sábado, 28 de junio de 2025

SAN PEDRO Y SAN PABLO

 

El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén. (2Tim 4,18)

 

Estas Palabras de Pablo también podían ser aplicadas a Pedro. En esta fiesta de los dos santos apóstoles podemos reflexionar sobre el balance de su vida.

Los dos tienen un pasado de pecado: Pedro negó al Señor, Pablo persiguió con saña a los cristianos. Pero los dos fueron alcanzados por su amor que los transformó y a partir de ahí dedicaron su vida a anunciar su Palabra y no tuvieron miedo a morir por su nombre.

Pablo hace un balance positivo: ha combatido bien el combate. Este combate tiene que ver con todas las dificultades que ha padecido por el nombre de Jesús pero también es el combate contra sus propias tentaciones. Ha salido victorioso de todo porque ha estado siempre protegido por el Señor que lo ha enviado y no lo ha dejado solo. Pedro podría decir las mismas palabras.

En realidad no ha sido mérito de ninguno de los dos: ha sido la gracia del Señor que ha actuado en ellos.


Yo me he puesto también a hacer un balance de mi vida y de mi respuesta a la llamada de Dios. Y creo que también tengo un balance positivo. No voy a ser engreído. No he hecho todo lo que me propuse, no he vivido la pobreza como fue mi ideal, no he sido el místico que deseaba ser, no he sido el apóstol que me había imaginado. Pero he respondido a la llamada, he renunciado a muchas cosas y he estado siempre donde Dios ha querido que esté. Ha sido él quien ha guiado mis pasos y quien ha hecho posible mi ministerio. El día de mi ordenación el obispo dijo: el que comenzó en ti la obra buena, que él mismo la lleve a término.

Tal vez, si hubiera logrado todos mis objetivos ahora estaría orgulloso de mí, de mis aciertos y del gran servicio prestado al Reino de Dios. Pero todo ha sido diferente y lo único que puedo ver son las acciones del Señor en mi pobre persona. Por eso me siento agradecido a Dios por el don de la vocación y por haber estado conmigo en todo momento.

 

En esta fiesta de los dos grandes apóstoles te pido Señor por el papa León para que lo sigas asistiendo para el bien de tu Iglesia. Ayúdanos a ser obedientes y fieles a su enseñanza con una mirada de fe en tu Palabra.

 

sábado, 21 de junio de 2025

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

 Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos. (Lc 9,17)

El milagro de la multiplicación de los panes es un anuncio de la Eucaristía. Jesús alimenta a la multitud como signo del alimento santo que nos va a dar en este sacramento.

Ante la preocupación por la gente que le muestran los discípulos, Jesús los anima a darles ellos mismos de comer; algo que a primera vista parece imposible, pero Jesús lo puede todo. La generosidad del que aporta lo poco que tiene da lugar a un milagro que hace que todos hayan comido y sobren doce cestos.

En la Eucaristía que celebramos también estamos haciendo memoria de la muerte de Cristo, como nos indica Pablo. Estamos siendo salvados por Jesús en este momento y está derramando su sangre para el perdón de nuestros pecados. También estamos en la espera de su venida gloriosa al final de los tiempos.

Pero la Eucaristía también nos compromete con el momento presente. Cuando Jesús le dice a los discípulos: dadles vosotros de comer, nos está también animando a actuar ante los problemas reales y concretos de nuestros hermanos. 

Es verdad que los problemas del mundo superan nuestras posibilidades. Es verdad que no podemos erradicar el hambre ni parar la guerra, no podemos solucionar los retos de nuestro mundo. Lo que podemos hacer es muy poco y con eso no basta.

Pero Jesús es Dios hecho hombre y lo puede todo. Ponemos en sus manos lo que está a nuestro alcance, como los panes y los peces y confiamos en él. 

Jesucristo pronuncia su bendición. Todas las bendiciones que se pronuncian son muy poderosas porque invocan a Dios sobre las personas. Jesús invoca al Padre sobre todos nosotros y pide la bendición.


Jesucristo nos ofrece como alimento su cuerpo entregado por nosotros y su sangre derramada por nosotros. Con la fuerza de este alimento se puede llegar a dónde las fuerzas humanas no alcanzan.

No dejemos de celebrar la Eucaristía y de buscar el perdón de los pecados para recibir a Jesucristo con el corazón limpio. Es posible que algunas veces no sintamos nada por la rutina o la falta de fervor. Pero Él está siempre ahí, en el pan consagrado, para llenarnos de su fuerza y de su amor.


Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección: Ven, Señor Jesús.


sábado, 14 de junio de 2025

SANTÍSIMA TRINIDAD

 

Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. (Jn 16,12-13)

 

 Al conocer a Jesucristo nos hemos acercado al misterio de Dios. El misterio no significa algo oculto y desconocido, sino algo que se nos ha revelado y que podemos conocer pero también sabemos que es mucho más grande y mucho más perfecto que lo que nuestra mente puede abarcar.

Hemos conocido al Padre, el mismo Jesucristo nos lo ha revelado, porque él es el Hijo amado que ha venido al mundo para salvarnos.

Jesús nos  ha enseñado a dirigirnos a Dios llamándole Padre y nos ha revelado que su esencia es el amor y la misericordia, que no tenemos que tener miedo sino confianza porque Dios no es nuestro enemigo ni nuestro juez sino nuestro Padre.

Jesús nos ha prometido el Espíritu Santo que nos ayuda a comprender el Evangelio y pone el amor de Dios en nuestros corazones y hace posible que lleguemos a ser santos.


Al conocer a Jesucristo hemos descubierto que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Algo que no podemos entender porque supera nuestra capacidad pero así nos demuestra la grandeza de Dios que es inabarcable.

 

Te adoro Padre amoroso. Te admiro por todo lo que has creado y te doy las gracias por todo lo que nos has dado para que podamos vivir felices.

Te alabo Señor Jesucristo, Hijo amado de Dios. Tú has venido a derramar tu sangre para librarnos del pecado y llevarnos contigo al cielo, junto al Padre.

Te bendigo Espíritu Santo por todos los dones con los que nos enriqueces. Tú llenas nuestras mentes de sabiduría y pones en nuestros corazones el amor de Dios.

Bendita, alabada y adorada seas Trinidad santa y gloriosa.

 


sábado, 7 de junio de 2025

PENTECOSTÉS

 «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». (Jn 20-23I 


Después de la Resurrección, Jesucristo cumple la promesa de enviar el Espíritu Santo. 

San Juan lo presenta soplando sobre los apóstoles y dándoles el poder de perdonar los pecados. El soplo me recuerda también aquel soplo de Dios sobre Adán que lo convirtió en ser vivo. En este momento es el soplo de Dios también que les concede unos dones especiales. 

El poder de perdonar los pecados es el mismo poder de Jesucristo y yo me atrevo a decir que contiene todos los demás poderes. Intento explicarme. 

El pecado es el principio de todo el mal. Por él ha entrado en el mundo el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Jesús ha venido al mundo para redimirnos del pecado y también alcanzarnos la felicidad y la vida eterna. 


Tener el poder de perdonar los pecados es también tener el poder de sanar la enfermedad y de ofrecer la vida eterna. Librarnos del pecado es el primer paso para alcanzar toda la plenitud de la gracia. 

El Espíritu Santo viene a nosotros en este día y nos limpia por dentro haciéndonos santos y libres como Jesús, y nos otorga los diferentes carismas para construir la Iglesia que hace presente a Cristo en medio del mundo. 

 

Envía tu Espíritu, Señor, sobre nosotros, tu pueblo elegido. Llénanos de la sabiduría que necesitamos para comunicar a este mundo nuestro tus grandezas y que todos lo puedan comprender. Envía tu Espíritu para que cause admiración entre todos y te busquen y encuentren en ti todo lo que tú quieres darnos.