Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca». (Lc 6,43-45)
Muchas veces nos invita el Señor a dar fruto. Con esta parábola nos está indicando que demos frutos buenos, que demostrarán que en nuestro corazón atesoramos la bondad.
Jesús es nuestro maestro y nosotros somos sus discípulos. No podemos ir de maestros hasta que no hayamos completado el aprendizaje. Es verdad que el Señor quiere que anunciemos su Palabra a todos para atraerlos hacia él, para que conozcan la verdad y sean libres, para que el mundo se salve. Pero primero tenemos que ser discípulos. Para dar frutos de bondad tenemos mucho que aprender de Jesucristo. Toda nuestra vida tendrá que ser un aprendizaje y para ello hemos de estudiarlo en las escrituras, y también es necesario que lo tratemos mediante la oración, para que él en persona nos vaya formando. El fruto de Jesucristo ha sido la entrega de su vida para conseguirnos la Resurrección y el perdón de los pecados. Como dice Pablo, la muerte ha sido absorbida en la victoria.
Somos discípulos antes
que maestros. Si nos vamos a poner a corregir los pecados de esta generación, o
vamos a señalar los pecados que cometen otros, será muy necesario que hagamos
primero nuestro examen de conciencia. Sabemos bien que tenemos mucho que sanar
todavía de nuestras actitudes, porque no somos perfectos. Cuando hayamos
reconocido nuestro pecado será cuando estemos preparados para ayudar al hermano
a corregir el suyo.
Este camino nos
propone el Señor para que nuestros frutos sean buenos y demuestren nuestro
corazón rebosando de bondad, así también nuestra boca será un anuncio de lo que
hay dentro de cada uno de nosotros.
Bendito y alabado seas mi Señor y mi Dios por
tus Palabras de vida, por tu despojo en el pesebre y tu sacrificio en la cruz,
por venir a nosotros como alimento en la Eucaristía. Bendito y alabado por
siempre mi Señor. Lléname de tu Espíritu Santo y haz que mi corazón rebose de
tu amor y de tu bondad infinita.

