Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos». (Lc 14,13-14)
Hoy encuentro dos llamadas interesantes en el mensaje de Jesús. Primero la humildad, buscar el último lugar. Habla incluso de humillarse.
No puedo evitar ver reflejado en esta enseñanza al mismo Jesús. Él se humilló y se rebajó hasta el punto de nacer en un pesebre como los más pobres y de morir en una cruz como los criminales, pero también Dios lo ensalzó y lo colmó de gloria sentándolo a su derecha.
También veo aquí reflejada a María. Ella es la mujer humilde de Nazaret y salta de alegría porque Dios ha mirado su humillación y ha hecho maravillas en su persona. Así la vamos felicitando generación tras generación porque es la mujer más grande de toda la historia; ella es la esclava del Señor que nos ha traído al Salvador y la proclamamos como Reina y Señora de todo lo creado.
Podemos repasar la vida de los santos y encontramos en todos ellos este espíritu de humildad, se han esforzado en hacerse pequeños para entrar por la puerta estrecha; han despreciado las grandezas humanas porque sabían bien que su sitio tenía que estar entre los pobres y oprimidos.
Esta es la llamada para mí en este día.
En segundo lugar habla de buscar a los pobres y desvalidos porque ellos no podrán corresponder y recibiremos la paga cuando llegue la resurrección de los justos.
Del mismo modo encuentro el ejemplo de todo esto en el mismo Jesús y en su madre. Siempre dispuestos a darse a los más necesitados sin buscar ni esperar ninguna recompensa. Ni siquiera un reconocimiento o un agradecimiento. Así es como se acumula una gran riqueza en el cielo.
Señor, miro mi vida y creo que es una vida sencilla, pero también descubro que la meta que me has propuesto es mucho más alta. Tengo que seguir corriendo en esta carrera para algún día alcanzarla. Dame el espíritu de la santa pobreza y de la verdadera humildad.




