poderosos se creen dioses y dominan el mundo sin tener en cuenta a Dios. El planeta gime ante tanta destrucción. Pero este avance de la noche nos indica que está cerca el día. Así que no es tiempo de lamentarse sino el momento de ponerse las armas de la luz. Para defendernos de la mentira pongamos siempre la verdad, frente a la violencia el amor, frente al sufrimiento la esperanza, frente a la destrucción de la tierra el trabajo serio por el reino de Dios. Frente a la idolatría, una vida verdaderamente santa que pone al Señor en el centro de todo.
Es la hora de revestirnos del Señor, de acercarnos a Cristo para que él nos toque, nos llene de su gracia y nos envíe al mundo. Revestirnos de su obediencia y de su amor al Padre, revestirnos de su amor al mundo y de su entrega, de la entrega de la vida. Porque el día está cerca.
Ven Señor Jesús. Ven a visitar nuestro mundo y a llenarlo de tu luz. Cambia nuestros corazones y haz que volvamos a Dios con sinceridad, porque en el encuentro contigo está la paz y la armonía. Todos iremos a ti para cantar tu gloria y para que tú nos enseñes el camino. Ven Señor Jesús.



