Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.(Lc 24,53)
La ascensión del Señor es el momento culminante de la Pascua. Jesucristo es la Palabra viva de Dios que vuelve hacia el Padre, pero no vuelve vacía sino que ha cumplido el encargo: ha anunciado el evangelio, ha traído el Reino de Dios, ha salvado al mundo del pecado y nos ha preparado para participar de su gloria en el cielo.
Como los apóstoles nosotros también nos sentimos asombrados ante el misterio de Jesucristo, nos postramos y lo adoramos porque él es Dios, es nuestro Dios que está vivo y nos ha regalado la vida. Lo adoramos y bendecimos constantemente a Dios por todo lo que ha hecho.
Mientras esperamos que vuelva con gloria para culminar el Reino de Dios no nos quedamos mirando al cielo embobados sino que nos sentimos impulsados a llevar el amor de Dios a todos nuestros ambientes.
Alabado seas, mi Señor, por haber sido obediente al Padre hasta la muerte. Bendito y alabado seas, Señor Jesús, por habernos liberado del pecado y habernos alcanzado la Resurreción. Gloria a ti, Señor, que estás junto al Padre y vendrás de nuevo para hacer nuevas todas las cosas.

