Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos. (Lc 9,17)
El milagro de la multiplicación de los panes es un anuncio de la Eucaristía. Jesús alimenta a la multitud como signo del alimento santo que nos va a dar en este sacramento.
Ante la preocupación por la gente que le muestran los discípulos, Jesús los anima a darles ellos mismos de comer; algo que a primera vista parece imposible, pero Jesús lo puede todo. La generosidad del que aporta lo poco que tiene da lugar a un milagro que hace que todos hayan comido y sobren doce cestos.
En la Eucaristía que celebramos también estamos haciendo memoria de la muerte de Cristo, como nos indica Pablo. Estamos siendo salvados por Jesús en este momento y está derramando su sangre para el perdón de nuestros pecados. También estamos en la espera de su venida gloriosa al final de los tiempos.
Pero la Eucaristía también nos compromete con el momento presente. Cuando Jesús le dice a los discípulos: dadles vosotros de comer, nos está también animando a actuar ante los problemas reales y concretos de nuestros hermanos.
Es verdad que los problemas del mundo superan nuestras posibilidades. Es verdad que no podemos erradicar el hambre ni parar la guerra, no podemos solucionar los retos de nuestro mundo. Lo que podemos hacer es muy poco y con eso no basta.
Pero Jesús es Dios hecho hombre y lo puede todo. Ponemos en sus manos lo que está a nuestro alcance, como los panes y los peces y confiamos en él.
Jesucristo pronuncia su bendición. Todas las bendiciones que se pronuncian son muy poderosas porque invocan a Dios sobre las personas. Jesús invoca al Padre sobre todos nosotros y pide la bendición.
Jesucristo nos ofrece como alimento su cuerpo entregado por nosotros y su sangre derramada por nosotros. Con la fuerza de este alimento se puede llegar a dónde las fuerzas humanas no alcanzan.
No dejemos de celebrar la Eucaristía y de buscar el perdón de los pecados para recibir a Jesucristo con el corazón limpio. Es posible que algunas veces no sintamos nada por la rutina o la falta de fervor. Pero Él está siempre ahí, en el pan consagrado, para llenarnos de su fuerza y de su amor.
Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección: Ven, Señor Jesús.

Jesús nos quiere tanto, que nos ha dejado su cuerpo y sangre para que espiritualmente nos alimentemos,
ResponderEliminarQué no dejemos nunca de prepararnos para recibirlo como El quiere que lo hagamos