sábado, 31 de mayo de 2025

ASCENSIÓN

Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.(Lc 24,53)

La ascensión del Señor es el momento culminante de la Pascua. Jesucristo es la Palabra viva de Dios que vuelve hacia el Padre, pero no vuelve vacía sino que ha cumplido el encargo: ha anunciado el evangelio, ha traído el Reino de Dios, ha salvado al mundo del pecado y nos ha preparado para participar de su gloria en el cielo.

Como los apóstoles nosotros también nos sentimos asombrados ante el misterio de Jesucristo, nos postramos y lo adoramos porque él es Dios, es nuestro Dios que está vivo y nos ha regalado la vida. Lo adoramos y bendecimos constantemente a Dios por todo lo que ha hecho.

También nos quedamos en Jerusalén, nos Quedamos unidos en la Iglesia y abrimos nuestro corazón para recibir la promesa de lo alto, el Espíritu Santo. Es el Espíritu de Dios que nos convierte en testigos y nos concede dones extraordinarios. Es el Espíritu que fecundó el vientre de María para que Jesús naciera en este mundo como uno más y que ahora nos mueve a todos los que queremos seguirlo a vivir el amor a Dios y al prójimo y a proclamar la Buena noticia a toda la creación.

Mientras esperamos que vuelva con gloria para culminar el Reino de Dios no nos quedamos mirando al cielo embobados sino que nos sentimos impulsados a llevar el amor de Dios a todos nuestros ambientes.


Alabado seas, mi Señor, por haber sido obediente al Padre hasta la muerte. Bendito y alabado seas, Señor Jesús, por habernos liberado del pecado y habernos alcanzado la Resurreción. Gloria a ti, Señor, que estás junto al Padre y vendrás de nuevo para hacer nuevas todas las cosas.

 

 

domingo, 25 de mayo de 2025

EL QUE ME AMA

 

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

 

El amor es la clave más importante de nuestra fe. Jesús nos pide que lo amemos para estar unidos, para alcanzar la comunión con él y con el Padre.

El amor se demuestra. No sólo es una teoría. El que ama a Jesús guarda su Palabra. Sabemos que las palabras de Jesús, sus enseñanzas, no son una palabra cualquiera. Es la Palabra de Dios, es él mismo en persona porque él es la Palabra hecha carne. Por eso la Palabra de Jesús está viva y penetra hasta lo más profundo de nosotros.


Guardar la Palabra del Señor es retenerla en nosotros, hacer que forme parte de nuestro ser. La Palabra que hemos guardado nos configura, nos va haciendo ser personas nuevas. Nos une en comunión con Cristo y con el Padre y nos da el Espíritu Santo.

Junto a esta promesa también está el anuncio de la paz. El papa nos saludó al comienzo con el deseo de la paz desarmada y desarmante. La paz de Jesús no se impone sino que es un don divino. El que encuentra a Cristo recibe la paz y se queda desarmado ante ella.

 

Tu Palabra, Señor, está en mí y recorre todo mi ser. Eres tú mismo que me hablas al corazón y me vas guiando hasta el encuentro definitivo con el Padre. Bendito y alabado seas mi Señor y mi Dios por todo el bien que haces cada día en mi vida.