Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34)
Sobre Jesús han caído todos los pecados. Es como
si el furor del diablo se cebara con Él al saberse vencido. Para condenarlo se
ha tomado el nombre de Dios en vano, se han levantado falsos testimonios, han
comprado a un traidor, han dictado una condena injusta; sobre Jesús ha venido
la cobardía de sus amigos, los insultos y burlas de sus enemigos, lo han
humillado, lo han maltratado con una violencia atroz, le han robado lo único
que tenía: su ropa; y lo han matado convirtiéndolo en un espectáculo
ignominioso.
El pecado es un veneno mortal pero existe un
antídoto que puede neutralizarlo y Jesús lo ha aplicado en todo momento. Ese antídoto
es el Amor. A todas estas afrentas, Jesús responde con amor.
Es capaz de curar la oreja del soldado, de animar
a Pedro y a los otros discípulos, de consolar a las mujeres que lloran, de
darle esperanza al malhechor arrepentido y, sobre todo, de orar por sus
enemigos y pedir para ellos el perdón. La forma de derrotar el pecado es
ofreciendo el perdón, de todo corazón.
Para culminar este acto supremo de amor, Jesús se
encomienda al Padre y pone en sus manos esta obra redentora.
El pecado ha sido perdonado, Satanás ha quedado
derrotado.
Acércate a la cruz para poder enriquecerte de
todos sus beneficios. En ella encontrarás el perdón de tus culpas, en ella
tendrás el consuelo de tus sufrimientos y en ella encontrarás a Jesús que te
enseña la lección del amor a Dios y al prójimo.
En la cruz
está la vida y el consuelo y ella sola es el camino para el cielo. (Santa
Teresa de Jesús)