domingo, 16 de marzo de 2025

TRANSFIGURACIÓN

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. (Lc 9,28-31)

 

Jesús se retira muchas veces a orar. Antes de comenzar a predicar se retiró cuarentas días al desierto; otras veces se retiraba y se pasaba la noche en oración. En este texto nos dice que se llevó a tres discípulos y subió con ellos a la montaña para orar.

Debajo de la montaña seguía el mundo con sus problemas, la gente con sus enfermedades, la opresión romana o la manipulación religiosa de los fariseos. Jesús con sus discípulos suben a la montaña y dejan atrás todas estas cosas para orar, para entrar en la presencia de Dios Padre y experimentar algo diferente.

En aquel momento los tres discípulos pudieron ver con sus ojos la divinidad de su maestro y se dieron cuenta que estaban en el mismo cielo, con los santos Moisés y Elías y escuchando la voz del Padre entre la nube. Fue un espectáculo glorioso y a la vez terrible, se encontraban a gusto y también llenos de miedo. Pero después bajaron de nuevo a la realidad con una energía nueva.


Este tiempo de Cuaresma es una llamada a salir de lo cotidiano, a ir al desierto o subir a la montaña para vivir este encuentro con Dios, sentir su divinidad y entrar en el mismo cielo para llenarnos de energía. Es bueno desconectar de los problemas que el mundo nos presenta y centrarnos en estar con el Señor y contemplar que él es Dios y con él no tenemos nada que temer. Es muy saludable experimentar esa seguridad de sentir su amor y su cercanía, de saber que nos espera un futuro lleno de gloria y de felicidad. Después bajamos a la realidad y seguiremos con los mismos problemas, porque las cosas no cambian de forma mágica. Pero podremos vivirlos con una esperanza diferente; podremos sentirnos fortalecidos porque sabemos que contamos con el apoyo de nuestro Dios y Señor.

Qué bien se está aquí contigo, Señor. Me siento seguro, aunque todo se me venga abajo, porque sé que no me dejas y que estarás a mi lado siempre.