viernes, 28 de febrero de 2025

EL ÁRBOL Y SUS FRUTOS

 

Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca». (Lc 6,43-45)

 

Muchas veces nos invita el Señor a dar fruto. Con esta parábola nos está indicando que demos frutos buenos, que demostrarán que en nuestro corazón atesoramos la bondad.

Jesús es nuestro maestro y nosotros somos sus discípulos. No podemos ir de maestros hasta que no hayamos completado el aprendizaje. Es verdad que el Señor quiere que anunciemos su Palabra a todos para atraerlos hacia él, para que conozcan la verdad y sean libres, para que el mundo se salve. Pero primero tenemos que ser discípulos. Para dar frutos de bondad tenemos mucho que aprender de Jesucristo. Toda nuestra vida tendrá que ser un aprendizaje y para ello hemos de estudiarlo en las escrituras, y también es necesario que lo tratemos mediante la oración, para que él en persona nos vaya formando. El fruto de Jesucristo ha sido la entrega de su vida para conseguirnos la Resurrección y el perdón de los pecados. Como dice Pablo, la muerte ha sido absorbida en la victoria.

Somos discípulos antes que maestros. Si nos vamos a poner a corregir los pecados de esta generación, o vamos a señalar los pecados que cometen otros, será muy necesario que hagamos primero nuestro examen de conciencia. Sabemos bien que tenemos mucho que sanar todavía de nuestras actitudes, porque no somos perfectos. Cuando hayamos reconocido nuestro pecado será cuando estemos preparados para ayudar al hermano a corregir el suyo.

Este camino nos propone el Señor para que nuestros frutos sean buenos y demuestren nuestro corazón rebosando de bondad, así también nuestra boca será un anuncio de lo que hay dentro de cada uno de nosotros.

 

Bendito y alabado seas mi Señor y mi Dios por tus Palabras de vida, por tu despojo en el pesebre y tu sacrificio en la cruz, por venir a nosotros como alimento en la Eucaristía. Bendito y alabado por siempre mi Señor. Lléname de tu Espíritu Santo y haz que mi corazón rebose de tu amor y de tu bondad infinita.

sábado, 22 de febrero de 2025

AMAD A VUESTROS ENEMIGOS

 

Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.» (Lc 6,35-38)

 

La esperanza cristiana no se queda en esta vida, porque nosotros hemos conocido a Cristo Resucitado y esperamos también la vida eterna. Sabemos por eso que la bondad y el amor que hayamos tenido serán también lo que Dios nos recompensará cuando llegue el momento del juicio.

Jesucristo ha venido para mostrarnos el amor del Padre y nos ha enseñado cómo Dios es compasivo, por encima de todo, cómo ha puesto empeño en salvarnos al precio más alto, derramando su propia sangre por nosotros. Él no ha venido para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. Él ha entregado su vida por nosotros cuando todavía éramos pecadores, porque tenía que ser así para librarnos del pecado.

Ahora, después de haber conocido esto sólo nos queda acoger esta salvación y responder con el mismo amor que hemos recibido.


La propuesta del evangelio es muy radical, es verdad pero hemos conocido el amor que lo cambia todo en la persona de Jesús. El discípulo de Cristo sólo tiene lugar en su corazón para amar y no cabe otra cosa, no puede haber lugar para el rencor ni para el deseo de mal alguno sobre nadie. El amor se extiende a todos, incluso a sus enemigos porque el Señor nos ha amado y nos ha redimido cuando todavía éramos enemigos por nuestros pecados.

Lo mismo que el maestro, que hasta se ha dado en alimento, el discípulo tiene que darlo todo y estar dispuesto a perderlo todo, a perdonarlo todo. Así seremos una imagen viva del amor de Dios que se desborda y nos deja sin palabras.

En medio de tantos insultos que hoy se pueden ver en distintos ambientes, ante la violencia que desgraciadamente es noticia cada día, ante la injusticia que sigue dominando en muchos lugares, Jesucristo nos propone una revolución: el amor. El papa Francisco nos propone la revolución de la ternura. ¿Creemos que es posible? ¿Pensamos que tiene sentido algo así?

 

Cambia mi corazón, Señor Jesús, transforma mi mente para que pueda comprender bien todo lo que has hecho por mí y esté dispuesto a seguir siempre tus pasos. Dame una fe grande para que tus Palabras penetren hasta lo más profundo de mi alma y muevan todo mi ser a cumplir tu voluntad.